Piadoso, pero sin la salvación














N° 67

Por Jack Fleming

Hch. 10:1-34 “Había en Cesarea un hombre llamado Cornelio, centurión de la compañía llamada la Italiana, piadoso y temeroso de Dios con toda su casa, y que hacía muchas limosnas al pueblo, y oraba a Dios siempre.
(Dios envió a Pedro)
Al otro día entraron en Cesarea. Y Cornelio los estaba esperando, habiendo convocado a sus parientes y amigos más íntimos. Cuando Pedro entró, salió Cornelio a recibirle, y postrándose a sus pies, adoró. Mas Pedro le levantó, diciendo: Levántate, pues yo mismo también soy hombre. Y hablando con él, entró, y halló a muchos que se habían reunido. Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas”.

Cuan hermoso es el testimonio y estilo de vida de este piadoso hombre de Dios, más aún conociéndose que era un soldado de jerarquía del ejército dominante que oprimía a Israel. Bien sabemos que el poder absoluto corrompe absolutamente, y que un hombre como él tendría mucho poder en sus manos, especialmente sobre la nación sometida al poder de las armas de Roma. Pero Cornelio era un hombre temeroso de Dios y tenía muy buen testimonio en toda la nación de Israel, ayudaba al pueblo escogido del Señor y oraba siempre.

Con un testimonio como ese en el día de hoy, muchos serían los que se apresurarían en asegurar que indiscutiblemente era un hijo de Dios, un hombre que gozaba de la salvación que el Señor otorga a todos los suyos. Pero vemos por el relato bíblico que eso no era así, motivo por el cual Dios tuvo que enviar a Pedro a su casa para que le predicara el evangelio y le mostrara el único camino de salvación que existe, Cristo Jesús.

Cornelio era un hombre temeroso del Señor, persona de mucha oración y de una enorme sinceridad, pero la lección que nos deja Dios en este relato bíblico, es que se puede poseer todo eso: Sinceridad, piedad, ser de mucha oración y tener buenas obras, pero aún así no ser del Señor. Porque el único medio, el único camino que Dios ha provisto al hombre para obtener la salvación es la cruz de Cristo.

Nadie es salvo por su sinceridad o por sus buenas obras, porque de lo contrario en vano vino Cristo, debido a que todo eso existía también antes de Su sacrificio en la cruz del Calvario. Alguien puede ser muy sincero, pero estar sinceramente equivocado y será sinceramente condenado.

El Señor Jesucristo vino como único recurso expiatorio para darnos la salvación. Cornelio era un hombre bueno y justo, pero según la medida humana, porque de acuerdo a la infinita Justicia y Santidad de Dios: (Rm. 3:10-12) “No hay justo, ni aun uno; todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno”.

En este relato que nos ha dejado Dios para nuestra enseñanza, podemos apreciar que pese a toda su sinceridad y bondad indiscutible que poseía Cornelio, aún su corazón no había sido regenerado ni recibido la claridad que posee el verdadero hijo de Dios, que solamente se puede adorar a la divinidad, porque cuando vio a Pedro, se postró a sus pies y lo quiso adorar.

Pero también se destaca la calidad moral de Pedro al impedir que alguien se inclinara ante su persona, actitud que se contradice profundamente con aquellos que se autodenominan “sucesores” del apóstol y se han autoproclamado “infalibles”.

No existe ninguna duda que Cornelio también poseía una gran cantidad de fe, razón por la cual fue obediente al mandato divino, porque hizo venir a Pedro para que le entregara el mensaje de salvación.

Esto establece otro principio bíblico que no debemos olvidar, que no importa toda la cantidad de fe que poseamos, si no está bien depositada, de nada sirve. Los monjes del Tibet, y muchos otros religiosos que brillan por su fe, pueden poseer una enorme cantidad de fe que los ha hecho ganar la admiración de muchos, pero si no está depositada en la única fuente de poder que les puede salvar, de nada les sirve.

No importa la cantidad de fe que tengamos, sino en quién la hemos depositado es lo que Dios considera. Solamente la fe puesta en el único Salvador que Dios ha provisto, sin la intervención de ninguna corredentora o ingrediente adicional, es la que puede salvar.

El ecumenismo que inventaron los romanistas, que se basa en el principio filosófico de que se puede ofender a Dios pero no a los hombres; ellos sostienen que al igual que en antaño, todos los caminos llegaban a Roma y ahora al cielo; intentan explicar ese postulado religioso que se contradice abiertamente con lo que Dios ha revelado en Su Palabra, diciendo que es igual que una gran pirámide, donde diferentes religiones escalan por distintos lados, pero finalmente todos llegarán a la cima.

La fe que Dios considera para nuestra salvación es la que actúa de acuerdo a Su Palabra. Dijo el Señor Jesucristo: (Jn 7:38) “El que cree en mí, como dice la Escritura”. Esa es la única fe que puede salvar al hombre y otorgarle la vida eterna: “Creer en el Señor Jesucristo, como dice la Biblia”.

Y la Palabra de Dios afirma que existe un solo Salvador: Lc 1:69 “Y nos levantó un poderoso Salvador en la casa de David su siervo”. Hch. 5:30-31 “El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándole en un madero. A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador”. Ef 5:23 “Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador”.

La Biblia define a Jesús como nuestro gran Dios y Salvador. Tit. 2:13 “aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo”.

Tan única y exclusiva es Su obra, que los primeros discípulos se referían a Él como “el Camino” (Hch.24:14) y nuestras traducciones modernas tuvieron que escribir “Camino” con mayúscula, porque se refiere a la divinidad, a Cristo. Porque fue Él quien dijo: Jn. 14:6 “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”.

Él es el único Camino, no existen rutas alternativas, por esta razón dice: el camino, y no “un camino”, negando toda posibilidad que exista otro camino. De igualmente manera la Biblia resalta esta exclusividad de Cristo al señalar que Él es la puerta. Jn. 10:9 “Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo”.

Jesús es el único Salvador, porque Él fue quien murió en la cruz por nuestros pecados, para satisfacer las demandas de la Justicia divina que exige la muerte del que peca. Rm 6:23 “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”.

El Señor Jesucristo satisfizo todas las demandas de esa Santidad y Justicia de Dios que nos condenaba. Su obra fue completa y perfecta, no existe absolutamente nada que se deba o pueda añadir, porque es una obra divina acabada en toda su perfección. Su grito de triunfo y victoria desde la cruz fue: (Jn. 19:30) “Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu”.

Existen quienes pretenden dividir la fe del cristiano, diciendo: Yo creo también en Pedro, otros en Pablo y otros en María. A los tales dice Dios en Su Palabra: (1Co 1:12-13) “Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Pedro; y yo de Cristo.¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros?”.

La iglesia es del Señor, Hch.20:28 “la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre”. 1Co 7:23 “Por precio fuisteis comprados”. Y ese precio lo pagó Cristo, sin la ayuda o participación de ninguna de sus criaturas. No existe corredentora ni ser creado que tenga derecho a eclipsar esa gloria que le pertenece exclusivamente al Señor.

Nadie es salvo por sus obras:(2Tm. 1:9) “quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos”. Ef. 2:8-9 “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”.

Las obras que realizó Cornelio fueron muy loables, pero ninguna de ellas le hizo salvo, sino únicamente la fe que depositó en el Salvador que le mostró el apóstol.

Lo mismo vemos en la vida del apóstol Pablo, Filp. 3:4-8 “Aunque yo tengo también de qué confiar en la carne. Si alguno piensa que tiene de qué confiar en la carne, yo más: circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible. Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo”.

Para aquellos que puedan estar pensando que las obras pudieron ser consideradas por Dios para llevarlo a los pies del Señor, debo esclarecer que Dios es muy preciso para señalar y quitar toda gloria que el hombre pretenda adueñarse indebidamente.

Un hombre consagrado y santificado como Pablo, tiene que decir: (Rm. 7:18) “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo”. Filp. 2:13 “porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad”.

La salvación es un regalo de Dios, no un premio. No lleva ningún ingrediente humano, por eso es eterna y perfecta. Jn. 6:44 “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere”. Jn. 1:12-13 “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de hombre, sino de Dios”.

Todo el brillante testimonio de Cornelio antes de conocer y aceptar en su corazón al Señor Jesucristo como su único Salvador personal, no son más que trapos de inmundicia, como los califica el apóstol Pablo en su exitosa vida religiosa antes de conocer al Señor Jesucristo.

Es el proceso de santificación que puede realizar exclusivamente Dios a través del lavamiento de la sangre de Jesucristo, cuando nos arrepentimos de nuestra condición de pecadores y caemos rendidos a Sus pies implorando el perdón divino, lo que nos hace salvos.

El sacerdote Josué también experimentó esta metamorfosis que solamente puede realizar el Creador. Zac. 3:3-4 “Y Josué estaba vestido de vestiduras viles, y estaba delante del ángel. Y habló el ángel, y mandó a los que estaban delante de él, diciendo: Quitadle esas vestiduras viles. Y a él le dijo: Mira que he quitado de ti tu pecado, y te he hecho vestir de ropas de gala”.

Isaias 61: 10 lo explica en una alabanza de gozo y gratitud: “En gran manera me gozaré en Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia, como a novio me atavió, y como a novia adornada con sus joyas”.

En el mundo se pueden encontrar filántropos y personas de muy buen testimonio, de vidas muy consagradas, y damos gracias a Dios por ellos, pero todo lo bueno que puedan realizar, si no han tenido un encuentro personal con Cristo, recibiéndolo en sus propios corazones como a su Salvador personal, nada podrá abrirles la puerta del cielo. Porque existe una sola puerta, y esa puerta es Cristo el Salvador.

¿Ha entrado Ud. por esa puerta? Si aún no lo ha hecho, hágalo hoy mismo, porque la venida del Señor está muy próxima, y cuando Él venga a buscar Su iglesia, cerrará la puerta de la salvación. Que el Espíritu Santo toque su corazón y pueda disfrutar de este don maravilloso de la salvación eterna que Dios ofrece gratuitamente por medio del Señor Jesucristo. Que así sea, Amén.

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