Preguntas Frecuentes

por Jack Fleming

N° 259

¿Cuáles pecados nos perdona Dios al convertirnos? ¿Pasados, presentes o futuros?


RESPUESTA


La Palabra de Dios nos asegura que el Señor nos escogió para salvación (2Tes.2:13 "Dios os haya escogido desde el principio para salvación") desde antes de la fundación del mundo Ef.1:4 "según nos escogió en él antes de la fundación del mundo".

Cuando el Señor nos escogió para salvación en ese principio, desde antes de la fundación del mundo, Él conoció en Su Omnisciencia TODOS nuestros pecados. Nos conoció exactamente como habríamos de ser desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte.

Nada de lo que hayamos hecho en esta vida tomó por sorpresa a Dios, porque Él nos conoció mejor que nosotros mismos, y aquí es donde resalta Su amor y misericordia infinita, porque conociendo TODOS nuestros pecados, aún así nos amó y nos escogió para que disfrutáramos de esta salvación eterna.

En ese momento célico y divino, donde pasó ante Su presencia toda nuestra vida y todos nuestros pecados, Él decidió soberanamente escogernos para salvación, por el puro afecto de Su voluntad.

Ef. 1:4 "según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él,
Ef. 1:5 en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad"

La Gracia inmerecida que recibimos desde antes que el Dios Soberano hiciera Su creación, queda de manifiesto en forma inequívoca, cuando por el "puro afecto de Su voluntad", decidió (1Co 1:27-29) "que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia".

Jn 1:13 "los cuales no son engendrados de sangre (por herencia de familia), ni de voluntad de carne (ni por voluntad humana), ni de voluntad de varón (ni por voluntad de hombre, sea el padre o el pastor o de cualquier otro hombre ), sino de Dios". Jn 6:44 "Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero". Rm.9:16 "Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia". Hch.13:48 "y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna".

Entonces fue, que ejerciendo Su Soberanía absoluta sobre todo lo que habría de crear, que escribió nuestros nombres en el libro de la vida del Cordero, en pleno conocimiento de TODOS los pecados que habríamos de cometer, desde nuestro nacimiento, hasta nuestra muerte. Todos eran futuros y abarca toda la vida del pecador salvado y redimido eternamente por Gracia Divina.

En Ap.3: 5 nos garantiza: "El que venciere (los cristianos dice Dios que somos, Rm.8: 37 "más que vencedores") será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida". El versículo dice que NO BORRARÁ. Entonces uno con justa razón se pregunta: ¿Cómo algunos pueden leer este versículo y entender justamente lo contrario? Está afirmando que no borrará su nombre del libro de la vida.

Aquellos que tienen la facilidad de leer este pasaje en el idioma original, sabrán que existen dos adverbios de negación, uno equivalente a: "de ninguna manera" y el otro a: "jamás", semejante a nuestra expresión Castellana: "Nunca jamás". Primero lo reitera en forma negativa, y luego lo afirma también doblemente en forma positiva: "confesaré y reconoceré".

La enseñanza de la Palabra de Dios es que (Rm.8: 37) "somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó". En 1Jn 4-5 confirma esta misma verdad: "Porque todo lo que es nacido de Dios, vence al mundo; y esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?". Los hijos de Dios somos los que hemos vencido en la victoria del Señor Jesucristo, y Dios nos promete que NUNCA JAMÁS borrará nuestros nombres del libro de la vida del Cordero, porque además ese libro no se volverá a abrir hasta que la iglesia esté en las moradas celestiales con el Señor (Ap.5:5-7). Más aún considerando que cada creyente ha sido sellado con el sello de propiedad de Dios (el Espíritu Santo), que nadie puede borrar (2Cor.1:21-22).

Esta verdad revelada por Dios en Su Palabra, sirvió de inspiración a James M. Black para escribir en el año 1893, tiempo de la fervorosa y santa iglesia de esa época y que llegó a ser un ícono de la verdadera iglesia de Cristo hasta nuestros días, el glorioso himno: "Cuando allá se pase lista". Haciendo referencia al momento dichoso cuando los hijos de Dios seamos llevados por Cristo a las moradas celestiales y entonces será abierto ese libro divino, donde fueron registrados nuestros nombres desde antes de la creación del mundo y con gozo indecible escucharemos nuestros nombres.

Ap.3: 5 está declarando que cumplirá Su promesa de NO borrar sus nombres del libro de la vida, a todos aquellos cristianos verdaderos que han sido lavados en la sangre del Cordero y lucen vestiduras de justicia (de la justicia del Señor, no de la nuestra que nada vale), blancas como es la justicia divina. A todos ellos promete que NO borrará sus nombres del libro de la vida.

En ese anticipado conocimiento y consejo de Dios donde participó únicamente el Dios trino antes de la fundación del mundo, allí se determinó nuestra salvación (Hch.2:23), en ese momento todos nuestros pecados eran futuros. Inclusive cuando Cristo consumó Su obra de salvación en la cruz del Calvario todos nuestros pecados eran futuros, obviamente allí también incluyó la salvación y perdón de toda nuestra vida, desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte, de otra manera no podría ofrecernos vida eterna.

En esto resalta Su amor infinito, donde ningún ejemplo terrenal puede servir de figura ante la grandeza de Su misericordia, pero por mencionar una débil sombra de lo que podría ser aquello divino, podemos citar los casos de padres que han adoptado hijos conociendo sus deficiencias físicas y mentales; pero todo ese brillo de grandeza y amor de quienes adoptan hijos en esas condiciones, aún eso se eclipsa ante el amor de Dios que nos adoptó para ser hijos Suyos por el puro afecto de Su voluntad, conociendo todos nuestros pecados.

Muchas personas tienen el concepto de una cruz que sólo mira hacia la vida pasada, pero nunca hacia adelante. Sin embargo Dios dice: Heb.8:l2 "y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades".

Is.43:25 "Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados".

TODOS nuestros pecados, pasados, presentes y futuros fueron perdonados cuando aceptamos al Señor Jesucristo como a nuestro Salvador. TODOS los pecados que cometimos en toda nuestra vida terrenal, desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte, de no ser así, jamás podríamos entrar en el cielo.

Existe la idea de que el Señor nos perdonó solamente los pecados pasados cuando nos convertimos, y que a partir de allí necesitamos confesar diariamente nuestros pecados para obtener el perdón, y de esta manera asegurar nuestra salvación para no perderla.

Si esto fuera efectivo, la vida del creyente aquí en la tierra sería miserable y aterradora, no valdría la pena vivirla. Porque sabiendo que pecamos cada día, con nuestros actos, con nuestros pensamientos, con nuestros oídos, con nuestros ojos; ningún creyente se atrevería a salir a la calle para no seguir aumentando su lista de pecados, y aún así sabemos que inclusive en nuestros hogares también pecamos.

Sería horrible que la muerte lo pudiera sorprender sin haber tenido la oportunidad de confesar esos pecados y después de todo, ir al infierno; nadie podría tener la seguridad de su salvación, en cambio el Señor dice categóricamente "TIENE vida eterna".

Jn. 10:28-29 "yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre".

En Col.2:13 dice que nos perdonó "TODOS los pecados". Cuando un creyente peca debe confesar ese pecado al Señor, no para obtener nuevamente el perdón sino para restablecer la comunión con nuestro Señor. Cuando pecamos después de nuestra conversión, no perdemos la salvación, pero sí la comunión con Dios; nos alejamos de Dios y necesitamos acercarnos nuevamente a Él.

Un creyente no solamente ha sido salvado, sino que además el Señor nos asegura que pasamos a ser hijos de Dios. 1Jn.3:1-2 "Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios...Amados, AHORA somos hijos de Dios".

Un hijo, no importa cuán despreciable llegue a ser, NUNCA perderá su paternidad, siempre seguirá siendo hijo de su padre, esto lo sabe muy bien hasta el criminal más despiadado. Es lo que en forma tan preciosa y clara nos enseña el Señor en la parábola del hijo pródigo (Lc.15:11-24). El hijo pecó y se fue lejos de su padre, pero aún mientras apacentaba cerdos, seguía siendo hijo de su padre.

Cuando el Espíritu Santo le hizo volver en sí (El Espíritu Santo nunca le abandonó, razón por la cual pudo hacerle volver en sí), el hijo volvió a la casa de su padre. ¿Cuándo el padre perdonó a su hijo? ¿Cuándo escuchó la confesión de su hijo? NO, porque no lo dejó terminar su confesión cuando ya lo había abrazado y ordenado a sus siervos darle el mejor vestido, anillo y calzado y comenzó el regocijo.

Por la hermosa revelación que nos hace en Is. 44:22 conocemos también la profundidad del amor y perdón que nos ofrece Dios: Isa 44:22 "Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí". El Dios de amor y misericordia perdona al pecador y continúa llamándole para que vuelva, antes que se geste la más mínima intención de arrepentimiento en el corazón del hijo que vaga lejos en su propio pecado.

Por el relato que nos hace el Señor se ve que el padre había perdonado a su hijo desde el mismo instante en que éste abandonó su hogar. Porque el padre con un corazón amoroso estaba cada día contemplando el camino por donde se había marchado su hijo, y desde ese instante estaba aguardando, sin rencor, que SU HIJO regresara y poder abrazarlo y besarlo. Así de perfecto es el perdón que nos ha otorgado nuestro Padre Celestial.

Ahora somos hijos de Dios, y NUNCA dejaremos de ser. En el infierno jamás se podrá encontrar ni un solo hijo de Dios, tenemos el sello de propiedad de Dios y nada ni nadie podrá borrarlo. El perdón que Dios nos otorgó el día de nuestra conversión es tan amplio y perfecto que abarca TODOS nuestros pecados: Pasados, Presentes y Futuros.

Los pecados futuros también merecen condenación, y esa condenación la pagó el Señor en la misma forma como pagó por todos nuestros pecados pasados. Los pecados futuros son tan reales y repugnantes, como son los pecados pasados ante un Dios Eterno que no está afecto al tiempo; para Él todo es un eterno presente. Además no hemos de olvidar que aún desde nuestra perspectiva terrenal, donde sí transcurre el tiempo, cuando el Señor murió en la cruz, TODOS nuestros pecados eran futuros, Él tuvo que juzgar todo lo malo que habría en nosotros para aceptarnos en Su presencia.

¿Qué sucede cuando pecamos habiendo ya aceptado al Señor en nuestros corazones? El Espíritu Santo nos convence de pecado y produce en nosotros una "TRISTEZA QUE ES SEGÚN DIOS" (2Cor.7:8-11). Sin embargo esa tristeza no se relaciona con el perdón que el Señor nos dio en la cruz.

No podemos vivir con el temor que Dios nos puede repudiar algún día por nuestras faltas, o que hemos olvidado confesarle algún pecado. Dios nos asegura que tenemos vida eterna, no por un año o dos, o hasta que volvamos a pecar, es vida eterna, esto significa en cualquier idioma: para siempre.

La grandeza del perdón que Dios nos ha entregado es infinita, no tiene límites. En 2Tim.2:13 nos dice: "Si fuéramos infieles, Él permanece fiel; Él no puede negarse a sí mismo".

¿Qué hemos de hacer para quitar esa tristeza, ese sentimiento de culpabilidad?. 1Jn.1: 9 nos dice que hemos de confesar nuestros pecados a Dios, reconocer nuestra falta sin excusas en su presencia. Si tenemos la convicción de que el Señor nos perdonó el día de nuestra conversión, entonces no tendremos temor de acudir a Él para decirle honestamente que hemos pecado. Tenemos que mirar por la fe a la cruz de Cristo y así recordar que allí Él compró el perdón eterno de TODOS nuestros pecados.

Luego hemos de darle gracias por cuanto ante Sus ojos nuestros pecados ya fueron perdonados. Jesús murió para pagar la sentencia de esos pecados, y como resultado de esa confesión con arrepentimiento y dolor, manifestaremos nuestro aprecio por ese perdón con gratitud y nos apartaremos del pecado.

¿Cuál es el propósito de confesar nuestros pecados a Dios, cuando sabemos que el Señor pagó judicialmente la sentencia por todos nuestros pecados? ¿Qué sucede si nos sorprende la muerte sin haber confesado un pecado pendiente? ¿Perderemos la salvación?

Ese es el gran tormento de aquellos que no pueden apreciar ni ver la grandeza de la salvación que Dios nos ha regalado, y necesitan según sus propias palabras: convertirse, reconvertirse y volver continuamente a re-re-reconvertirse en un ciclo de nunca terminar; vocablos y conceptos que no aparecen en la Palabra de Dios, pero que son muy comunes en las palabras de los carismáticos, donde muchos obedecen a esos famosos "llamados a pasar al altar" (¿Cuál altar?), pero como encuentran tan fácil "re-convertirse" pasan casi en todas las reuniones "al altar" a re-re-reconvertirse y al día siguiente o el mismo día al regresar a sus hogares, vuelven a ser las mismas personas inconsecuentes con los frutos del Espíritu de la verdadera fe cristiana.

Gal 5:22-23 "Mas el fruto del Espíritu es: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza"

Y el amor cristiano se expresa y reconoce fácilmente:
1Co 13:4-8 "El amor es: sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser"

Si dependiera de nuestra confesión diaria, nadie podría ser salvo, porque nuestra naturaleza caída no es capaz de recordar todos los pecados que cometemos cada día; además nuestra apreciación del pecado con la vara humana que medimos, es muy diferente al concepto divino de pecado que tiene el Dios infinitamente Santo. Muchas cosas que hacemos o pensamos pueden ser "normales" para nosotros, pero para Dios pueden ser pecados.

Por lo tanto, por muy consagrados, pulcros y metódicos que fuéramos para mantener una confesión diaria con una cuidadosa lista de todos nuestros pecados, es absolutamente seguro que cuando nos sorprenda la muerte, quedarán muchos pecados sin confesar. El propósito de la confesión diaria que nos pide el Señor, no es para hacernos más salvos o asegurar nuestra salvación, porque no depende de nuestra condición o confesión diaria, sino de la obra de Cristo.

El beneficio que obtenemos es paz para con Dios, una vida santificada y una comunión sincera e íntima llena del gozo de nuestra salvación. Manifestaremos nuestro aprecio con gratitud y nos apartaremos del pecado, algo muy diferente a lo que sarcásticamente aseguran aquellos que no conocen y ni tienen la seguridad de esta salvación eterna que nos ha entregado el Señor, quienes dicen jocosamente: "Entonces pueden pecar y hacer todo lo que quieran, porque igualmente llegarán al cielo", aunque son ellos los que declaran la necesidad de re-reconvertirse periódicamente, y si les sorprende la muerte sin estar recién re-re-reconvertido, se irán irremediablemente al infierno según su propia apreciación.

La Biblia asegura que quien "practica el pecado" (es decir, vive indiferente sin abandonar su pecado, sin sentir dolor ni arrepentimiento) el tal no es de Dios.
1Jn 3:8-9 "El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios".

Aquellos que aseguran que ahora, como hijos de Dios, no pecan, ya han añadido uno más a la lista de pecados que cometemos en este cuerpo de humillación. Porque estarían afirmando que Dios es mentiroso (1Jn.1:10) "Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros".

Por lo tanto un verdadero hijo de Dios no puede vivir indiferente en una condición que no expresa los frutos del cambio que Dios realizó en su corazón el día de su conversión, cuando todas las cosas fueron hechas nuevas. Ahora es una nueva criatura que goza plenamente de la seguridad de su salvación, porque sabe que TODOS sus pecados fueron perdonados, pero necesita diariamente acudir a los pies del Señor ante el trono de Su gracia (Heb.4:16) para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro, para reanudar el gozo de la comunión con su Salvador.

Puede leer más sobre este importante tema en la respuesta Nº 130.

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