A solas con Cristo









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N° 72

Por Jack Fleming

Translate this page Nº 72.- "Alone with Christ"


Sl. 46:10 “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios”.

Cuan hermoso ha sido subir a la cumbre del Gólgota y contemplar esa expresión de amor infinito, donde la justicia de Dios descendió desde lo alto y se extendió en misericordia a favor del mortal, formando esa cruz que brillará por toda una eternidad.

Allí está nuestro refugio, cual el seno materno que entrega seguridad y protección al infante antes de entrar a este mundo. Pero cuando ya hemos visto la luz y comenzado a caminar, ahora queremos trepar al monte donde está Su templo y admirar Su gloria.

Moisés fue un siervo que pudo contemplar Su poder. En el Sinaí la tierra tembló y el clamor del trueno le hizo estremecer en un temor reverente que le consumía. Pero pasada esa experiencia sublime, quiso remontarse a nuevas alturas, donde pudiera vislumbrar Su gloria. Y clamó al Señor:

Ex. 33:15-18 “Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí. ¿Y en qué se conocerá aquí que he hallado gracia en tus ojos, yo y tu pueblo, sino en que tú andes con nosotros, y que yo y tu pueblo seamos apartados de todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra? Y Jehová dijo a Moisés: También haré esto que has dicho, por cuanto has hallado gracia en mis ojos, y te he conocido por tu nombre. El entonces dijo: Te ruego que me muestres tu gloria”.

Podremos haber nacido de nuevo hace largo tiempo, incluso en nuestro peregrinar en medio de este desierto habernos regocijado diariamente con el maná que nos ha regalado, disfrutar de su cuidado amoroso que nos ha entregado abrigo y luz en medio de las tinieblas. Pero ahora que ya hemos crecido, queremos más: “Te ruego que me muestres tu gloria”.

Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Y ese anhelo profundo de mi alma no te ha sido extraño, porque en medio de toda la agitada vida que llevamos tus hijos en este mundo, llega hasta nuestros oídos tu voz como un silbo apacible que nos dice: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios”.

Cuan importante es para el creyente que ama a su Señor, detenerse, estar quieto y contemplar a su Amado. Cuando pareciera que la corriente de este mundo nos arrastra sin piedad y sentimos hundirnos en cieno profundo, donde no podemos hacer pie y abismos de aguas nos anegan. Hasta allí llega la voz del Altísimo que desgaja las encinas y desnuda los bosques, el que sosiega el estruendo de los mares y el alboroto de las naciones.

Es entonces que Su presencia se hace tan real, que sentimos esa mano amorosa que nos levanta y todo se transforma en un valle que se cubre de grano y hermosas flores que dan voces de júbilo y aun cantan. Mi Amado descendió a su huerto, a las eras de las especias, para apacentar en los huertos, y para recoger los lirios. Bajo la sombra del deseado me senté, y su fruto fue dulce a mi paladar.

Todo lo creado parece desvanecerse, incluso los problemas y angustias que nos consumían, como se derrite la cera delante del fuego, así desaparecen para quedar a solas con Cristo.

Su presencia es tan sublime y gloriosa, que todo lo demás se difuma, solamente le podemos ver a Él. Y es entonces que somos transportados a una dimensión superior, donde está Su gloria impregnada del más exquisito aroma celestial.

Cuanta necesidad tenemos de estar a solas con nuestro Amado. Contemplarle y regocijarnos en una comunión íntima, santa y dulce como la miel que destila del panal. Allí podemos impregnarnos de ese aroma de santidad que emana de la mirra y áloes que solamente se encuentran en Su persona.

Muchos son los que se encuentran afanados en diversas tareas, incluyendo las de servicio en la iglesia. Pero escuchemos la tierna voz del Señor que dice: “Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada”.

La buena parte, la mejor, aquella que jamás nos será quitada, no se encuentra ni en el púlpito, ni en el coro, o la cocina u otro servicio para el Señor. La buena parte es la que escogió María, a los pies en adoración junto al Señor, desconectados de toda palabra humana, ruido, música, saltos, gritos y algarabía carnal, para entrar a esa dimensión profunda y espiritual que le agrada al Señor.

Jn. 4:23-24 “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren”.

Anhela mi alma y aun ardientemente desea la fragancia de tu presencia Señor. Quiero impregnarme de tu aroma delicado y saciar mi sed de amor santo, beber de cada palabra que sale de tus labios benditos. El mundo es para mi un torbellino que se agita como un huracán embravecido sobre las olas del mar, pero Tú tienes dominio sobre su braveza; cuando se levantan sus olas, tú las sosiegas.

Cuando tus discípulos creían perecer en medio de la tormenta, hasta allí llegaste Tú andando sobre el mar, y con voz tierna les dijiste: “Tened ánimo; yo soy, no temáis”. Y ordenaste al viento y al mar calmar su ira.

Tuyos son los cielos, tuya también la tierra; El mundo y su plenitud, tú lo fundaste; así que puedo descansar quietamente y muy seguro sobre la Roca que es mi Amado.

Muchas veces me siento desfallecer bajo el calor implacable del sol, que con sus ardientes rayos parece quemar mi ser que débilmente transita por el desierto árido de este mundo. Pero allí también estás Tú, que te presentas en medio de la sequedad para ofrecerme la frescura del oasis en el cual puedo beber de esas aguas refrescantes que brotan de tus labios benditos. Y reanudar mis fuerzas bajo la sombra del Altísimo, para continuar mi camino hasta llegar un día a esa ciudad celestial que Tú me has prometido.

Te alabaré, oh Señor, con todo mi corazón, y glorificaré tu nombre para siempre. El hombre necio no sabe, y el insensato no entiende esto. El que hizo el oído, ¿no oirá? El que formó el ojo, ¿no verá? Te alabaré; Dios mío, te exaltaré. Te has vestido de gloria y de magnificencia. El que se cubre de luz como de vestidura, que extiende los cielos como una cortina, el que pone las nubes por su carroza, el que anda sobre las alas del viento; vuelve el desierto en estanques de aguas, y la tierra seca en manantiales.

Cuando paso estos momentos a solas contigo, es que comprendo el verdadero alcance de tu Palabra cuando dice: (Ef. 2:6) “juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús”. Es una promesa para el tiempo presente, no solamente para cuando lleguemos a esas moradas celestiales; porque afirmas que ahora, ya estamos sentados contigo. Y esto es lo que mi alma anhela ardientemente, poder sentarme como María a tus pies para disfrutar de estos momentos a solas contigo.

Poder remontarme a las alturas de tu santidad, porque Tú habitas en la altura de la santidad. A esos montes celestiales quiero llegar, como Pedro, Jacobo y Juan, que vieron en aquel monte resplandecer tu rostro como el sol, y tus vestiduras se hicieron blancas como la luz. A ti alcé mis ojos, a ti que habitas en los cielos.

¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos! Si los enumero, se multiplican más que la arena; despierto, y aún estoy contigo. Señor tu presencia me inunda de un gozo indecible y quisiera que estos momentos a solas contigo, fueran perpetuados por toda una eternidad.

El hombre que no te conoce pretende llegar a ti como los insensatos de Babel, por sus propios méritos y esfuerzos humanos. Si mirares a los pecados, ¿Quién, oh Señor, podrá mantenerse? Por eso resueltamente acepto tu invitación de acercarme al trono de tu gracia, por medio de la escalera de Jacob que Tú has provisto a través de la cruz.

Cómo quisiera, al igual que Pedro, hacer tienda junto a ti y permanecer eternamente en este monte de la gloria tuya. Pero entiendo que ese deseo y anhelo profundo de mi alma, será cumplido en esa eternidad que se acerca; mientras tanto, debo descender donde están los inconversos y hablarles de tu gloria, santidad y misericordia infinita.

Pronto, muy pronto alumbrará el alba de aquel día donde no tendré que dejar jamás estos momentos a solas contigo, porque la eternidad, donde el tiempo no será más, allí podré disfrutar para siempre de tu presencia, porque yo mismo habré de recibir un cuerpo de gloria semejante al tuyo. Amén, sí Señor.

Por el momento, mi alma se regocija en estos manantiales de aguas dulces y refrescantes que me has preparado mientras transito por este desierto. Gracias Señor porque puedo recostarme en tus brazos y descansar bajo tu sombra y gozarme en tu amor eterno. Sé para mí una Roca de refugio, adonde recurra yo continuamente, Amén.

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