N° 26
Por Jack Fleming
www.EstudiosMaranatha.com
Mt. 6: 34 "No os afanéis por el día de mañana, porque
el día de mañana
traerá su afán. Basta a cada día su propio mal".
Cada uno de nosotros puede repetir de memoria este
versículo. Sabemos lo
que Dios quiere que hagamos, lo aceptamos intelectualmente como una
ordenanza divina, pero otra cosa muy diferente es ordenar nuestras
vidas de
acuerdo a este versículo.
Es muy sabio y prudente planificar para ordenar nuestras
vidas, pero algo
muy diferente es "afanarnos". Lo que el Señor nos manda es
no vivir
angustiados por anhelos personales, aunque nos parezcan muy
necesarios.
Incluso los planes legítimos que hagamos deben someterse a la
voluntad
soberana de Dios.
Dice en Stgo.4: 15 "deberíais decir: Si el Señor
quiere, viviremos y
haremos esto o aquello". Pero esto debe ser algo genuino, no una
formula
religiosa, tiene que provenir de nuestro corazón. Debemos estar
seguros que
nuestra voluntad se somete a la Suya, de lo contrario esa expresión
tan
liviana que a menudo escuchamos: "si el Señor quiere", no
será más que otro
pecado que añadiríamos a nuestra larga lista, porque Dios es muy
categórico
cuando dice: "No tomarás el nombre de Dios en vano".
La ordenanza del Señor es muy precisa: "No os afanéis
por el día de
mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su
propio
mal". Los médicos especialistas en la materia dicen que la
mayoría de las
personas que los visitan, sufren de angustias depresivas por
problemas que
aún no se han presentado.
Según sus experiencias, después de continuar atendiendo a
esos pacientes,
los problemas que los hundieron en ese terreno pantanoso, nunca se
presentaron en sus vidas. Es decir, la mayoría que busca la ayuda de
un
psiquiatra o psicólogo, se debe a supuestos problemas futuros que
ellos
creen que les afectarán. Dicen estos especialistas que más del 70%
de esos
problemas nunca llegan a materializarse en sus vidas.
Cuanta sabiduría encontramos en estas palabras del Señor,
para que
aprendamos a vivir nuestras vidas sin angustiarnos por problemas que
aún no
han llegado. Existen personas que viven depresivas pensando en la
muerte,
otros por enfermedades que aún no se han manifestado; también los hay
quienes viven en ansiedad y sufren por la posibilidad de perder un
día sus
puestos de trabajo, o sus esposos o hijos.
Es verdad que vivimos en un mundo que aterra, la inseguridad
es el común
denominador en todos los aspectos de la vida. Es una sociedad
competitiva,
egoísta y cruel. Este mundo no es más que un desierto plagado de
serpientes
y escorpiones para el cansado peregrino que viaja hacia la ciudad
celestial,
pero tenemos esa consolación y esperanza gloriosa que aguardamos una
vida
mejor junto a nuestro Salvador.
Incluso aquí, él nos ha permitido descansar en los oasis que
nos provee
en su misericordia y permite refrescarnos bajo la sombra del
Altísimo, junto
a nuestros hermanos en la fe. No hemos de olvidar las experiencias de
Israel
en el desierto con todos sus problemas y peligros, que están
registradas en
la Biblia para nuestra enseñanza y consolación.
Durante el día, los rayos sofocantes del sol, pero allí
estaba el Señor
manifestándose sobre ellos, no solamente para que estuvieran
conscientes de
Su presencia, sino que además proveyéndoles sombra por medio de la
nube que
les acompañó en todo su peregrinar. Y para la oscuridad y el frío de
la
noche, Dios estaba junto a ellos en una llama de fuego. Fue además
la guía
que los condujo hasta la tierra prometida.
Y qué diremos del cuidado amoroso del Señor para con los
suyos al darles
pan del cielo a todo un pueblo que ni plantó ni sembró para ello, y
a beber
aguas en abundancia en medio de la sequedad del desierto.
De igual forma actúa con nosotros, seguimos bajo la sombra
del Altísimo,
y en pleno desierto, bajo los intensos rayos abrasadores de la maldad
del
hombre, en medio de la escasez de agua viva y las aguas contaminadas
que el
enemigo de las almas ofrece; el Señor nos ha provisto de un oasis
delicioso
con abundancia de aguas vivas en la iglesia local que nos permite
congregarnos.
El corazón del hombre está lleno de ingratitud, siempre está
mirando lo
que no tiene; nunca presta atención a todo lo que ha recibido del
Señor. Es
más, aún cuando recibe algo, en ese mismo instante deja de mirar
hacia el
Señor.
Ese fue el caso de los diez leprosos, con cuanta angustia
clamaban al
Señor, pero en el mismo instante que recibieron la sanidad, le
volvieron las
espaldas y ni tan siquiera dieron las gracias por haberlos sanado de
la
lepra. Esta es la razón por la que el Señor tiene que recordarnos en
el
Salmo 100 "Entrad por sus puertas con acción de gracias, por
sus atrios con
alabanzas".
Son tantas las bendiciones que a diario recibimos sin
merecerlas, que
haríamos muy bien en agradecerle continuamente por lo que ya tenemos,
en vez
de reclamar por lo que no poseemos o angustiarnos por males que ni
aún se
han presentado en nuestras vidas.
¿No decimos que estamos esperando la venida del Señor en
cualquier
momento? Entonces ¿por qué nos preocupamos por problemas que se
pueden
presentar en el día de mañana? Esa angustia es una prueba evidente
que no
creemos realmente que el Señor puede venir hoy.
La Palabra de Dios nos dice: "Velad, porque no sabéis a
que hora ha de
venir vuestro Señor" Y en 1Jn. 2: 28 "para que en su venida
no nos alejemos
de él avergonzados".
Decimos creer que el Señor puede venir hoy, pero sin embargo
las
angustias y aflicciones que nos pueden sobrevenir en el día de mañana
nos
consumen. ¿No es una incongruencia con lo que decimos creer?
Al menos seamos sinceros y reconozcamos que nuestra fe es un
fiasco. Si
realmente creyéramos que el Señor puede venir hoy, no podemos vivir
atribulados por los problemas que quizás se presenten mañana. Basta a
cada
día su propio mal.
Necesitamos aprender a vivir con honestidad la fe que
profesamos, también
para que el mundo pueda ver que nuestra fe es verdadera y no vana
palabrería
religiosa.
El corazón del creyente verdadero se identifica plenamente
con las
palabras del Salmista: "En tu mano están mis tiempos". Si
creyéramos
sinceramente eso, entonces aprenderíamos a vivir el presente sin
preocuparnos por los males que pudieran venir en el día de mañana.
Necesitamos aprender a vivir más intensamente cada día, como
si hoy fuera
el último de nuestras vidas. El mañana no nos pertenece, eso está
solamente
en la mano del Señor.
¿Por qué hay tantos creyentes que viven amargados? Eso es
porque ponen
sus ojos solamente en sus problemas, o lo que es peor, en los
posibles
problemas que le puedan afectar en el día de mañana. No ven todo lo
que el
Señor les ha dado ni hay gratitud en sus corazones.
El verdadero creyente es agradecido por todo lo que ha
recibido. ¿Nos
podemos imaginar que sería de nosotros si hubiéramos nacido en un
lugar
remoto del mundo, donde abunda la miseria y hasta un grano de trigo o
de
arroz es algo muy preciado? ¿Somos acaso nosotros mejores que ellos?
Si Ud. quiere insistir viviendo con amargura en su corazón,
continúe
mirando lo que no tiene y siga atemorizándose por los males que tal
vez le
puedan venir en el día de mañana. Pero si quiere vivir con un corazón
gozoso, mire todo lo que el Señor le ha entregado aún sin merecerlo y
dé
continuamente las gracias por ello, no solamente cuando tema perder
alguna
de esas bendiciones.
Un corazón agradecido es un corazón alegre, porque vive
contento con lo
que ha recibido, dice el salmista: "Las cuerdas me cayeron en
lugares
deleitosos, y es hermosa la heredad que me ha tocado".
Las cuerdas se usaban para medir las propiedades, y él
estaba agradecido
y satisfecho con lo que había recibido. Eso es lo que nosotros
necesitamos
hacer con lo que nos ha tocado, más aún considerando que lo terrenal
pronto
pasará.
Se ha dicho, y con mucho acierto, que el rostro es el espejo
del alma. Y
hay algunos que dicen ser creyentes, pero tienen tal cara de
amargura, que
difícilmente alguien querrá pasar toda una eternidad junto a ellos.
Nuestra meta final no está aquí, sino en las moradas
celestiales junto al
Señor. Ni aún nuestro cuerpo mortal que se desgasta y enferma es lo
definitivo, sino que aguardamos un cuerpo de gloria semejante al
cuerpo de
gloria del Señor (Filp.3: 21).
Por lo tanto, basta ya de afanarnos por el día de mañana
aquí en la
tierra, porque todo esto pronto pasará. El mañana que esperamos, es
el que
comenzará con la venida del Señor por los suyos. Allí es cuando
comenzará a
brillar el alba del nuevo día para los que somos de él.
El Señor no nos ha prometido una vida aquí en la tierra
exenta de
problemas, muy por el contrario, nos advirtió que "los mismos
problemas, van
afectando a todos los creyentes en todo el mundo". Esto también
nos recuerda
que nuestros problemas no son los más "especiales", porque
además de ser
quejosos, tenemos la tendencia a pensar que los nuestros son los
peores de
todos.
Vivamos cada día con gozo y gratitud por todo lo que ya
hemos recibido, y
pensando que el verdadero "mañana" para nosotros no será en
esta tierra que
va de mal en peor, sino en la eternidad junto al Señor.
Dice el Sl.30: 5 "Por la noche durará el lloro, y a la
mañana vendrá la
alegría". Inclusive en lo físico vemos que es así, todas las
enfermedades se
vuelven más dolorosas durante la noche, pero amanece, llega el día,
y
nuestro cuerpo parece recuperar nuevas fuerzas y el dolor se mitiga.
Hoy estamos rodeados de la oscuridad más intensa a
consecuencia del
pecado que reina en el mundo, pero pronto brillará el alba del nuevo
día.
Entonces recibiremos un cuerpo de gloria donde no mora el pecado, ni
enfermedad alguna podrá atormentarnos. Pero mientras llega aquel día
feliz,
no nos afanemos por lo terrenal. Basta a cada día su propio mal. Que
así
sea.
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