El amor del Padre


















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N° 62

Por Jack Fleming

Translate this page Nº 62.- "The love of the Father"


Lc.15: 11-24 “Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes. No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente.
Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle. Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos.
Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba. Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros. Y levantándose, vino a su padre.
Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó. Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse”.

Esta parábola es conocida como la parábola del hijo pródigo, pero ese nombre no me parece el más apropiado. Es verdad que las tres parábolas de este capítulo 15 se refieren a lo que estaba perdido (la oveja, la moneda y el hijo) y manifiesta de una forma muy evidente que su condición era de total incapacidad para ser encontrado por sí mismo.

La oveja es un animal muy manso y tierno, pero también es muy torpe e incapaz de encontrar su camino si se extravía, necesita la ayuda de alguien que acuda en su rescate, de lo contrario, permanecerá en el mismo lugar hasta que muera.

La moneda, naturalmente por ser un objeto inanimado, no tiene esperanza alguna de ser hallada si es que alguien no la busca con diligencia y la encuentra. De no ser así, permanecerá indefinidamente en su lugar, sepultada en el anonimato.

El hijo de nuestra parábola estaba en una situación semejante. La oveja estaba perdida sin posibilidad de salvarse, hasta que vino el pastor y la carga sobre sus hombros. La moneda estaba extraviada y fue necesario que la mujer la buscara diligentemente con una lámpara y barriera su casa hasta encontrarla.

Los tres estaban perdidos, sin esperaza, fue necesario que alguien saliera en su búsqueda. La parábola de nuestro pasaje consiste de un padre que tenía dos hijos, y lo que resalta con inusitado brillo, no es solamente la condición del hijo, sino el amor del padre. Porque la situación de este hijo era fácil de imaginar como terminaría, pero la actitud del padre es la que sorprende, por esta razón me gusta llamar a esta parábola: “El amor del Padre”.

Algunos creen ver en estos dos hijos, representados los ángeles en el hijo mayor, y a los hombres en el hijo menor. Se apoyan en que Job también llama a los ángeles “hijos de Dios”, y como ellos fueron creados antes que el hombre, piensan que esa es la lección de esta parábola.

Personalmente no creo que corresponda esa interpretación, debido a que cuando el hijo menor regresa, el mayor se enojó y se llenó de envidia. Y leemos en la Biblia que cuando un pecador se convierte, hay gozo en los ángeles del cielo.

Más bien creo que el hijo mayor representa la nación de Israel. Ellos fueron llamados primeramente, en Abraham, incluso en la iglesia misma ellos constituyeron la base, que sobre la Roca que es Cristo, se fueron añadiendo como piedras vivas para formar este edificio espiritual. El primer gentil lo hallamos recién en el capítulo 10 de los Hechos, y desde Cornelio en adelante se abrió esa puerta de salvación para los gentiles.

Por tanto considero lo más lógico comprender que los dos hijos representan a los judíos primeramente, y a los gentiles en su condición de hermano menor. Dios hizo de ambos pueblos uno sólo, Ef 2:14 “Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación”.

Los dos tienen un Padre común, Malq. 2:10 “¿No tenemos todos un mismo padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios?”. A esto se refirió el Señor cuando dijo a los judíos que (Jn 10:16) “También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor”.

El hijo mayor está representando a Israel cual pueblo escogido por Dios, y el menor a los escogidos de entre los gentiles, quienes fuimos integrados posteriormente al pacto eterno.

No olvidemos que estas tres parábolas fueron dichas en respuesta a la murmuración que iniciaron los fariseos y escribas, quienes acusaban al Señor de recibir y comer con los pecadores.

“El hijo menor dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde”. Qué atrevimiento e insolencia incurre el hombre cuando no conoce a Dios. Muchos en su arrogancia e ignorancia levantan voces contra el cielo diciendo: ¿Por qué Dios hace así y no de esta otra forma? Rm 9:20 “Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?”.

¿Qué le podía pertenecer a este insolente? Nada, porque voluntariamente pretendía ignorar que para tener parte de una herencia, es necesaria la muerte del testador.

El amor del Padre se enaltece al no contestar ese atrevimiento y aún más, al concederle su petición inmerecida, porque el verdadero amor es: 1Co 13:4-7 “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.

Este hijo perverso redujo a dinero con prontitud lo que el padre le concedió. “No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos”. Y desde allí comenzó su descenso hasta terminar junto a los cerdos, comiendo de las algarrobas que ellos se alimentaban.

Así fue la raza humana cuando salió de la presencia del Señor y se fue lejos para construir un mundo, pero sin Dios. Todo eso era muy predecible como concluiría, pero no deja de asombrarme la actitud del padre que el Señor describe en esta parábola.

Él poseía un amor verdadero y profundo por su hijo, a quien había perdonado desde el mismo día que éste cometió esa fechoría. En aquellos tiempos las noticias eran transmitidas por los viajeros, y siendo los de su nación un pueblo comerciante por excelencia, serían muchos los que contarían a este padre la situación en que se encontraba su hijo.

Su alma se afligiría, pero su amor real y verdadero le impedía actuar como muchos padres lo hacen, que mal entienden el significado del amor. En nuestra sociedad que se han levantado valores propios, pero sin Dios, incluso el concepto y definición de amor está atrofiado.

Muchos padres han desarrollado un vínculo afectivo muy dañino con sus hijos, y que ellos definen como “amor”. Dicen que por amor a sus hijos, para proveerles de las necesidades que la sociedad de consumo nos ha creado, deben trabajar arduamente para obtener las comodidades que dicta esta sociedad; pero sus hijos se crían solos, sin la presencia ni el modelo de la influencia de esa figura paterna que es indispensable para un desarrollo sano y normal de su personalidad; llegan a la adolescencia totalmente desorientados, con las consecuencia trágicas que vemos en nuestra sociedad moderna.

Y si a todo esto añadimos ese “cariño” maternal que es tan pernicioso, que no acepta que sus hijos sean disciplinados, porque su corazón de madre se deshace como un pequeño cubo de azúcar que se introduce en una taza de café, cada vez que el padre desea instruir y disciplinar al hijo, allí tenemos todos los ingredientes necesarios para que ese hijo sea un candidato favorito para transformarse en un inútil y fracasado.

No existe nada más nefasto y perjudicial para el niño, que ese “amor” de madre que sobreprotege, ahoga y lo transforma en un incapaz que no aprende a valerse por sí mismo, porque obviamente sin quererlo, ella lo transforma en el blanco favorito de las burlas de sus compañeros de colegio.

Todo esto afecta profundamente al niño para que pueda pasar exitosamente esa etapa difícil y complicada de la adolescencia. Sin la influencia de la figura paterna y la sobreprotección desmedida de la madre, es muy fácil que el niño siga la figura de la madre como modelo, trastocando los valores fundamentales para un desarrollo sano de su personalidad, en casos extremos puede llegar a ser afeminado en menor o mayor grado.

Estos errores en la responsabilidad que han recibido de Dios para educar a sus hijos, puede conducir a consecuencias tan graves, como que el niño llegue a ser inseguro, sin confianza en sí mismo y de una baja autoestima, o simplemente pasar al otro extremo y ser abiertamente un rebelde. Su personalidad se balanceará entre estos dos extremos.

Hoy los grandes maestros (en su mayoría ateos) dicen exhibiendo sus títulos universitarios: “Al niño no hay que castigarlo, sino que se debe conversar con ellos”. Es verdad que la primera instancia debe ser una reprensión verbal, pero lo que muchos padres pretenden ignorar, es que la disciplina y enseñanza debe comenzar desde la cuna, y necesita ser respaldada con un ejemplo de vida en el hogar.

Indudablemente que si han descuidado esa formación básica que se adquiere desde su nacimiento hasta los seis años, que es la etapa que Dios nos ha conferido a los padres como responsabilidad para moldear esa criatura, después todo esfuerzo será inútil. Un árbol cuando está tierno se puede enderezar, pero cuando ya ha crecido torcido es imposible.

Los sociólogos, sicólogos y expertos en educación infantil podrán decir lo que quieran, pero yo estoy para enseñar lo que dice Dios. La Biblia define a Dios como Dios de amor, pero al mismo tiempo nos recuerda que Dios al que ama disciplina, porque eso es lo que hace el verdadero amor.

Pr. 22:6 “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él”.
Pr. 1:8 “Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no desprecies la dirección de tu madre”.
Pr. 3:12 “Porque Jehová al que ama castiga, como el padre al hijo a quien quiere”.
Pr. 23:13 “No rehúses corregir al muchacho; porque si lo castigas con vara, no morirá”.
Pr. 19:18 “Castiga a tu hijo en tanto que hay esperanza; mas no se apresure tu alma para destruirlo”.
Ef 6:1 “Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo”.
Ef 6:4 “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor”.

Esta es la instrucción que nos entrega Dios para educar a nuestros hijos conforme a Su voluntad, pero de ninguna manera nos garantiza un éxito pleno en la formación de nuestros hijos, únicamente nos exime de responsabilidades si ellos fracasan en la vida. La Biblia registra muchos casos de fieles siervos de Dios, que tuvieron hijos que provocaron gran amargura a sus padres.

El padre que nos describe el Señor en esta parábola, actuó con prudencia y sabiduría, porque sentía un amor sano y verdadero por su hijo, no salió corriendo en búsqueda de su hijo cuando éste aún se hallaba en pecado y sin arrepentimiento desperdiciando sus bienes en esas tierras lejanas. Hoy los especialistas en la conducta humana, recién se han dado cuenta que para poder ayudar a alguien que está sumergido en una vida deplorable (alcohol, drogas, apuestas, etc.) es necesario que éste toque fondo y reconozca por sí mismo su triste condición, que admita su mal, para tan solo entonces intervenir y rescatarlo.

Lc.15: 17-20 “Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros. Y levantándose, vino a su padre”.

Cuando tocó fondo en su triste condición, vino el Espíritu Santo y lo hizo despertar de su necedad, porque estaba fuera de sí. Ahora, con la intervención divina pudo razonar y ver su torpeza y pecado.

Es muy significativo que el Señor dice en esta parábola en dos oportunidades, que ese hijo fue “hallado” (vrs.24 y 32). Porque no se trata que el hijo regresó por iniciativa propia, sino que fue hallado. Y en la lección espiritual que nos entrega en esta parábola es que fue hallado, el Espíritu Santo salió a su encuentro y lo hizo volver en sí.

Porque al igual que la oveja y la moneda en las parábolas anteriores, estaba en una condición de perdido absolutamente, requería que alguien saliera en su búsqueda, porque el hombre no busca a Dios, es Dios quien sale en su búsqueda. Esto lo vemos desde el primer pecado que cometió el hombre en el jardín del Edén, Gen 3:8-9 “y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto. Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú?”. En Rm.3: 11 también nos habla de esta incapacidad humana: “No hay quien entienda. No hay quien busque a Dios”.

Una vez que el Espíritu Santo intervino en su vida y le hizo ver su condición, fue movido al arrepentimiento, porque hasta el arrepentimiento es de origen divino:
Hch. 11: 18 “Entonces, oídas estas cosas, callaron, y glorificaron a Dios, diciendo: ¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!”.
Rom 2 :4 “¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?”.
2Co 7: 10 “Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación”.

Y esta obra del Espíritu Santo en su vida le permitió levantarse e ir al padre, es aquí cuando vemos el amor del Padre en todo su esplendor y hermosura. Dice el vr. 20 “Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó”.

Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre. Esto solamente se entiende, porque su padre estaba permanentemente, cada día a la puerta de su casa mirando el camino por donde se fue su hijo y esperando que regresara. Un día divisó a lo lejos la figura inconfundible de ese hijo que tanto amaba, su corazón se llenó de gozo, corrió a su encuentro y se echó sobre su cuello, y lo besó.

Luego el padre le otorga el mejor vestido, Is 61:10 “En gran manera me gozaré en Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia, como a novio me atavió, y como a novia adornada con sus joyas”.

El anillo es símbolo de realeza y autoridad, porque además de la condición de hijos Suyos, nos hizo reyes y sacerdotes (Ap.1: 6). El calzado representa nuestro nivel de libres, porque los esclavos andaban descalzos, pero también nos habla que ahora nos ha calzado con el apresto del evangelio, para que llevemos a otros este mensaje glorioso de salvación; no para predicarnos a nosotros mismos, sino solamente a Él, porque toda la gloria es Suya. Que así sea, y gracias sean dadas a ese Padre amoroso que nos ha amado de tal manera. Amén.

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