N° 3
Por Jack Fleming
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Jn.19: 28-30 “Después de esto, sabiendo
Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese:
Tengo sed. Y estaba allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon
en vinagre una esponja, y poniéndola en un hisopo, se la acercaron a la boca.
Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado
la cabeza, entregó el espíritu”.
Consumado es. No hay nada más que quede
por hacer, nada falta por añadir, ya todo está hecho.
Cuando
el Señor dijo que ya todo estaba hecho ¿A qué cosa se refirió? ¿Qué es lo que
estaba acabado? ¿Qué fue lo que el Señor había terminado y que le hizo clamar a
gran voz, con voz de triunfo, con voz de victoria: Consumado es?
En
esa obra sublime de amor que estaba realizando en la cruz del Calvario, se
consumaba todo lo que las Escrituras habían profetizado de él.
La
primera vez que encontramos esta palabra en nuestro pasaje, fue en el versículo
28, donde dice: “sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la
Escritura se cumpliese”.
En
esa obra se consumaba todo lo que Dios había anticipado en el Antiguo
Testamento, que el Cristo habría de realizar para nuestra redención.
Si
no tuviéramos el Nuevo Testamento, ni conociéramos nada de Jesús, y buscáramos
a los hombres más sabios del mundo para que pudieran converger todos los
símbolos que encontramos en el Antiguo Testamento, y juntarlos en uno solo
según su propia imaginación, jamás podrían resolver un puzzle de esa
naturaleza.
Porque
en el Señor Jesucristo se encuentran todos los tipos y figuras, aún muchos de
ellos totalmente opuestos. Todas las
profecías y los caracteres de los hombres de Dios, que fueron utilizados para
anticiparnos algo de Jesús.
Consumado
es en él toda la revelación de Dios. Él no es una simple joya de promesa, sino
que es una combinación desde la primera esmeralda que hayamos en el Edén, hasta
el último diamante que fue esculpido en el Calvario.
Cuando
entró el pecado en el jardín del Edén, Dios hizo brillar su primera joya de
esperanza cuando dijo su sentencia de juicio en Gn.3: 15 “Y pondré enemistad
entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en
la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”.
No
es la mujer la que habría de herir a la serpiente en la cabeza, sino que
claramente dice que será “la simiente suya”, Aquel que habría de nacer de
mujer, sería el que vencería a Satanás. Él es el victorioso, quién sin ayuda de
ninguna de sus criaturas, establecería el triunfo más notable y glorioso sobre
aquel que tenía el imperio de la muerte.
Únicamente
él obtuvo la victoria allí en la cruz, porque nadie más que él cumplía los
requisitos de la santidad divina para realizar esa obra; inclusive sus
discípulos y las mujeres que le acompañaron en ese momento doloroso, todos
ellos estaban descalificados debido que en cada uno de ellos moraba el germen
del pecado. Rm.3: 10-23 “No hay justo, ni aun uno... No hay quien haga lo
bueno, no hay ni siquiera uno... todos pecaron y están destituidos de la gloria
de Dios”. Todos ellos necesitaban de ese Salvador que estaba muriendo también
por ellos; pero solo pudieron contemplar desde lejos a Aquél que moría en la cruz por ellos.
Nadie
más que él podía vencer al que tenía el imperio de la muerte, y al mismo tiempo
satisfacer las demandas de la justicia de Dios que había determinado que “la
paga del pecado es la muerte”. Además dice el Señor que no comparte Su gloria
con ninguna de sus criaturas.
Por
esta razón Jesús es el único Salvador, el único Camino de salvación, porque
Dios así lo ha declarado, Hch.4: 12 “En ningún otro hay salvación; porque NO
HAY otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”.
De
él hablaban todos los símbolos del Antiguo Testamento. De él era figura el
altar de los sacrificios, y al mismo tiempo el cordero que era inmolado en él.
A
Cristo señalaba la sangre que era rociada sobre el propiciatorio, y de Cristo
era figura el sumo sacerdote que la aplicaba.
También
el candelabro, que era la única fuente de luz dentro del tabernáculo, era un
hermoso tipo del que dijo que era la luz del mundo.
Cada
uno de los símbolos y cada detalle que encontramos en el tabernáculo, fue
consumado en Aquél de quién representaban. Cada cordero que fue sacrificado en
forma tan prodigiosa y constante, fue consumado en el verdadero Cordero de Dios
(Jn.1: 29).
Tal
es la perfección y profundidad de la obra de Cristo, que se necesitaron cientos
de figuras para darnos a conocer en parte, al que habría de consumar todas
ellas en su propia persona.
Él
era el Cordero, pero al mismo tiempo es el León de la tribu de Judá. El león es
fuerte y majestuoso, en cambio el cordero es manso y débil.
Cuando
se aplican estas figuras tan opuestas entre sí, vemos claramente que ambas se
pueden encontrar solo en la persona divina y humana de Cristo.
El
Señor se presentó como el buen pastor, pero al mismo tiempo como el verdadero
Cordero de Dios.
La
Biblia nos habla de él como la Raíz, pero también como la Estrella. La raíz es
local, está arraigada en un solo sitio y crece en la oscuridad de las entrañas
de la tierra. Pero la estrella es universal, y como bien sabemos en el día de
hoy, todo el universo está en constante movimiento.
El
Señor permaneció en las entrañas de la tierra, murió, como el grano, para
darnos vida. Y en conexión a este símil, él mismo expresa en Jn.15 “Permaneced
en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede llevar fruto por sí mismo,
si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo
soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste
lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. El que en mí no
permanece, será echado fuera como sarmiento, y se secará; y los recogen, y los
echan en el fuego, y arden”.
El
Señor nos da vida desde la raíz, la cual es su propia persona, y esa vida es
mantenida por la luz que las hojas emplean para elaborar la fotosíntesis,
indispensable para la vida de la planta a través de la savia que fluye por
todas sus ramas.
La
raíz es algo oculto, crece en la profundidad de la tierra y tiene su sustento
en la oscuridad, beneficiando únicamente a la planta que está unida a ella. La
estrella sin embargo, es para que todos la vean. En el día más claro, nadie
puede ver una raíz enterrada, pero en las
tinieblas más densas de la noche, siempre brillan las estrellas.
El
Señor es quien combina lo conocido con lo desconocido. Dice en el Sl.139: 12
“Lo mismo te son las tinieblas que la luz”.
Como
Raíz, él está escondido y sepultado en nuestros corazones. Pero esa Raíz a la
cual está unido nuestro corazón, hará brillar nuestras vidas como una antorcha
que alumbra en las penumbras de este mundo.
Podremos
andar en su luz, como estrella, pero nunca comprenderemos las raíces de su
deidad. La raíz y la estrella, que pertenecen a lugares tan diferentes, indican
que el Señor pertenece a ambos.
Es
el Rey quien ni aún los cielos pueden contener su gloria, y al mismo tiempo el
que murió y fue sepultado en la tierra. La raíz nos habla de lo terrenal y
efímero, la estrella de lo celestial y eterno.
Es
interesante considerar que las mismas estrellas que contemplamos en el cielo en
el día de hoy, son las que Dios le dijo a Abraham que mirara en Gn.15 “Mira ahora los cielos, y cuenta las
estrellas, si las puedes contar. Y le dijo, así será tu descendencia”.
El
Señor, cual la Raíz, nació en Belén, creció en Nazaret y murió en el monte
Calvario. Cruzó el escenario del tiempo por 33 años, y durante todo su
ministerio terrenal, nunca se movió de su nación. Pero cual la Estrella, ha
resplandecido a través de los siglos sobre toda la humanidad.
No
solamente los símbolos de antaño se cumplieron en su persona, sino que también
las promesas y profecías se consumaron en su doble naturaleza, la divina y
eterna; la terrenal y humana.
Todas
las Escrituras apuntaban a él, toda la ley, por medio de sus figuras y ordenanzas,
estaban llevándonos a Cristo. Con justa razón dice en el Nuevo Testamento que
la ley fue nuestro ayo (instructor), que nos condujo a Cristo.
Fue
así, que cuando el Señor consumó todo lo que de él decían las Sagradas
Escrituras, a gran voz clamó el grito de victoria: Consumado es.
Esto
también deja de manifiesto que una vez que Cristo cumplió toda la ley, ésta fue
puesta de lado para dar lugar a la realidad misma de todas las cosas, porque
eran solamente sombras, figuras de lo que ellas manifestaban, como lo expresa
en Heb. 10: 1 “Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la
imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se
ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan”.
En
Colosenses 2: 14 agrega: “anulando el acta de los decretos (la ley) que había
contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en
la cruz”. Por cierto que desde allí solo resucitó su cuerpo bendito, no la ley.
Cristo
no vino a abrogar la ley, sino a cumplirla. Sólo él la cumplió, y una vez que
concluyó con todas las demandas de ésta, la puso de lado para la iglesia, su
nuevo pueblo espiritual que ahora comenzaba a formar a partir desde esa cruz.
Consumado
es, fue su grito de triunfo sobre el que tenía el imperio de la muerte. No hay
nada más que añadir, ya todo esta hecho.
Pero
el hombre en su soberbia y arrogancia, se resiste a aceptar que él no puede
hacer nada, así que insiste: Sí, yo acepto la obra de Cristo, PERO yo debo
hacer mi parte. Debo hacer obras y perseverar.
Amigo
¿aún no puede escuchar lo que dijo el Señor a gran voz? “Consumado es”. No
existe nada que usted necesite o pueda añadir. Nada le falta a esa obra sublime
de Gracia infinita. Ni sus lágrimas y dolor por sus pecados pueden ampliar esa
obra que está terminada.
Lo
que viene después de ese nuevo nacimiento, producto de nuestro encuentro
personal con Cristo y de aceptar su obra consumada, son los frutos que el
Espíritu Santo va incorporando en nosotros (Gál.5:22 “amor, gozo, paz, paciencia, bondad, fe, mansedumbre, templanza”),
pero no son para asegurarnos la salvación, sino que son una evidencia externa
de nuestra nueva naturaleza que hemos adquirido desde el día de nuestra conversión.
Los
traficantes de almas, que nos habla la Biblia en Ap.18: 13, aquellos que
siempre han despreciado la Palabra de Dios y la quemaron durante siglos,
pretenden quitarnos el gozo y la seguridad de nuestra salvación, para poder
seguir traficando con las almas y continuar acumulando riquezas explotando la
superstición ignorancia y buena fe de muchos.
Pero
la verdad irrefutable a la luz de la poderosa e infalible Palabra de Dios, es
que somos salvos por medio de la fe, no por obras (Ef.2: 8). No por esfuerzos
humanos, méritos, perseverancia o cumplimiento a mandamientos de hombres.
La
nueva naturaleza que recibimos el día que aceptamos esa obra consumada en la
cruz, nos hará vivir de un modo diferente, pero no será una obligación
impuesta, como una pesada lista de mandamientos de cosas que podemos y no
debemos hacer. Será algo natural, producto del Espíritu Santo que estará
morando en nosotros.
Se
produce en la persona un cambio tan radical, como lo es la metamorfosis de un
gusano que se transforma en una hermosa mariposa con alas de atractivos
colores, con la capacidad de remontarse a las alturas de la presencia del
Señor.
Algunos,
haciendo gala de su propia ignorancia, dicen jocosamente: “Si no tenemos nada
que hacer, entonces podemos pecar libremente, total, de todas maneras seremos
salvo”.
Los
que sostienen esto, también serían capaces de imaginar que una mariposa puede
volver a vivir de la forma y en el habitad del gusano. Esto se debe a que
desconocen el poder de Dios y creen que
debemos “darle una ayuda al Señor”.
Con
la autoridad de la Palabra de Dios, le garantizo que no hay NADA que usted
pueda o deba hacer. Porque el grito de victoria que se escuchó en el Calvario,
y que hizo estremecer los cielos y la tierra, fue: “Consumado es”.
La
poderosa voz que el Señor hizo resonar desde la cruz, ha circulado por todo el
planeta y llegado hasta los lugares más recónditos del mundo. Ha traspasado la
barrera del tiempo, y aún después de casi dos mil años, todavía se escucha con
la misma fuerza: “CONSUMADO ES” Ya todo está hecho.
Dice
el relato bíblico, que hizo aún partir las piedras que fueron testigo de tan
magno evento ¿Y no será capaz de partir tu corazón, amigo lector? Que así sea.
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