Tal como lo oí lo cuento
















N° 78

Por Jack Fleming

Translate this page Nº 78.- "Just as I heard it, I tell you"


Santiago 3 :2-11 "Porque todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo. He aquí nosotros ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, y dirigimos así todo su cuerpo. Mirad también las naves; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere. Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno. Porque toda naturaleza de bestias, y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la naturaleza humana; pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así. ¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga?".

Toda agrupación humana que encontramos dentro de la sociedad, es fuertemente influenciada por la forma que nos comunicamos. Esto se aprecia en todos los estratos sociales y en las más diversas actividades, pero naturalmente que en esta oportunidad me voy a referir en forma particular a la iglesia local.

Cuan importante es cuidar nuestras palabras, porque una vez que han salido de nuestra boca, no las podemos volver a recoger. Lo más que alcanzaremos a enmendar, si Dios nos ha provisto de un corazón humilde, es pedir disculpas por el daño que pudimos provocar, pero las heridas, aunque el Señor en Su misericordia puede aplicar de su aceite balsámico para suavizarlas y curarlas, dejarán perpetuamente sus cicatrices.

El mayor daño que he podido constatar dentro de las iglesias, durante mi larga vida de creyente que Dios me ha concedido aquí en la tierra, es el que ha provocado la murmuración y el chisme. Es como una gangrena que comienza a contaminar todo el cuerpo, que transforma ese organismo hermoso que Dios creó, en algo mal oliente y repulsivo.

El poder de la palabra es tan intenso y activo, que para que tengamos una dimensión más profunda de ella, la Biblia nos asegura que Dios creó los cielos y la tierra por medio del poder de Su Palabra. Sl. 33:6 "Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos".

Pero también ese tremendo poder que tiene la palabra puede transformarse en algo muy dañino, de ahí que también nos advierte. 2Tim. 2:16 "Mas evita profanas y vanas palabrerías, porque conducirán más y más a la impiedad. Y su palabra carcomerá como gangrena". 1Cor. 15:33 "No erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres". 1Tim. 5:13 "Y también aprenden a ser ociosas, andando de casa en casa; y no solamente ociosas, sino también chismosas y entremetidas, hablando lo que no debieran".

En nuestro pasaje de Stgo. 3 nos advierte sobre ese pequeño miembro que puede provocar tanto daño: "Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno".

Con cuanta sabiduría el Señor nos advierte en la Biblia sobre la fuerza que tiene la palabra que brota de nuestra boca, que la compara con la de un timón, que aún siendo tan pequeño, puede llevar por un rumbo definido y hacer girar a un enorme barco en un momento determinado. De igual manera sucede con nuestras palabras que fueron dichas sin meditar ni consultar con el Señor, ellas pueden cambiar completamente el rumbo de nuestras vidas.

"Mirad también las naves; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere. Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas".

Cuan importante es que el hijo de Dios se exprese siempre con la verdad. El salmista dice: (Sl. 119:29-30) "Aparta de mí el camino de la mentira, Y en tu misericordia concédeme tu ley. Escogí el camino de la verdad".

Por cierto que el camino de la verdad es la mejor elección para el creyente que dice caminar junto a Aquel que afirmó ser "el Camino y la Verdad". Pero decir una verdad implica mucho más que repetir las mismas palabras que ha escuchado. Y antes de transitar por ese camino de la verdad, lo primero que debe preguntarse el hijo de Dios que es dirigido por el Espíritu Santo, es si esa "verdad" que ha escuchado es necesario repetirla.

Una muy buena pregunta que deberíamos hacernos cada vez que enfrentemos esa interrogante, es pensar y analizar si el Señor estuviera en nuestra situación ¿revelaría esa verdad a otros? Una vez que hallamos recibido la confirmación del Espíritu Santo en nuestros corazones, tan sólo entonces deberíamos dar ese paso.

De ninguna manera estoy avalando la falta de honestidad para ocultar cosas que pudieran ser piedra de tropiezo para la iglesia o el comienzo de un chisme o murmuración. Y que algunos con cara de superioridad espiritual reclamarán que no deben ser tratadas en público, porque afectará y escandalizará a los hermanos más "pequeños".

Estos son los mismos fariseos que si hubieran estado presente en los días del ministerio terrenal del Señor, levantándose lo más alto que pudieran sobre las puntas de sus pies y colocando su mejor cara de espiritualidad, hubieran reprendido al Señor por coger el látigo y expulsar a los comerciantes que habían transformado la casa de Dios en cueva de ladrones, o cuando el Señor reprendió públicamente a los líderes religiosos por su hipocresía y los llamó: "Sepulcros blanqueados, generación de víboras", le hubieran dicho: "Señor, ¿no tienes tú cuidado por los hermanos más débiles? ¿Por aquellos que no son tan espirituales como nosotros?".

Porque con esos argumentos carnales se han tolerado muchas cosas en las iglesias del día de hoy. Hemos de ser intolerantes con el pecado, pero sin apartarnos de la verdad, y en este punto es donde debemos tener mucho cuidado de decir esa verdad tal como la hemos oído. Se ha dicho, y con mucha propiedad, que una verdad a medias es una mentira completa.

El don de la comunicación en el ser humano es muy complejo, no está compuesto únicamente de palabras frías, sino que está cargado de emociones que transmitimos a través de nuestra expresión corporal y de la entonación y énfasis que le damos a esas palabras.

Cuán fácil resulta repetir las mismas palabras, pero si le damos una interpretación emocional diferente al que escuchamos originalmente, se transformará inmediatamente en una mentira completa. Pero argumentará el mentiroso ¡Pero si eso es lo que escuché! Aunque sabe en su corazón que ha alterado el sentimiento con el cual fueron dichas y ha cometido un asesinato a la verdad. Y una nueva víctima ha quedado tendida en este desdichado camino de la mentira.

La comunicación escrita es una gran ventaja que tiene el hombre sobre todas las otras criaturas de Dios, pero tiene las limitaciones inconfundibles de todo aquello que lleva el sello de lo humano, de aquello que el hombre ha inventado copiando lo divino; que no puede expresar esos sentimientos y emociones que el hombre transmite a través de la palabra hablada mirándose a la cara, porque el rostro humano es muy expresivo.

Me contaba mi hijo, que en la empresa donde él trabajaba, todos los ingenieros (14 que él tenía a cargo) se comunicaban únicamente desde sus propias oficinas por medio de memorándums que se enviaban a través de Internet. Pero se creó tal conflicto por malas interpretaciones de palabras, que unos decían que se las habían dicho de mal modo y los otros afirmaban que jamás habían tenido esa intención, que tuvo que prohibir los "memos" y establecer una reunión a la semana con todos ellos para tratar los temas escuchando directamente las palabras y mirándose las caras, y así se terminaron los embrollos.

Tal como lo oí lo cuento. Para no faltar a la verdad, debemos añadir todos los ingredientes que envolvieron las palabras que estamos transmitiendo, especialmente si es un tema delicado. Mucho daño se ha provocado sobre el testimonio de una persona, y muchas iglesias han sido contaminadas con el "virus" de la murmuración y el chisme, por faltar a esa ética cristiana que debería caracterizar al hijo de Dios.

Que el Señor nos libre de este mal, porque si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo. Y el Señor nos pone ese ejemplo de cómo controlamos un caballo poniendo el freno en su boca, y de esta forma dirigimos toda esa tremenda fuerza de ese poderoso animal.

Si alguno no ha sabido frenar su boca, el mal que ha provocado es irreparable, porque las heridas podrán cerrarse, pero las cicatrices perdurarán. Lo que hemos de hacer en esos momentos amargos, es pedir al Señor que nos dé las fuerzas necesarias para doblegar nuestro orgullo y pedir perdón por nuestra falta.

Si el daño que provocamos fue en privado, debemos de arreglar cuentas personalmente con la persona afectada, pero si ha sido algo que llegó al dominio público, será indispensable realizar la reparación en forma pública, ante todos aquellos que se enteraron de una u otra manera de nuestros dichos.

Que el Señor nos mantenga firmes en Su verdad (y no en la nuestra), para que "nos confirme en toda buena palabra y obra" (2Ts. 2: 17). Ninguna obra que realicemos, si no va acompañada de un testimonio fiel a la verdad, perdurará, finalmente será paja que se quemará en el Tribunal de Cristo.

¡Oh, Santo Espíritu de Dios! Concédenos de tu gracia divina, para que "ninguna palabra corrompida salga de nuestra boca" (Ef. 4: 29). Amén, sí Señor.

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