Vida eterna


















N° 68

Por Jack Fleming

Translate this page Nº 68.- "Eternal life"


Jn. 10:28 Jesús dijo: “ yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano”.

Recibir un regalo, siempre produce gozo en el corazón humano. Es difícil poder imaginar el gozo y asombro que inundaría el corazón de Adán, cuando Dios proveyó para él todo lo maravilloso que adornó ese hermoso jardín del Edén. Fue un regalo excelente, porque no solamente satisfacía su vista, sino que además abundantemente sus necesidades.

Pero hoy quisiera hablar de un regalo de Dios que es muchísimo más glorioso que la creación misma, me refiero a la vida eterna que el Creador nos ha otorgado de pura gracia. Ef. 2:8 “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don (regalo) de Dios”.

La Biblia nos asegura que este regalo de Dios no es de origen humano, sino divino, porque en nuestra condición de receptores del “germen” del pecado, nos declara oficialmente muertos en delitos y pecados. Ef 2:1 “ Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados”. Lo que establece nuestra total incapacidad para tomar una iniciativa o participación en esa obra divina de nuestra salvación.

Pretender que el hombre hubiera podido realizar algo por sí mismo para salvarse, sería lo mismo que haber esperado que Lázaro, que llevaba cuatro días muerto, pudiera mover un dedo o elevar un grito de angustia para llamar la atención del Señor. Bien sabemos que fue necesario que el autor y consumador de la vida viniera a él, y con voz de mando, con llamamiento irrevocable (Rm.11:29), con la autoridad divina Suya le dijera: “Lázaro, ven fuera”. Y el que estuvo muerto vivió.

Si el hombre en sus pecados algo hace, es precisamente alejarse de la presencia de Dios, pretende en su necedad esconderse de la presencia del Santo, busca la oscuridad, porque la luz de la santidad de Dios le molesta. Eso fue lo que sucedió desde el mismo día que entró el pecado en el mundo.

Cuando Adán y Eva pecaron, fue necesario que Dios saliera en su busca. Ellos se confeccionaron delantales de hojas de higuera, pero aún así sabían que su obra no era suficiente e intentaron esconderse de la presencia del Creador. Pero hasta allí llegó el Señor y los llamó: Gen 3:9 “ Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú?”.

El hombre en su estado natural en el que nace en este mundo, no busca a Dios. Rom 3:11-12 “No hay quien entienda. No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno”. Jn. 6:44 “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día”.

Sin la intervención divina el hombre jamás podría ser salvo. Jn. 1:12-13 “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”. De la misma manera que en nuestro primer nacimiento no tuvimos ninguna participación ni voluntad propia, del mismo modo sucede en nuestro segundo nacimiento, porque no depende de voluntad de hombre sino de Dios, como lo afirma categóricamente este pasaje. Esta misma verdad expresa en Stgo.1: 18 “El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas”.

Esto es lo que establece en forma irrefutable que la salvación es un regalo de Dios y no un premio, más aún sabiendo que la salvación no es por obras que el hombre pueda realizar; incluso la fe que recibe el hijo de Dios, es un regalo Suyo (Ef. 2:8) “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don (regalo) de Dios”. Rm.12:3 “conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno”.

Este regalo divino de la salvación, por tener su origen y consumación en el Dios eterno y no contener ninguna contaminación o ingrediente humano, no podría ser de otra forma de como lo establece Su Palabra: “eterno”. Para siempre, inmortal, indestructible, inacabable, inmarcesible.

Por este motivo la Biblia habla de “vida eterna”. Jn. 3:36 “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”. Jn. 11:26 “Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?” Jn. 5:24 “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, TIENE vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”. Jn 6:47 “De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, TIENE vida eterna”, para siempre.

Cuando Dios ha declarado de una forma enfática y precisa que el que ha creído en Él TIENE vida eterna, es imposible confundirse e interpretar que es una vida por un mes o un año o hasta cuando vuelva a pecar. Porque a los tales les preguntaría: ¿Han pasado algún día de sus vidas que no hayan pecado con su mente o sus actos? El hombre en su mente contaminada por el pecado y desconociendo la Santidad de Dios, podrá creer que puede estar sin pecar, pero el Señor dice que sostener eso, es simplemente añadir un nuevo pecado a nuestra lista. 1Jn.1: 8 y 10 “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros”.

El ser humano nace con el pecado. Nadie tiene necesidad que le enseñen a pecar, y esto se aprecia fácilmente hasta en los infantes; sus tiernos corazones son egoístas y muy pronto manifiestan las propiedades del pecado que llevan en ellos. Desarrollan la habilidad para mentir, pelear y hacer muchas cosas que los padres deben ir frenando para que sus vidas puedan ser conducidas dentro de los parámetros aceptables de la sociedad.

El gran apóstol Pablo lo expresa muy bien, aún en su condición de salvado e hijo de Dios: Rom 7:18-23 “ yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros”.

Pero ese grito de humana desesperación por el pecado que continúa morando en el hijo de Dios, culmina con una alabanza de gratitud al que nos sostiene cada día: Rom 7:24-25 “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado”.

Ciertamente, solamente el Señor Jesucristo, quien comenzó en nosotros la buena obra, nos podrá sostener en Su mano poderosa para que permanezcamos junto a Él. La fuerza proviene de Dios y no del hombre, gracias sean dadas al Todopoderoso por esta misericordia inmutable. Como dice el salmista: Sl. 30:7 “Porque tú, Jehová, con tu favor me afirmaste como monte fuerte”.

A esto se refiere Filp. 1: 6 “estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”. Pero pareciera que algunos no están persuadidos de esto y creen que pueden perder su salvación, porque consideran erróneamente que la salvación depende de algo humano y no de Dios como asegura la Biblia.

En su pensamiento humano razonan que si fuera así, entonces tendríamos licencia para pecar deliberadamente cuantas veces queramos. Pero los que afirman tal cosa, simplemente muestran un desconocimiento absoluto de lo que es la gracia divina, porque nos ha transformado en un proceso irreversible, como la metamorfosis experimentada por el gusano que el Creador ha transformado en una hermosa mariposa, y que ahora en esa condición rechazara su nueva naturaleza para volver a arrastrase sobre el polvo de la tierra. Es imposible que aquel que se ha remontado a las alturas de Su santidad pudiera volver a ser gusano.

El Señor nos asegura que los suyos estamos en Su mano, desde donde nada ni nadie podrá sacarnos jamás, porque dependemos de la fuerza Suya y no de la nuestra. Además nos ha provisto de una nueva naturaleza, ya nunca más podríamos volver a ser gusanos. 2Co 5:17 “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.

La salvación no nos hace perfectos, pero sí, seguros en Su mano. Y el conocimiento de esta salvación eterna es esencial para nuestra salud espiritual, por este motivo Dios reitera esta verdad muchas veces en Su Palabra. 1Jn. 5:13 “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna”. Es lamentable que algunos, por descuidar el estudio de la Palabra del Señor, desconozcan esta doctrina fundamental de la salvación, pero Dios en Su misericordia la ha registrado en las Sagradas Escrituras para que sepamos que ahora tenemos salvación eterna.

Es muy difícil entender aún bajo la lógica más elemental a aquellos que sostienen que la salvación se puede perder, porque si así fuera, ya no sería eterna. En nuestro texto inicial dice el Señor: “ yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano”.

En este breve texto el Señor establece varias verdades.
Primero: La salvación la da únicamente Él, sin ayuda de ningún intermediario o corredentora. 1Ti 2:5 “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo”.

Segundo: La salvación es un regalo. Él la da, nadie la obtiene por méritos humanos, porque es de origen divina. Tit 3:5 “nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo”.

Tercero: Ese regalo es eterno, para siempre. El garante es nada menos que el propio Señor Jesucristo. Él asegura que ninguno de los suyos perecerá jamás, ni nadie lo podrá arrebatar de Su mano. Para que alguno que está en Su mano se pudiera perder, tendría que existir otro más poderoso que el Señor. Es verdad que Satanás anda como león rugiente buscando a quién devorar, pero jamás podrá arrebatar al Señor ningún hijo de Dios.

El creyente en su viaje a la ciudad celestial podrá tener momentos de flaquezas, pero siempre llegará hasta él el Todopoderoso para sostenerlo. Job 17:9 "No obstante, proseguirá el justo su camino”. Porque, Filp. 1: 6 “ el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”.

Esa doctrina espuria que sostienen algunos, que un creyente puede perder su salvación para posteriormente volver a salvarse, no existe en la Biblia. En ninguna parte de las Sagradas Escrituras encontramos que alguien pueda re-convertirse o re-renacer de nuevo.

Heb 6:4-6 “Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio”.

Si es imposible para los que fueron expuestos a la luz del evangelio y entendieron con gozo esta preciosa verdad y no se convirtieron de corazón, mayormente imposible es para un verdadero hijo de Dios que tiene la salvación eterna. Porque el inconverso que recibió esta luz y aun se gozó de ver los poderes del Espíritu Santo y no aceptó al Señor Jesucristo en su corazón, su destino eterno ha quedado sellado, la puerta de salvación se ha cerrado para él y no volverá a tener otra oportunidad para pisotear nuevamente la sangre de Jesucristo.

Aquí está hablando de los que fueron una vez iluminados, no de aquellos que fueron salvos un día, porque el que hoy es salvo, de acuerdo a la promesa del Señor, lo será para toda una eternidad, y el que hoy no es salvo, significa simplemente que nunca lo ha sido.

Existen quienes un día fueron “iluminados” con la refulgente luz del evangelio, expuestos a esa luz gloriosa de Cristo el Señor, hasta se regocijaron con las obras que el Espíritu Santo hacía en medio de ellos, pero al igual que las vírgenes insensatas, nunca fueron salvos. Incluso los hay quienes hasta ordenaron su casa como lo expone el Señor en Mt. 12:43

“Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo, y no lo halla. Entonces dice: Volveré a mi casa de donde salí; y cuando llega, la halla desocupada, barrida y adornada. Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero”.

En este caso que menciona el Señor, también se aprecia que se trata de una persona que solamente fue “iluminada” con la luz de la verdad, pero que nunca fue salva. Porque indudablemente se gozó con las maravillas que el Espíritu Santo hacía entre los verdaderos creyentes, y en su entusiasmo humano ordenó su casa (su vida) en sus propias fuerzas, no fue una obra del Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo no vino a morar en él como es la promesa del Señor con todo aquel que se arrepiente de corazón. Stgo. 4:5 “ ¿O pensáis que la Escritura dice en vano: El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente?” 1Cor. 3:16 “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?”.

Esto se aprecia en el relato del Señor Jesucristo cuando señala que volvió el espíritu inmundo a él, la halló barrida y ordenada, pero vacía. Por este motivo no solamente pudo entrar en él, sino además traer otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero.

Se cumple lo que dice la Palabra del Señor: 2Pd. 2:22 “les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno”. Nunca fueron ovejas del Señor, solamente realizaron humanamente un cambio cosmético por fuera, nunca consistió en una obra del Espíritu Santo donde Él le otorga la salvación eterna y un cambio verdadero, profundo y permanente en sus corazones. Porque cuando es obra de Dios, se realiza una metamorfosis irreversible, donde jamás una oveja puede reaccionar como un perro o un cerdo, lo santo no se mezcla con lo inmundo. El hombre podrá lavar muy bien a un perro o un cerdo, pero éste siempre volverá a su hábitat natural que le corresponde, solamente Dios lo puede transformar y cambiar para siempre.

Si hoy está en la mano del Señor, tenga la plena seguridad que TIENE la salvación eterna, vida para siempre junto al que pagó el precio de todos nuestros pecados, los que abarcan desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte. Cuando Él nos escogió para salvación (2Ts. 2:13 debemos dar siempre gracias a Dios, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación”. Ef. 1:4 “según nos escogió en él antes de la fundación del mundo), el Dios Omnisciente conoció todos nuestros pecados que habríamos de cometer aquí en la tierra, y aún así nos amó y nos escogió para salvación. No existe una misericordia y amor más profundo e infinito que el Suyo.

Regocijaos en el Señor siempre, porque mientras dure esta travesía terrenal, Él nunca nos abandonará. Si nos faltaran las fuerzas, tenga la plena seguridad que el que comenzó en nosotros esta obra, permanecerá a nuestro lado y nos sostendrá hasta llegar a la ciudad celestial. Al igual que el niño que camina tomado de la mano de su padre, permanece junto a su progenitor no por sus propias fuerzas, sino por la fuerza superior de su padre; de igual manera lo hacemos nosotros con nuestro Padre celestial en la mano del Señor.

Rom 8:38-39 “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.

Dios ha escrito esta verdad en Su Palabra, porque quiere que sepamos que somos salvos eternamente, que tenemos vida eterna y que jamás ninguno de los suyos podrá llegar al infierno, sino que su meta final será las moradas celestiales que Él fue a prepararnos. Y este conocimiento Dios lo ha estimado necesario para que aún el más débil recobre nuevas fuerzas para seguir adelante, hasta llegar a nuestra meta final.

Gracias Señor del cielo y de la tierra por este regalo glorioso que cada día nos otorga nuevas energías y nos fortalece en nuestras debilidades, el conocimiento pleno y garantizado que estamos en la mano del Señor, desde donde ninguno podrá perecer jamás, ni nadie nos arrebatará desde ese lugar de seguridad eterna. Con toda justicia Tú eres la Roca de los siglos. Amén.

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