Ven, Señor Jesús












N° 98

Por Jack Fleming

Translate this page Nº 98.- "Come, Lord Jesus"


Ap. 22:20 "El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve. Amén; sí, ven, Señor Jesús".


Mi alma anhela fervientemente el cumplimiento de la promesa más sublime que contiene tu Santa Palabra de amor, tu regreso para venir a buscar los frutos de la cruz, y recolectar en ese granero celestial a todos los redimidos con tu sangre bendita y divinal.

Ciertamente vengo en breve, ha sido tu último anuncio al finalizar el libro sacro. Y es lo que esperamos todos los que hemos gustado de tu gracia y misericordia infinita, porque tú así lo revelaste:

Jn. 14:2 "En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros.
Jn. 14:3 Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis".

¡Oh, Señor! Como si no fuera suficiente el perdón eterno de todos nuestros pecados, tú nos has prometido una eternidad en esas moradas celestiales. Y allí, en medio de tu gloria célica, nos has preparado un lugar especial.

Tu libro Santo nos describe algo de esa gloria celestial, en un lenguaje humano donde las palabras no son capaces de describir tanta ventura. Allí donde serafines se cubren en tu presencia, para cantar sus alabanzas con gozo y dulzura angelical.

Lo mejor de este mundo nunca podrá tan siquiera bordear el mar inconmensurable de tu hermosura, perfección y santidad. Todas las riquezas, patrimonio y poder terrenal, jamás se podrán igualar a esas bendiciones que tú nos has preparado, junto a tu Persona en ese sublime lugar.

Señor, yo quiero ser como una ola de ese mar, porque las olas se acercan a la playa pero regresan al mar. Aunque sé que muy pronto habré de entrar a ese estado eterno donde nos uniremos a esa sinfonía universal, en la cual las estrellas místicas brillan cual diademas esparcidas por la corte Real.

Si por el sólo hecho de amar tu venida me prometes una corona especial ¿Qué será morar junto a ti en esa eternidad? Mudo y absorto me impregno de tu fragancia divinal, y caigo de rodillas ante el perfume enervante de tu presencia celestial.

El apóstol Juan en un esfuerzo supremo intenta lo imposible, describir en lenguaje humano lo divinal. Cuando el Señor glorificado, luego de mostrarle las siete etapas por las cuales habría de pasar la iglesia en lo terrenal, le dice: (Ap. 4: 1) "Sube acá, y yo te mostraré las cosas que sucederán después de estas".

Ap.4: 2-3 "Y al instante yo estaba en el Espíritu; y he aquí, un trono establecido en el cielo, y en el trono, uno sentado. Y el aspecto del que estaba sentado era semejante a piedra de jaspe y de cornalina; y había alrededor del trono un arco iris, semejante en aspecto a la esmeralda".

Mientras más medito en ese lugar que has preparado para los redimidos por la sangre de tu humana y divinal condición, más sediento de esas moradas mi corazón languidece por esa fúlgida habitación. Donde no existirá la envidia, la codicia ni la corrupción, porque todo allí será como hallar un diamante brillando en cada rocío de tu amor eternal.

Hombres sin conocer tu revelación, se atreven en su vana osadía a proclamar, que la iglesia ha fracaso en su misión de conquistar este mundo terrenal. Pero eso jamás ha salido de tus labios, sino que ha sido el desvarío del sonido de su propio mudo teclado de su misma imaginación.

Porque tú anunciaste con inusitado brillo y claridad, que la maldad y el pecado irían en aumento sin igual. 2Ti 3:13 "mas los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados". ¿Dónde está entonces esa falsa profecía de la conquista terrenal?

Eso no sucederá hasta que tú lleves tu iglesia hasta tu reclinatorio Real, y gobiernes la tierra con vara de hierro y justicia total. Y todo sea restaurado a su estado original.

Es más, nos anticipaste que para el tiempo de tu venida, sería como en los días de Noé ¿Y cómo dice tu Palabra que fueron esos días? Gen 6:5 "Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal". Y nadie creyó que llegaría finalmente ese juicio universal.

Pero si hasta en la historia que tú escribiste desde la eternidad, para registrar el paso de la iglesia acá en la tierra en esas siete etapas que leemos en la revelación final, nos anuncias la decadencia y apostasía general.

Siete cartas siete etapas son, pero la última, la que nos ha correspondido vivir, Laodice, dice: (Ap. 3:17) "Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo". Así ve Dios a esta cristiandad, que se jacta de su actual condición de abuso y aparente impunidad.

¿Ha fracasado la iglesia por no conquistar el reino terrenal? Jamás ha sido esa nuestra meta, porque nuestra habitación final será la celestial, pero ciertamente ha fallado por no mantener su dignidad y santidad.

¿Quién podrá ser culpable de tanta vergüenza y degradación? Solamente el hombre que dejando el camino señalado por su Redentor, que ha preferido escuchar y seguir las modas y bajezas de un mundo corrupto, que solamente busca y sirve a las riquezas que jamás traen consolación.

Escuchamos proclamar por los cuatro vientos a falsos líderes su mensaje de vejación, que sirve únicamente al dios Mamón, aunque el Señor ha dicho: (Mt.6:24) "No podéis servir a Dios y a las riquezas". Pero allí tenemos a la mal llamada "cristiandad" correr desenfrenada tras esas falsas promesas de prosperidad y bendición terrenal.

Señor, cuan fuerte resuena el clarín que anuncia tu venida, que mi corazón salta en medio de mi pecho, y cada paso que doy en este mundo, es como caminar en otoño sobre hojas secas, donde cada sonido se une a esa sinfonía que anuncia ese gran día final.

Cada verdadero hijo tuyo siente la sequedad y soledad de este mundo, que con su calor abrasador agota, y con un corazón sediento, ansía tus aguas cristalinas. Tú atas las aguas en las nubes, y no se rompen bajo ellas, salvo bajo tu autorización divina.

Se oye la voz de Dios sobre las aguas, y el Señor hace temblar el desierto. Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo.

Caminamos en medio de este desierto, entre espinos, escorpiones y serpientes, pero hasta allí llega esa voz de palabras suaves, que con amor nos recuerdan que no cometamos el mismo error de Elías, de creer que estamos solos en este mundo de oscuridad e insidia infernal.

1Pd.5:9 "Resistid firmes en la fe, sabiendo que los mismos padecimientos se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo".
No estáis solos, porque siempre, en todos los tiempos, me he guardado fieles que no han doblado sus rodillas ante Baal.

Es entonces que elevo mis ojos a lo alto, y me parece casi ver al ángel llevar la trompeta a sus labios, para anunciar tu pronto regreso para llevarnos a la mansión celestial.

Y hasta mi sediento corazón, llega esa suave brisa que refresca mi ser entero, mis lágrimas de dolor amargo, se transforman en suaves caricias que descienden desde el cielo; luego la tristeza que me embargaba, se diluye en medio del silencio y se convierte en gozo puro y sereno.

Un grito profundo de regocijo y convicción, brota desde mi corazón: ¡Cristo viene! Amén; sí, ven, Señor, bendito y glorioso Salvador.

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