¿La Palabra es de Dios o mía?


















N° 96

Por Jack Fleming

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¿La Palabra es de Dios o mía?

Jn. 7:17 "El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta".

Cuan fácil resulta aceptar la Palabra de Dios cuando coincide con la nuestra, pero el siervo obediente se distingue cuando reconoce y cumple lo ordenado por Dios, aunque aquello que se le ha dicho no corresponda a sus gustos y preferencias.

La naturaleza humana se distingue por querer hacer justamente lo contrario a aquello que Dios ha ordenado. El mismo apóstol Pablo tuvo que admitir:

Rom 7:15 "Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago.
Rom 7:17 De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí.
Rom 7:18 Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo.
Rom 7:19 Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.
Rom 7:20 Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí.
Rom 7:21 Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí".

Incluso en la consagración de su servicio para el Señor, el apóstol insistió reiteradamente en trabajar con los de su nación. Pero sin embargo bien sabemos que el Señor tenía otros planes muy diferentes para Pablo, y lo transformó en el gran apóstol de los gentiles.

Muchos son los creyentes que dicen servir al Señor, pero cuando algo no está de acuerdo con aquello que han practicado o aceptado por tradición, o no coincide con sus creencias humanas, en el momento mismo que se les muestra que aquello no es conforme con la voluntad de Dios, comienzan a cuestionar e intentar justificar su actuar, buscando pasajes muchas veces sacados de contexto, haciendo referencias a ordenanzas y prácticas que Dios entregó en el antiguo pacto (Antiguo Testamento) a Su pueblo terrenal y que no son para la iglesia, cuyas ordenanzas e instrucciones se encuentran exclusivamente en el Nuevo Testamento, debido a que el Señor estableció un Nuevo Pacto con aquellos que ahora son guiados por el Espíritu Santo.

En su simpleza y desazón argumentan irracionalmente juicios y explicaciones que caen en el absurdo que contradicen toda lógica de interpretación bíblica. No les importa atropellar todas las leyes más elementales del análisis y elucidación de la lectura coherente e inteligente de las Sagradas Escrituras, con tal de seguir practicando o creyendo aquello que ellos han aceptado por largo tiempo.

La Biblia no es un libro para contradecir o rebajarlo a un nivel de humana discusión. Es altamente irreverente plantear dichos que provienen de un corazón que solamente busca defender posiciones de creencias y prácticas religiosas que no tienen justificación, ni se apoyan en el ejemplo bíblico de las iglesias del Nuevo Testamento, cuyo testimonio y proceder se encuentran en la Biblia para que sepamos cómo hemos de conducirnos en la casa de Dios.

Resulta muy difícil para el corazón humano admitir que estaba equivocado, aún cuando la exhortación provenga directamente de la Palabra de Dios. Pero el corazón del verdadero creyente escudriñará las Sagradas Escrituras, no para probar sus propias creencias humanas, sino para buscar sinceramente qué es lo que Dios ha dicho sobre una materia en particular que desea indagar, sin importar o imponer sus propias creencias preconcebidas.

Cuando abrimos la Biblia, deberíamos hacerlo con tal reverencia y sumisión a lo que Dios nos está mostrando en las Sagradas Escrituras, que no admita cuestionamiento ni racionamiento humano para pretender primeramente entenderlo con nuestra mente limitada, sino que debemos dejarnos llevar sumisamente por el Espíritu Santo y permitir que Dios hable, y nosotros solamente exclamar: Sí Señor, Amén.

Sabemos con plena certeza que la Biblia ES la Palabra de Dios, y que Su Palabra es verdad, por lo tanto no se trata de leerla para poner en duda su veracidad, ni inclusive pretender entenderla a cabalidad con nuestra capacidad humana lo que corresponde a la divinidad, solamente nos compete someternos a ella, si es que realmente Dios es efectivamente nuestro Señor.

La promesa de Dios es que el Espíritu Santo nos guiará a toda verdad, por lo tanto debemos sembrar en nuestros corazones esa Palabra Santa, y permitir que Dios cumpla Su promesa.

Muchos son los que se hunden en terrenos pantanosos de argumentos humanos, y peor aún, cometiendo la irreverencia y liviandad de cuestionar doctrinas y principios bíblicos, sin haber leído primeramente toda la Biblia.

Leen solamente unos cuantos pasajes sueltos y pretenden transformarse en maestros. Con mucha justicia Dios ha dicho: Stgo. 3:1 "Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación".

Creo que no existe mayor irreverencia contra las Sagradas Escrituras, que aquella que cometen muchos cristianos, que discuten y plantean creencias y doctrinas sobre un libro que jamás han leído en su totalidad.

Estoy seguro que cualquier estudiante no titubearía en denunciar de fraude y engaño, si se enterara que su maestro de la universidad está enseñando sobre un libro que primeramente él no ha leído y estudiado. ¿Y no es mucho más grave lo que cometen a diario aquellos que opinan y cuestionan doctrinas, sin haberse tomado ni el tiempo necesario para leer primeramente las Sagradas Escrituras en forma completa?

El mandamiento del Señor fue "Escudriñad las Escrituras". Escudriñar es mucho más que una simple lectura, es estudiar, excavar y profundizar en la plena dirección del Espíritu Santo.

Considero que nadie debería llamarse así mismo "maestro", sin haber leído primeramente unas 30 o 40 veces la Biblia de principio a fin durante su vida, aparte de sus estudios diarios.

Para hacer Su voluntad, debemos necesariamente conocerla a cabalidad, y eso será posible únicamente si dedicamos todos los días tiempo en la presencia del Señor, buscando la dirección del Espíritu Santo para escudriñar las Sagradas Escrituras, permitiendo que Dios hable a nuestros corazones. Y para hablar sobre temas bíblicos, se necesita mucho más que eso.

Es muy hermoso el ejemplo que establece la Palabra de Dios sobre este requisito de respaldar previamente nuestras palabras con nuestro testimonio, antes de atrevernos a hablar sobre estos temas santos. Dice respecto a nuestro modelo perfecto:

Hch. 1:1 "En el primer tratado, oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar". Primero las hizo, luego las enseñó.

Es muy triste escuchar a quienes que con mucha liviandad se atreven a decir: "Yo creo, yo pienso o yo opino", expresiones que no deberían existir en el vocabulario del verdadero creyente que comenta sobre la Palabra de Dios con temor y temblor. Divagan en sus propios razonamientos e ideas humanas, permitiéndose con ligereza y frivolidad opinar sobre temas y doctrinas bíblicas, muchas veces sin haber leído tan siquiera una vez en su vida este libro Santo; por este motivo deben recurrir a lo que ellos creen, lo que ellos piensan, porque desconocen o no les importa lo que Dios ha dicho.

Resulta muy efectivo para determinar la pobreza espiritual y mediocridad del verdadero conocimiento que alguien posee sobre las Sagradas Escrituras, al escucharle emplear sin reparos la palabra "yo". Porque claramente está exponiendo sus propios pensamientos humanos y no lo que efectivamente Dios ha dicho, para lo cual debería citar: "Así ha dicho Dios en Su Palabra".

Todo aquel que recurre al "yo" para exponer la Biblia, está manifestando públicamente que él está hablando en la carne, y no a través del espíritu, porque para eso sería imprescindible citar lo que Dios ha dicho en Su Palabra. Claramente el tal está hablando palabra de hombre y no Palabra de Dios.

La exhortación que nos hace el Señor en las Sagradas Escrituras, es precisamente ésta:
Col 3:16 "La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales".

Dios quiere que esa Palabra santa more, y que lo haga en abundancia en nosotros. Esto implica un contacto diario con Su Palabra, atesorándola en nuestros corazones, para ser hacedores de ella, no meros oidores.

Sin embargo bien sabemos que en muchos lugares se privilegia la música, los testimonios, experiencias, entretenciones y demás actividades que se han añadido para dejar contentas a las multitudes. Y la Palabra de Dios no ocupa el lugar que el Señor pide que tenga, para que esa Palabra more en abundancia en nosotros, por este motivo es que vemos como se generaliza cada día más el raquitismo espiritual, porque no se está entregando el verdadero alimento espiritual no contaminado.

Stgo. 1:22 "Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos". Aquel que solamente adquiere un conocimiento intelectual y general de las Sagradas Escrituras, pero no es hacedor de lo que ha aprendido, no engaña a nadie, menos a Dios; solamente se engaña a sí mismo.

También la Biblia nos advierte que (Stgo. 4:17) " y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado". Y que al que se le ha dado más, se le exigirá más. Luc 12:48 "porque a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá".

Por lo tanto, tener más conocimiento, implica mayor responsabilidad, pero siempre será muy grato poder refrescar nuestros espíritus con la fragancia de Su presencia. Mientras más tiempo pasamos junto al Señor, más nos impregnaremos de Su santidad.

Que el resultado de esa dulce comunión con nuestro Amado, tenga el mismo efecto que tuvo en Moisés, cuando pasó tiempo en Su presencia recibiendo esa Palabra preciosa que tanto bien nos hace. Dice la Biblia que el rostro de Moisés resplandecía, porque la cercanía con ese Dios Santo y Glorioso, se impregnó hasta en su piel y todos podían ver a través de él, algo de esa revelación celestial.

Señor, quisiera poder brillar en tus manos, como una de esas luminarias que has puesto en el cielo infinito y embellece hasta la oscuridad más densa. De igual modo deseo poder irradiar algo de tu luz divina, en medio de las tinieblas de este mundo; porque Tú has transformado a cada hijo Tuyo, en hijo de la luz.

Sumamente pura es tu Palabra, y la aman los Tuyos. Por medio de ella nos has santificado y purificado en el lavamiento del agua por la Palabra, porque lámpara es a mis pies tu Palabra, y lumbrera a mi camino.

¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos! Si los enumero, se multiplican más que la arena; despierto, y aún estoy contigo. Señor tu presencia me inunda de un gozo indecible y quisiera que estos momentos contigo y tu Palabra, fueran perpetuados por toda una eternidad. Amén.

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