Y la casa se llenó del perfume















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N° 61


Por Jack Fleming

Jn 12:3 “Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume”.

El Señor Jesucristo estableció desde el principio de su ministerio terrenal, que su misión inicial estaba dirigida a los de su nación: Mt 15:24 “El respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel”.

Pero resulta altamente significativo que reconociéndose que la vida religiosa de Israel giraba entorno al templo, son escasas las veces que se menciona Su presencia allí, incluyendo dos veces cuando reprendió duramente a los comerciantes que estaban deshonrando ese lugar santo.

Primero cuando comienza su ministerio y visita el templo después de las bodas de Caná, Jn.2: 15 “Y haciendo un azote de cuerdas, echó del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado”.

Y la segunda oportunidad hacia el final de su ministerio, una semana antes de Su crucifixión, cuando entró en la ciudad montando un asno. Lc. 19: 45-46 “Y entrando en el templo, comenzó a echar fuera a todos los que vendían y compraban en él, diciéndoles: Escrito está: Mi casa es casa de oración; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones”.

Pero sin embargo son numerosas las visitas y actividades que realizó en reuniones que se efectuaron en las casas. El hogar que abre sus puertas para recibir al Señor, será siempre un lugar muy bendecido. Y si a esto le añadimos el ungüento balsámico de Su Palabra, compartida con nuestros familiares y amigos, será un lugar doblemente bendecido.

Incluso cuando envió a sus discípulos a predicar les ordenó: Mat 10:11-13 “En cualquier ciudad o aldea donde entréis, informaos quién en ella sea digno. Y si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella; mas si no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros”.

Durante sus agotadoras jornadas y muchas veces enfrentando a líderes religiosos, el Señor buscaba una casa amiga para reanudar sus fuerzas, porque en su naturaleza humana también sintió el peso del oprobio y del cansancio.

Cuan grato sería para él poder llegar a una casa y encontrar a Lázaro, quién junto a sus dos hermanas, siempre le ofrecían su hogar para compartir. Esos momentos fueron muy placenteros para el Señor, un verdadero oasis en medio del desierto, donde encontraba la apacible sombra para descansar y reanudar sus fuerzas, junto al cariño de quienes le amaban y se gozaban de tenerle en medio de ellos.

Fue durante una visita a esa casa de Simón el leproso, como lo identifica el evangelio de Mateo cap. 26: 6 y Marcos 14: 3 que son los pasajes paralelos que narran este episodio donde encontró a sus amigos, que se desarrolla este desenlace que leímos en nuestro texto inicial. Comienza el capítulo 12 de Juan describiendo los personajes principales que participaron en este acontecimiento que el Espíritu Santo registró en Su Santa Palabra, para nuestra enseñanza.

Jn. 12:1-3 “Seis días antes de la pascua, vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, el que había estado muerto, y a quien había resucitado de los muertos. Y le hicieron allí una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con él. Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio”.

Seguramente que siempre causaría mucha expectación ver y escuchar a Lázaro, el que había estado muerto, pero mayormente en esta oportunidad, porque el Señor Jesucristo estaba en esa casa.

Marta servía y María quebró un vaso de alabastro y lo derramó sobre el Señor. Era un perfume muy costoso, dice en el versículo 5 “¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres?”. Una libra romana era equivalente a unos 327 gramos.

Aquí en Juan 12 aclara que quien comenzó este descontento fue Judas (Jn.12: 6) “Pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella.

Siempre la murmuración es iniciada por los inconversos o los más carnales, en este caso un traidor que se presenta como defensor de los más pobres, pero aclara la Palabra, que esto lo decía porque era ladrón. Estos personajes se pueden encontrar hasta en los círculos más cercanos de quienes dicen ser del Señor.

Pero sin lugar a dudas que la lección más objetiva de nuestro pasaje se circunscribe a las dos hermanas. Marta, como toda mujer dedicada a su hogar, era muy hacendosa. Cuando llegó Jesús a la casa, inmediatamente se afanó por presentar lo mejor al Señor. A diferencia de su hermana María, que decidió quedarse junto al Señor para escuchar sus palabras y ungirle con ese perfume de nardo puro de mucho precio.

El relato de Marcos (14: 3) añade el detalle que ella quebró el vaso de alabastro para derramar el perfume sobre el Señor. Meses antes había estado el Señor en la casa de ellas y cada una había presentado una actitud muy similar.

Lc. 10:38-42 “Aconteció que yendo de camino, entró en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra. Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y acercándose, dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude. Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada”.

Marta era una mujer muy laboriosa, lo cual es una virtud muy loable de destacar. Cuando recibió al Señor en su casa, se esmeró en ofrecer lo mejor que ella podía preparar en su cocina; aun cuando estuvo en casa de Simón, dice la Palabra que ella servía. Pero no había aprendido la lección que existían otras cosas más importantes que esas, porque (Mat 4:4) “Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

Su falta de madures espiritual le hizo reprochar al Señor Su descuido con lo que estaba pasando y Su insensibilidad con la carga desmedida que ella tenía que sobrellevar, mientras su hermana permanecía sin hacer nada. Que tremenda insolencia y desconocimiento de quién era Aquel al cual ella estaba dirigiendo estas palabras. Palabras que ni aún los querubines y serafines del cielo se hubieran atrevido a pronunciar jamás.

Marta tipifica muy bien a muchas hermanas, que de forma sincera y honesta, al igual que Marta, están muy ocupadas en las cocinas de las iglesias preparando lo mejor que ellas pueden elaborar, para en muchos casos, después de la reunión vender esa comida y cafés que preparan con tanto esmero mientras se está entregando la Palabra del Señor. Si bien es cierto, que algunos líderes para no ser criticados por ocupar a las hermanas durante las horas del servicio, han instalado parlantes en las cocinas, para que entre sus afanes domésticos ellas también puedan escuchar. ¿Cómo fue que al Señor no se le ocurrió esa idea?

La exhortación amorosa y llena de sabiduría del Señor fue que lo principal y más sabio, era lo que había hecho María, suspender toda actividad doméstica y sentarse a los pies para alimentarse de la Palabra de Dios, sin perder ningún detalle, porque eso era lo más importante.

Esto también hemos de tener presente cuando se realizan reuniones en las casas. No se debe mezclar la Palabra que sale de la boca de Dios, con los bocadillos que preparan las hermanas, por muy apetecibles que nos parezcan. Cuando Dios habla, hasta los serafines del cielo detienen su vuelo, con cuanta mayor razón debería hacerlo sus criaturas acá en la tierra.

Mientras más grande es nuestra estatura espiritual, mayor conciencia tendremos ante Quién estamos presente, y un temor reverente de profundo recogimiento nos embelezará. Por el contrario, mientras menor es nuestro nivel espiritual, más nos ocuparemos de las cosas terrenales, descuidando el lugar que deberíamos otorgarle a la Palabra de Dios.

Aquí se cumple también lo que dijo el Señor: Mat 25:29 “Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más”. Marta, después de la amorosa reprensión que recibió en su casa de parte del Señor, la encontramos en casa de Simón incurriendo en el mismo error. Sin embargo en María apreciamos un crecimiento aún mayor.

Cuando el Señor estuvo en su casa, María paralizó toda actividad para prestar la mayor atención posible a cada palabra que salía de los labios del Señor. Y recibió de Él su reconocimiento (Lc 10:42) “ sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada”. No sólo no le fue quitada, sino que se le añadió más.

Ahora en casa de Simón, María no solamente había aprendido a valorizar la Palabra del Señor, sino que también había aprendido a adorar. Ella quebró un frasco con una enorme cantidad de perfume de gran precio.

La adoración no se puede improvisar, es algo que se va acumulando diariamente en nuestro corazón. Nadie puede presentar una adoración eficaz el día Domingo, si no ha estado acumulando cada día de la semana de esa fragancia balsámica que se impregna únicamente como consecuencia de haber estado en la presencia del Señor.

Para liberar ese dulce aroma que se obtiene solamente en el reclinatorio del Rey, es indispensable que nuestro corazón sea quebrantado por un palpitar de profundo gozo, que no quepa en nuestro interior y deba salir fuera y exhalar ese olor grato que se eleva hasta la presencia misma del Dios de la Gloria.

En la primera ocasión, en su casa, María recibió el reconocimiento de parte del Señor. Pero ahora recibió mayor discernimiento que sus mismos apóstoles que la criticaron por haber “desperdiciado” ese perfume.

Ahora ella entendía lo que el Señor había anunciado, que era necesario que él muriera para traer vida eterna a los suyos. Sus apóstoles estaban muy ocupados pensando, y discutiendo sobre quién sería el mayor en ese reino que el Señor establecería con Israel aquí en la tierra.

Detiene las acusaciones de ellos con firmeza: (Jn 12:7) “Entonces Jesús dijo: Déjala; para el día de mi sepultura ha guardado esto. Porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros, mas a mí no siempre me tendréis”.

Esta comunión de profunda adoración, me hace recordar la experiencia de la esposa en Cantar de los cantares capítulo 1: 12-14 “Mientras el rey estaba en su reclinatorio, mi nardo dio su olor. Mi amado es para mí un manojito de mirra, que reposa entre mis pechos. Racimo de flores de alheña en las viñas de En-gadi es para mí mi amado”.
Él responde a ese amor que ella le ofrece: “He aquí que tú eres hermosa, amiga mía; he aquí eres bella; tus ojos son como palomas”.
Y ella, llena de amor expresa: “He aquí que tú eres hermoso, amado mío, y dulce; nuestro lecho es de flores”.

Todo esto era lo que se había perdido Marta por estar afanada en labores, que aunque sean para el Señor, jamás van a sustituir a la adoración, porque Dios busca adoradores antes que servidores. El servicio debe ser una consecuencia de la adoración. Jn.4: 23-24 “los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren”.

El Señor vuelve a pronunciar las palabras de reprensión que dijera a Marta, para todos aquellos que han seguido el camino de ella, despreciando la adoración de María, la cual no se puso a saltar, gritar ni a aplaudir, sino que quietamente en Su presencia vertió su perfume de gran precio.

A Marta, y a muchos en el día de hoy Jesús también les dice: Marta, Marta, (Juan, José o Carmen) afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada.

¿Cuál es la parte que Ud. ha escogido? ¿La de Marta, o la de María? Que el Señor le otorgue sabiduría para escoger la buena parte, la cual nunca le será quitada, y tan solo así su casa se llenará del olor del perfume que agrada a Dios. Que así sea, Amén.

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