La santidad















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N° 71

Por Jack Fleming

Sl .29:2 “Adorad al Señor en la hermosura de la santidad”.

La santidad es el don divino que hermosea toda Su Persona y cubre sus atributos célicos. Sin esa envoltura inmaculada, cada uno de sus otros atributos carecería de gracia y hermosura.

La santidad le pertenece intrínsecamente a Él porque es la esencia divina de Su ser. Fuera de Él no existe santidad, las cosas, y aun las personas pueden llegar a ser santos, tan sólo por Su presencia divina.

A Moisés le dijo: (Ex. 3:5) “No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es”. Ese lugar había llegado a ser santo, por la presencia del Altísimo que se había manifestado en ese lugar.

Todos los creyentes que hemos nacido de nuevo y somos hijos de Dios, ahora somos santos, porque hemos pasado a ser templos del Espíritu Santo, cuando vino a morar en nosotros el día que recibimos al Señor Jesucristo como a nuestro Salvador personal. 1Cor. 6:19 “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?”.

Por este motivo la Palabra de Dios califica y considera a TODOS los creyentes en Cristo, de santos: Rm. 15:25 “Mas ahora voy a Jerusalén para ministrar a los santos”. Ef. 1:1 “Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, a los santos y fieles en Cristo Jesús que están en Efeso”. Col. 1:2 “a los santos y fieles hermanos en Cristo que están en Colosas” Jud 1:1-3 “Judas, siervo de Jesucristo, y hermano de Jacobo, a los llamados, santificados en Dios Padre, y guardados en Jesucristo. Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos”.

Lejos de ser un título otorgado por hombres que han usurpado el derecho único y exclusivo de Dios de nombrar a sus santos, es una bendición que el Señor ha otorgado a TODOS y cada uno de sus hijos: “Santificados en Dios Padre”. Todo aquel que ha nacido de nuevo y ahora posee la seguridad de su salvación eterna, ha sido constituido por Dios (no por hombres), en santo. Esa es la enseñanza de las Sagradas Escrituras.

Pero es una santidad transferida por el Todopoderoso, que emana de Su persona, y no en base a los meritos y propiedades del individuo que Dios considera ahora “santo”. Porque de lo contrario, nadie podría ser santo. Is. 61:10 “En gran manera me gozaré en Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia, como a novio me atavió, y como a novia adornada con sus joyas”. Zac. 3:4 “Y mandó a los que estaban delante de él, diciendo: Quitadle esas vestiduras viles. Y a él le dijo: Mira que he quitado de ti tu pecado, y te he hecho vestir de ropas de gala”.

El Señor ha quitado en cada creyente, en el momento mismo de nuestra conversión, nuestras vestiduras viles y nos ha vestido de ropas de gala, en las cuales no existe “mancha ni arruga”. Ef. 5:27 “a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha”. Porque de lo contrario nadie podría entrar a Su presencia.

El Dios de la Gloria nos ve santos, sin mancha ni arruga, porque nos ve a través del manto de justicia y santidad con el cual nos ha cubierto el Señor Jesucristo, por medio de la eficacia de esa sangre preciosa que Él derramó en la cruz del Calvario, para lavarnos de nuestros pecados y satisfacer las demandas de la justicia divina.

Pero de ninguna manera significa que cada uno de nosotros, los que constituimos esa iglesia amada que no tiene mancha ni arruga, seamos intrínsecamente sin pecado, porque eso es imposible en nuestro presente cuerpo donde aún mora el pecado.

Hay quienes yerran por desconocer las Sagradas Escrituras y su propia naturaleza humana, en la cual continúa morando el pecado. Y enseñan con mucha pedantería y jactancia humana, que solamente ellos, los que están sin pecado, sin mancha ni arruga, serán los que se irán con el Señor cuando Él venga a buscar Su iglesia, y los demás, que no cumplan con esos requisitos, serán dejados atrás para pasar por la Gran Tribulación.

Si las cosas fueran como estos individuos enseñan, ni ellos mismos serían incluidos en el número de salvados que vendrá a buscar el Señor cuando se lleve Su esposa, la iglesia, porque no existe NADIE que alcance ese nivel de santidad y perfección en su propia vida individual. Además pareciera que ignoran que somos salvos por gracia, no por obras. Tito 3:5 “nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia”. La salvación es un regalo, no un premio.

Mientras más conocemos al Señor y más cerca estamos de su luz admirable, es cuando podemos ver con mayor nitidez Su Santidad, y nuestra pequeñez brilla con más intensidad para mostrarnos nuestros pecados y falta de competencia para estar en Su presencia, y formar parte de esa iglesia amada que Él vendrá a buscar. Por el contrario, cuando nos revestimos de nuestra propia justicia farisaica, es que nos consideramos acreedores a esa bendición en méritos que “creemos” ver en nuestras propias vidas de “puros, sin mancha ni arruga”. Es decir, que cuando más conocemos y cerca estamos del Señor, es cuando Su Luz nos revela toda nuestra falta de méritos. Eso lo podemos ver en todos los hombres de vida santa y consagrada que nos revela la Biblia:

Pablo: Rm. 7:14-24 “Yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí”. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?”. Ese grito de angustia del apóstol que brota de lo más profundo de su corazón que conoce a ese Dios Santo, le hace prorrumpir en una alabanza que es la única respuesta a nuestra condición de pecadores: Rm. 7:25 “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro”.

El que se cree inmaculado, puro y sin mancha ni arruga en su propia naturaleza que le permita estar por esa condición propia en Su presencia, es una persona que no ha conocido al Dios de la Biblia. Porque Dios dice a los que ahora somos hijos de Dios: 1Jn. 3:1 “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios”. A nosotros, los que constituimos Su iglesia, Su esposa amada, nos dice: 1Jn.3:2 “ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él”.

Los que se consideran puros y sin mancha en sus propios méritos, por decir lo menos, están considerándose más santos y limpios que el apóstol Pablo (quien confiesa que el pecado continúa morando en él) y están haciendo a Dios mentiroso, porque el veredicto divino, incluso para quienes “ahora somos hijos de Dios” es uno sólo: 1Jn 1:8 “Si decimos (los hijos de Dios) que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros”.

No existe nadie que no peque, incluyendo a los creyentes Rm. 3:10-12 “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno”. Incluso aquellos que se creen puros y sin mancha, pecan cada día, con sus actos, pensamientos, miradas, oídos, ojos, y con esa afirmación arrogante de que ellos no pecan, porque están haciendo a Dios mentiroso. Hemos leído en: 1Jn 1:8 “Si decimos (los hijos de Dios) que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros”.

Como lo ha expresado Pablo en su epístola a los Romanos, no hay persona que no peque, incluso él, porque el pecado continúa morando en el hijo de Dios. Dios nos ha perdonado judicialmente de la condenación de TODOS nuestros pecados, pero lamentablemente el pecado continúa morando en nosotros, como lo dijo el apóstol.

Las diferencias entre el pecador perdido y el pecador salvado son básicamente dos: El hijo de Dios continúa pecando, pero ahora el pecado le provoca posteriormente dolor; dolor que es producido por Espíritu Santo quien nos lleva al arrepentimiento, nos hace pedir perdón al Señor y de ese modo restablecemos la comunión con Dios y abandonamos ese pecado. La segunda diferencia es que el hijo de Dios “no practica” el pecado, es decir, no continúa indiferente y reiterativamente en el mismo pecado. Puede caer, pero no permanecer en esa condición. 1Jn. 3:8 “El que practica el pecado es del diablo”. No dice “el que peca” porque de lo contrario todos seríamos del diablo y no del Señor.

La santidad y justicia con la cual está cubierto el creyente, no es propia, no es de origen humana sino divina. Dios es quien nos reviste de justicia y santidad por medio de la sangre preciosa de Cristo y hoy nos ve a través de Él. Porque Él es santo, nosotros también lo somos, pero no por nuestra naturaleza, sino por Su cobertura.

La esposa de Cristo, desde el concepto divino y eterno, es actualmente santa y pura, porque Dios la ve a través de la santidad y pureza de Cristo. Pero toda su vestidura y el manto de justicia con el cual está cubierta, sus adornos nupciales y joyas preciosas que Dios contempla desde el cielo, son de origen divino, no humano. Y esto no significa de ninguna manera que en ella no exista el pecado, porque bien sabemos que lo primero que Dios hará cuando el Señor la lleve al cielo, será someterla ante el tribunal de Cristo, para que todas esas impurezas que hoy la acompañan sean quemadas.

2Cor. 5:10 “Porque es necesario que TODOS NOSOTROS comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo”. 1Co 3:12-15 “ Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego”.

La santidad es la esencia divina que envuelve con su aroma delicado todo lo que rodea. Es la luz refulgente que manifiesta Su presencia y revela quienes somos. Mientras mayor es nuestro grado de espiritualidad y consagración, más cerca estaremos de esa luz divina que expone y descubre en nuestras conciencias nuestra verdadera naturaleza, donde continúa morando el pecado; nuestros cuerpos de humillación en toda su fealdad.

Por el contrario, mientras menor sea nuestro grado de espiritualidad, más lejos estaremos de esa luz que todo lo revela, y como consecuencia de nuestra oscuridad e ignorancia en la que vivimos, más necios y arrogantes seremos para creernos puros, sin mancha ni arruga como resultado de “nuestra vida sin pecado”.

Es decir, a mayor santidad tendremos más conocimiento de nuestros pecados diarios. Y a menor santidad, más presunción, insolencia y altanería para creernos “sin pecado ni mancha ni arruga”. Esto es lo que vemos en un hombre de una vida tan santa y consagrada como el apóstol Pablo, que debido a que vivía continuamente muy cerca de esa luz, podía ver su propia condición de pecador donde se considera carnal y vendido al pecado, porque sabía muy bien que el pecado continuaba morando en él.

Que el Señor nos eleve cada día más hasta las alturas de Su santidad, y podamos gozarnos más de Su presencia divina. Descubrir bajo esa luz radiante nuestra propia naturaleza, para que aprendamos a agradecer con mayor intensidad ese favor inmerecido del que hemos sido objeto, porque aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él. Que así sea Señor, porque Tuya es toda la gloria y la honra por los siglos de los siglos, Amén.

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