Sl. 46:1-3, 10 “Dios es
nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por
tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes
al corazón del mar. Estad quietos, y conoced que yo soy Dios".
¡Oh Señor! Miro los surcos del campo y me recuerdan tus promesas, muchas de
ellas son, todas muy rectas. Desde allí brotará en abundancia tu bendición para
los que te temen; entre un cielo azul que invoca tu divinidad, y el verde
color de la esperanza con que el labrador aguarda su cosecha.
Desde la altura caen como racimos las
grandes gotas de agua, que descienden desde negras carrozas que se mueven
majestuosas con el viento solano. Todo se ve tan oscuro y el frío parece traspasar
los huesos. Las aguas han entrado hasta mi alma, estoy hundido en cieno
profundo donde no puedo hacer pie, abismos de aguas me han anegado; solamente
se escucha el sonido del viento y la lluvia que cae sin piedad sobre la tierra.
Pero recuerdo
al granjero prudente y sabio que permanece firme, confiado que un día ese cielo
volverá a ser azul y el sol volverá a brillar. Esos surcos, llenos de promesas
y esperanzas darán su anhelado fruto, porque el Hacedor de todas las cosas
jamás lo desamparará.
Es el ciclo
natural de la vida donde aún a la tormenta le ha asignado un propósito, aunque
cuando estamos en medio de ella, todo nos resulte tan negro y muchas veces
temblamos por el frío de la soledad que nos parece envolver.
Dios visitó el
Sinaí, y lo hizo temblar y humear con su presencia que manifestó su Justicia y
Santidad. Y cuando su infinita Misericordia le llevó a visitar el Calvario,
también su Amor y Justicia divina hicieron temblar el monte y oscurecer la faz
de la tierra, pero allí fue donde la Justicia y la Paz se besaron.
A nuestra vida
terrenal, su Misericordia y voluntad Soberana han dispuesto tiempo para llorar
y tiempo para reír. Sí, porque siempre después de la tormenta vuelve a salir
ese sol que nos ilumina y nos calienta alegrándonos la vida. Nuevamente se
escucha ese silbo apacible que hace a los árboles danzar a su ritmo, y a las
aves que alegremente canten mientras revolotean graciosamente por el espacio
azul.
Todo esto nos
hace permanecer firmes aún en medio de la tormenta. Pero mayor es la esperanza
de saber que un día glorioso brillará el Sol de Justicia sobre este mundo que
ha sido tan adverso para el creyente.
Pero ¿acaso no
lo fue también, y con mucha más intensidad, para el Hijo de Dios? Aquél en
quién nunca se posó ni la más leve sombra de pecado. Él nos dijo que el siervo
no puede ser mayor que su Señor. Si alguno quiere venir en pos de mí, tome su
cruz cada día y sígame.
Muchos son los
sinsabores y quebrantos del justo, pero de todos ellos nos hará salir airosos y
triunfantes, porque somos más que vencedores. Ya viene la mañana de aquel día
en que nunca más tendremos que ser humillados y zarandeados, porque todos
aquellos que injustamente nos trataron, recibirán lo que sus obras merecieron.
Como se derrite la cera delante del fuego, así serán consumidos.
Ese día
glorioso ya viene, y el Sol brillará eternamente sobre el cielo nuevo y la
tierra nueva donde nosotros por Su Misericordia, estaremos para siempre en esas
moradas celestiales que Él fue a prepararnos. Allí no habrá necesidad de sol ni
de luna que brillen, porque la Gloria misma de Dios la iluminará, y el Señor
será Su lumbrera.
Hermanos,
tengamos paciencia, y cual el labrador, sepamos apreciar la tormenta y los días
de sol radiante. Entendamos que cuando el Señor le mostró Su Gloria a los suyos
en el monte de la transfiguración, no fue para que edificaran habitación allí,
sino que solamente para que su débil fe no decayera y fueran robustecidos,
fortalecidos hasta aquel día en que todos los males quedarán atrás.
Es verdad que
muchas veces me hundo en el pantano de la desesperación bajo el peso de mi
propia humanidad, pero siempre hasta allí llega el brazo potente del que creó
los cielos y la tierra, extendiendo un puente de plata que me traslada desde la
oscuridad angustiosa, hasta la luz inaccesible de Su Gloria divina. Para
comprender con gozo y gratitud, que mi comunión y perseverancia no dependen de
mis fuerzas, sino de Su Fidelidad inmutable y Misericordia infinita, para las
más miserables criaturas que él llamó para compartir con el gozo de Su
presencia.
Muchas veces
nos encontramos transitando en valles de sombra, debido a la fuerza de nuestra
humana naturaleza que se resiste a lo divino. Pero no siempre es consecuencia
del pecado que mora en nosotros, sino a que el Señor nos deja caminar por esas
sendas de tinieblas que son contrarias a nuestra condición de hijos de la luz,
para que la vanidad no se enseñoree en nosotros, y que nunca olvidemos que
solamente somos vasos de barro donde el Señor ha depositado Su Gracia divina.
Necesitamos reconocer y estar siempre conscientes de nuestra propia debilidad.
Somos salvos,
lavados eternamente y perdonados judicialmente para siempre, hemos recibido la
condición de ser llamados hijos de Dios, pero todo eso es un regalo de lo alto,
ningún mérito en esa obra divina nos corresponde. Incluso la perseverancia y
fidelidad que podamos mostrar desde el día de nuestra conversión, se debe a que
Su fuerza divina que nos une a él es infinitamente mayor que nuestra energía
humana, que se resiste a someterse bajo la gracia irresistible.
¡Oh Señor!
Cuan inconmensurable es tu Misericordia, que se extiende desde el trono de la
Gloria eterna tuya, y llega hasta el miserable pecador que solamente lucha por
alejarse de ti, debido a que nuestra naturaleza caída es contraria a tu
Santidad. Pero damos gracias porque somos pueblo de tu prado, y ovejas de tu
mano.
No existe
melodía más dulce a los oídos del pecador perdonado, que esa afirmación que
brotó de los labios divinos de nuestro Señor: “Yo les doy vida eterna; y no
perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano”.
Mis enemigos
se apresuran a señalar mis faltas y todos mis pecados, y yo digo: ¡Oh si ellos
me conocieran como Dios me conoce! De cuantas otras cosas más podrían acusarme,
pero es allí cuando mi reflexión se transforma en adoración, porque Él, siendo
el Santo, quien Su Omnisciencia conoció todos mis pecados desde el día de mi
nacimiento hasta mi muerte, aún así me escogió para salvación y ser hijo suyo.
Algunos padres
terrenales que han tenido la desgracia de tener hijos que les han causado mucho
dolor, se han arrepentido de haber engendrado a esos malos elementos. Pero lo
maravilloso de Dios es que él nunca se arrepentirá de ser nuestro Padre
celestial, porque siempre nos conoció, y aún así nos amó y nos escogió para
salvación.
Dios es
nuestro amparo y nuestra fortaleza, así ¿qué debemos hacer cuando nos
encontramos en medio de las pruebas y tribulaciones de un mar tormentoso? Lo
mismo que hizo Pedro cuando caminó sobre el mar, solamente mirar al Señor.
Porque en el mismo instante que quitemos los ojos de él para fijarnos en las
olas y el viento que nos rodea, al igual que el apóstol, comenzaremos a
hundirnos.
Esta es la razón por la cual a renglón seguido añade:
“Estad quietos, y conoced que yo soy Dios”.
El que se encuentra atrapado en un pantano, mientras más se mueve y se
esfuerza por salir, solamente logrará lo contrario, hundirse con mayor
rapidez.
Aunque la tierra sea removida, y los montes arrojados
al corazón del mar. Cuando la oscuridad de la tormenta nos inunda y no existe
cosa alguna que nosotros podamos realizar para eludirla, lo único que nos resta
hacer es dejarnos caer en sus brazos y descansar en Él.
Estad quietos, y conoced que yo soy Dios. Cuando nada
puedes hacer para librarte de la angustia que te consume, estad quieto, porque
yo jamás te desampararé. El ciclo de la vida continuará y nuevamente saldrá el
sol que anunciará un nuevo amanecer. Amén, sí Señor.