Salmos Nº 4


Por Jack Fleming























SALMO 4


Oración vespertina de confianza en Dios.


Al músico principal; sobre Neginot. Salmo de David.

"Respóndeme cuando clamo, oh Dios de mi justicia. Cuando estaba en angustia, tú me hiciste ensanchar; ten misericordia de mí, y oye mi oración. Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo volveréis mi honra en infamia, amaréis la vanidad, y buscaréis la mentira? Selah

Sabed, pues, que Jehová ha escogido al piadoso para sí; Jehová oirá cuando yo a él clamare. Temblad, y no pequéis; meditad en vuestro corazón estando en vuestra cama, y callad. Selah

Ofreced sacrificios de justicia, y confiad en Jehová. Muchos son los que dicen: ¿Quién nos mostrará el bien? Alza sobre nosotros, oh Jehová, la luz de tu rostro. Tú diste alegría a mi corazón mayor que la de ellos cuando abundaba su grano y su mosto. En paz me acostaré, y asimismo dormiré; porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado".

Comienza el salmo con un clamor pidiendo a Dios que escuche la oración, aunque sabemos que su promesa es: (Is. 65:24) "antes que clamen, responderé yo; mientras aún hablan, yo habré oído".

Es necesario tener la absoluta seguridad que estamos en Su presencia, antes de derramar nuestro corazón en libación delante del trono de Su gracia. No basta con saber que Él escucha desde los cielos, sino que necesitamos sentir ese delicado aroma balsámico de Su santidad que nos eleva hasta el lugar donde los serafines no se atreven a mirar, sino que se cubren con sus alas en un temor celestial.

Para eso necesitamos acercarnos con la misma reverencia con la cual Moisés se acercó a la zarza cuando escuchó la voz de Dios. Cuanto temor y solemnidad debería inundar nuestro ser cada vez que entramos a Su presencia.

¿Quién se atrevería a romper irreflexivamente esa solemnidad célica que rodea la gloria de Su majestad? María (hermana de Marta) cuando estuvo en Su presencia permaneció en silencio, quietamente a los pies de Su Señor, bebiendo embelesada cada palabra que brotaba de esos labios divinos.

Sin embargo el corazón de aquel que no conoce realmente a Dios, con cuanta liviandad pretende acercarse hasta el Rey de reyes con una lista de peticiones que en nada difiere de la que elaboramos para ir al supermercado, únicamente con lo que consideran necesario para sus vidas terrenales.

Solamente cuando estemos consientes de estar en Su presencia, es que estaremos prestos para abrir nuestros corazones. Comienza nuestro salmo diciendo: "Ten misericordia de mí, y oye mi oración".

Cuán importante es recordar lo que el Señor nos menciona en la oración modelo: "Padre nuestro que estás en los cielos". Es muy fácil olvidar que Él está en los cielos y que nosotros somos únicamente miserables criaturas dignas de Su conmiseración.

Porque ¿Quiénes somos nosotros para ser recibidos por el Todopoderoso creador de cielos y tierra? Seguramente que los gobernantes de este mundo no nos concederían una audiencia, pero he aquí el Dios de la gloria, el Omnipotente, quien está por sobre todo lo creado y sobre todos los gobernantes de este mundo, no solamente nos recibe, sino que nos invita a acercarnos confiadamente.

Heb 4:16 "Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro".

E inmediatamente el Salmo en el verso 2 nos lleva a considerar quienes somos: "Hijos de los hombres". Descendientes de una raza caída, en quienes el germen del pecado aún continúa morando.

"¿Hasta cuándo volveréis mi honra en infamia, amaréis la vanidad, y buscaréis la mentira?". Señor, ¿quién es el hombre para que tengas de él misericordia?

Isaías cuando entró en ese lugar santo dijo: (Is.6:5) "¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos".

Y cuando nosotros somos recibidos por Dios, entramos al mismo lugar que llegó Isaías. "Un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria. Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo".

Señor, si yo no estuviera recubierto con la sangre bendita de Jesús y de sus méritos sublimes, jamás podría entrar en tu presencia. Con cuanto temor y temblor me acerco a ti, sólo cogido de la mano bendita de mi Salvador, esa mano que fue clavada en la cruz por mí.

"Temblad, y no pequéis; meditad en vuestro corazón estando en vuestra cama, y callad". Aquí vemos que Dios nos exhorta a meditar en nuestros corazones aún estando en nuestra cama, y callad.

Muchos son los que relacionan este tipo de oración con la comunicación privada e individual de cada creyente con su Señor, pero creen que cuando se encuentran en la casa de Dios deben hacerlo a viva voz, cada cual expresando libremente lo que tienen en su corazón para lograr una oración "unánime".

A los tales debo repetir lo que dijo el Señor: (Mt. 22:29) "Erráis, ignorando las Escrituras" y añadir "erráis porque desconocéis al verdadero Dios de la Biblia". Porque eso no es más que un desorden unánime.

El Dios que se ha revelado a través de las Sagradas Escrituras, ha establecido para cualquier creyente sincero que le desea complacer y hacer Su voluntad: Ecc 5:1-2 "Cuando fueres a la casa de Dios, guarda tu pie; y acércate más para oír que para ofrecer el sacrificio de los necios; porque no saben que hacen mal. No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras".

Y en el Nuevo Testamento vuelve a revelarse como el Dios de orden, y dictamina que en la iglesia se ore con entendimiento, escuchando atentamente al hermano que está orando públicamente para poder añadir su amén en forma inteligente y consecuente con el verdadero valor de esa palabra, que significa estar de acuerdo con lo que se ha expresado: "Que así sea". 1Co 14:16 "Porque si bendices sólo con el espíritu, el que ocupa lugar de simple oyente, ¿cómo dirá el Amén a tu acción de gracias? pues no sabe lo que has dicho".

La gran mayoría vincula la oración con el bullicio y el desorden, no pueden imaginar una oración como ordena el Señor, en silencio. No conciben una oración con este diseño establecido por Dios, entrar en Su presencia y callar.

Cuanta necesidad tenemos de entrar en Su presencia y callar para escuchar Su voz, para contemplar Su gloria, para nutrir nuestros pulmones con la fragancia de Su santidad. Porque jamás hemos de olvidar que Él habita en la altura de la santidad.

Isa 57:15 "Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados".

Necesitamos elevar nuestros espíritus hasta la morada de Dios y guardar silencio reverentemente. "Meditad en vuestro corazón estando en vuestra cama, y callad".

Con cuanta frecuencia cuando nos desvelamos durante la noche, dejamos que nuestra mente divague por caminos tortuosos que solo nos llevan al afligimiento y a la angustia de nuestra alma. Pero aquí Dios nos dice que cuando estemos en nuestra cama, elevemos nuestros espíritus hasta Su presencia, y callemos.

Es en medio de ese silencio reverente cuándo podremos regocijarnos más profundamente en la contemplación de Su persona, y nuestra alma nadará quietamente por esas aguas cristalinas que nos transportan hasta el lugar donde habita el Rey de reyes.

"Muchos son los que dicen: ¿Quién nos mostrará el bien?" El insensato pregunta ¿Quién nos mostrará el bien? Al final del versículo siete nos aclara de qué clase de bien hablan ellos: "de la abundancia de su grano y su mosto".

El inconverso, aquel que no conoce a Dios, pone su corazón en las cosas de este mundo y en la falsa alegría que Satanás le ofrece por medio del vino y demás placeres, todos ellos efímeros como nos advierte el Señor.

Pr 23:29-32 "¿Para quién será el ay? ¿Para quién el dolor? ¿Para quién las rencillas? ¿Para quién las quejas? ¿Para quién las heridas en balde? ¿Para quién lo amoratado de los ojos? Para los que se detienen mucho en el vino, para los que van buscando la mistura. No mires al vino cuando rojea, cuando resplandece su color en la copa. Se entra suavemente; mas al fin como serpiente morderá, y como áspid dará dolor".

Pero el creyente verdadero pone su corazón donde está el Señor, y su gozo brota de esa comunión íntima y apacible con su Salvador. No necesita de los estímulos falsos y efímeros que ofrece el mundo.

Dice con el salmista: (Sl. 4:6-7) "Alza sobre nosotros, oh Jehová, la luz de tu rostro. Tú diste alegría a mi corazón mayor que la de ellos cuando abundaba su grano y su mosto".

Cuando Dios pone Su gracia en el corazón del creyente, pone también alegría, no superficial, sino sólida y sustancial; una alegría que no depende de las circunstancias que lo rodeen, porque ¿qué motivo de gozo podría encontrar el hijo de Dios en este mundo que rechaza Su presencia santa? Más aún, considerando que el mundo no es nuestro hogar definitivo, porque somos peregrinos camino a la ciudad celestial.

El gozo del creyente no está en las cosas que este mundo nos pueda ofrecer, muy por el contrario, si vivimos una vida consagrada no podríamos esperar la aprobación del mundo, sino su condenación y rechazo.

A mayor fidelidad con nuestro Señor, más oposición hallaremos del mundo e incluso de aquellos que aunque se autodenominan "cristianos", también comparten sus gustos y anhelos.

Jesús nos advirtió sobre esta consecuencia de nuestra fe. Dijo en Jn.15: 18 "Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo".

La invitación que nos hizo fue: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame". Sin la cruz no existe el cristianismo, aunque hay quienes pretenden seguir a Cristo y se niegan a tomar su cruz.

El verdadero hijo de Dios no espera la felicidad de este mundo, sino que teniendo los ojos puestos en su Señor, disfruta anticipadamente de las glorias que nos aguarda cuando él venga por Su iglesia y nos lleve a esas moradas celestiales que fue a prepararnos.

El rechazo del que somos objeto en esa vida, ni la cruz que hemos de cargar cada día, son motivo de infelicidad para el creyente. Dios nos dice: "Regocijaos en el Señor, otra vez digo: Regocijaos".

El gozo del cristiano está "en el Señor", no en las circunstancias temporales de la vida terrenal. Cuando él venga, entonces recompensará a cada uno de los suyos, no ahora.

Mt.16: 27 "el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y ENTONCES pagará a cada uno conforme a sus obras". Por este motivo el creyente debe correr la carrera puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe.

"Tú diste alegría a mi corazón. En paz me acostaré, y asimismo dormiré; porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado". El cristiano no solamente tiene gozo en su corazón, sino que también paz y seguridad, porque está en la mano potente de su glorioso Salvador.

Esto es lo que le permite acostarse y dormir confiadamente. Y no solamente dormir, sino que también vivir con la misma seguridad, porque ha puesto todas las cargas e inquietudes que abrumaban su corazón, en las manos de su Señor y Salvador. Que así sea, Amén.



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