Nº 14
Por Jack Fleming
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Sl.133: 1 “¡Mirad cuán bueno y cuan delicioso es habitar los hermanos
juntos en armonía!”.
Muchas veces cantamos ese hermoso himno
que dice: “Juntos en tu presencia. Henos bendito Dios, con filial reverencia,
para escuchar tu voz. Plácido es éste sitio, sitio de reunión”. Pero quizás lo
que expresa, no siempre se ajusta precisamente a nuestro sentimiento real y
profundo.
La Palabra de Dios nos otorga el calificativo de
peregrinos y extranjeros que transitamos por las áridas avenidas de este mundo.
Para el creyente, todo lo terrenal constituye un desierto por el cual camina
bajo un sol abrasador y agobiante.
Muchas veces nuestras energías se debilitan hasta lo
sumo por el calor y lo inhóspito que este mundo resulta para el cristiano. Pero
aún en medio de este ambiente tan hostil, Dios en Su Misericordia, nos ha
provisto de delicados manantiales para refrescarnos y saciar nuestra sed, con
dulces y cristalinas aguas.
Es realmente maravilloso el espléndido contraste que
resulta para el cansado caminante, ver brotar repentinamente desde la nada
misma algo diferente y con un contraste tan violento, pero al mismo tiempo muy
deseado y placentero, que nos parece un espejismo. Algo que nos cuesta asimilar
como real ante tanta maravilla: un oasis en pleno desierto, donde habitan
solamente serpientes y escorpiones, donde todo es sequedad; allí Dios ha
insertado este oasis que es la iglesia para el creyente verdadero.
Aquí es únicamente donde el cristiano puede
regocijarse en toda su plenitud bajo la Sombra del Altísimo, comer de sus
exquisitos y vigorizantes frutos, beber de sus cristalinas y refrescantes
aguas. Todo es tan grato y delicioso, que no quisiéramos tener que abandonar
nunca este lugar, junto al Señor, Su Palabra y la comunión de los hermanos.
Creo que fue el mismo sentimiento que embargó al apóstol Pedro en el monte de
la Transfiguración, cuando quiso hacer enramadas para permanecer
indefinidamente en ese lugar maravilloso y que ese momento sobrenatural no
terminara, junto al Amado.
Levantamos nuestros ojos para escudriñar el horizonte,
y fuera de aquí solamente vemos sequedad, todo nos resulta tan árido y sin
atractivo, que podemos identificarnos plenamente con el salmista cuando dice:
“Cuan amables son tus moradas. Anhela mi alma y aun ardientemente desea tus
atrios. Porque mejor es un día en tus atrios, que mil fuera de ellos”.
Realmente el mundo nos resulta algo tan seco y sin
atractivo, que no quisiéramos volver a caminar sobre esos espinos donde habitan
las serpientes y escorpiones; porque eso es la sociedad que el hombre ha
construido sin Dios.
El príncipe de este mundo solamente mueve abruptamente
los ventarrones de la codicia y la competencia despiadada que hiere al hombre,
pero nunca puede ofrecer la suave y gratísima brisa refrescante que nos entrega
el Señor con Su presencia.
En el desierto las temperaturas varían desde el
agobiante calor del día, hasta descender abruptamente durante la noche al frío
que congela los huesos. Aún las enfermedades se acentúan durante la noche. Cuan
largas se hacen las horas de la noche para el que tiene dolores que lo
atormentan.
Quizás algunos podrán recordar experiencias donde las
responsabilidades de la vida, que le obligan a caminar por el desierto en busca
de agua para su sustento (me refiero metafóricamente cuando buscamos un
trabajo), han encontrado aguas, pero después de probarlas descubren con
tristeza que son amargas.
¿Qué debemos
hacer? ¿Llorar hasta sumergirnos en el
pantano de la depresión? Por supuesto
que no, porque ya aprendimos la lección
cuando el pueblo de Israel llegó al desierto y se encontró con las aguas
amargas de Mara. Nosotros debemos hacer lo mismo, introducir el árbol de la
cruz de Cristo para endulzarlas.
La bondad del Señor es inigualable, porque aunque nos
ha dejado como extranjeros y peregrinos en medio de un desierto inhóspito, Su
Misericordia nos ha provisto de este oasis que es la iglesia, para refrescar
nuestros espíritus hasta que lleguemos a la gran ciudad celestial.
“Mirad cuan bueno y cuan delicioso es habitar los
hermanos juntos en armonía”. Nada más
delicioso para el creyente espiritual que descansar bajo la Sombra del
Altísimo, junto a nuestros hermanos en la fe.
Que lugar tan especial nos ha preparado, con una
variedad incomparable. Cada hermano es diferente, pero todos muy especial y
amados del Señor. Del mismo modo que no existe ninguna estrella en el
firmamento que no sea llamada a brillar para la gloria de Dios, así son todos
los hijos de Dios que constituyen Su iglesia. Y dicho de paso, jamás olvidemos
que la iglesia es del Señor, no del pastor A, B o C. El Señor la compró con Su
preciosa sangre y con toda propiedad la llama: “Mí iglesia”.
Qué hermoso es el lenguaje divino para describir y
precisar esta variedad de los que constituyen Su iglesia. En 1Cor.14 dice en
forma metafórica para comparar la iglesia con un cuerpo, que cada uno de los
creyentes que la componen, tienen diferentes funciones, pero todos ellos no
solamente muy amados del Señor, sino que necesarios para el crecimiento
espiritual de la iglesia local.
En el vr. 22 de 1Cor.14 añade que los que “parecen”
más débiles, son los más necesarios. Al ojo humano, bajo el criterio de la
sabiduría terrenal, “pareciera” que hubieran algunos más débiles que nosotros,
pero en el concepto divino: “son los más necesarios”.
Hermanos, que el Señor nos inunde de Su amor santo
para que jamás consideremos a un hermano o hermana, como inferior o menos
importante que nosotros. Porque si así fuera, no seríamos más que unos necios
arrogantes y carentes del amor de Dios.
“Porque si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su
hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo
puede amar ha Dios a quien no ha visto?” (1Jn.4:20).
Es verdad que estamos llenos de defectos, pero, ¿quién
no los tiene? Hasta el más necio es capaz de ver los defectos de otros, pero
para descubrir las cualidades de los demás se necesita sabiduría y amor. Cada
padre terrenal considera a sus hijos, y nietos si los tiene, como los más
hermosos e inteligentes, y eso es solamente como fruto del amor que siente por
ellos, porque no siempre es así ante el ojo de los demás.
Nadie puede negar la realidad que existen personas muy
difíciles de tratar, pero es allí donde más necesitamos de la sabiduría de lo
alto para descubrir sus virtudes. Quizás nuestra ceguera espiritual nos impida
ver lo que el Señor ve en ellos, pero inclusive en esos casos podemos
inclinarnos a pensar que ese hermano está para ejercitar mi paciencia, pero
sigue siendo útil para mi crecimiento espiritual.
Dios dispuso diferentes utensilios para el servicio en
el tabernáculo. Por ejemplo, para poder preparar las ofrendas cocidas en horno,
tenían paletas especiales para colocarlas a esas grandes temperaturas y que el
sacerdote no se quemara. Para la ofrenda cocida en cazuela (Lv.2: 3) tenían
cucharitas para probar, cucharas más grandes para revolverla, y cucharones para
colocar la comida en los diferentes platillos dispuestos para ese propósito.
Así también pienso que en la casa de Dios, la iglesia, también existen hermanos
que son cucharitas, otros cucharas, y otros que reparten la comida en forma
abundante que corresponderían a la función de los cucharones.
Pero todos ellos necesarios y de gran valor. No
olvidemos que los utensilios que se empleaban en el tabernáculo para las
diferentes ceremonias, todos ellos eran de oro. Cada uno cumplía un propósito
santo y daba el brillo del material precioso que los constituía. Cuanto más los
hijos de Dios que han sido formados con la sangre preciosa de Cristo y la
fragancia del Espíritu Santo.
Por eso la iglesia es un lugar muy grato y delicioso
para el creyente espiritual, porque comprende que pese a que el pecado aún mora
en cada uno de nosotros y estamos llenos de imperfecciones, cada uno de los
creyentes hemos sido puestos allí por el Señor para cumplir una función
determinada, hasta que él venga o nos llame a su presencia. Todos somos de gran
precio y muy amados del Señor.
Es donde podemos ver y conversar con quienes habremos de
compartir toda la eternidad. En nuestro caminar diario, entre nuestros
compañeros de trabajo, donde la contienda y la competencia brutal nos hace
perder nuestro Norte; nuestras almas parecen resecarse. Pero damos gracias al
Señor por Su Misericordia al proveernos este refrigerio espiritual, donde
podemos disponer de este tiempo para beber de las refrescantes aguas de su
Santa Palabra, y conversar con quienes comparten nuestra misma fe.
Allá fuera siempre vamos contra la corriente y eso
cansa, agota aún al más espiritual, pero aquí dentro no necesitamos luchar para
defender nuestra fe. Aquí nos refrescamos y recuperamos nuestras fuerzas para
proseguir nuestro peregrinar. Por eso este lugar es delicioso.
Cuidemos que siga siendo un verdadero oasis. Que Dios
nos dé más de su amor santo para amar a nuestros hermanos, y que la paz del
Señor inunde siempre este lugar. Porque el verdadero amor no hace público las
faltas de los demás, sino que las lleva hasta el trono de la Gracia, para
alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.
Aprendamos a orar más intensamente los unos por los
otros. Si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois
espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándole a ti
mismo, no sea que tú también seas tentado. Sobrellevad los unos las cargas de
los otros.
Considerad a cada uno como mayor a ti. La verdadera
grandeza humana se aprecia de acuerdo a como trates a los más pequeños que tú.
Que el Señor nos dé cada día más de su Gracia divina,
para continuar habitando los hermanos juntos en su presencia, y no que algunos
permanezcan aislados en sus hogares, porque ved, que bueno y cuan delicioso es,
habitar los hermanos juntos en armonía. Amén, sí Señor.
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