El perdón divino















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N° 6

Por Jack Fleming


Col. 2:13 "os dio vida juntamente con él, perdonándoos TODOS los pecados".

La Biblia es la Palabra de Dios, y como tal, perfecta. Si la perfección de la compleja maquinaria de un reloj antiguo a cuerda, nos asombra por la exactitud y precisión con que calzan y se mueven todos sus variados engranajes, mucho más nos maravilla la perfección con que armonizan todos y cada uno de los versículos de los 66 libros que constituyen la Biblia.

Es verdad que existen versículos que parecieran contradecirse, o que nos parecen que no están en completa armonía con el resto de las Sagradas Escrituras, pero eso no se debe a que en la Biblia existan contradicciones, porque ella es y seguirá siendo la eterna e infalible Palabra de Dios. Esto es consecuencia de la limitación de nuestra mente finita, o a la ignorancia que de ella tenemos.

Recuerdo que este pasaje de Col. 2:13, donde Dios nos garantiza que nos ha perdonado todos nuestros pecados, y sabiendo que ese perdón divino es eterno, como lo afirma categóricamente en Heb. 8:12 y 10:17 "y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones"; me llenaba de interrogantes cuando leía 1Jn. 1:9 donde nos exhorta a confesar nuestros pecados, porque uno se pregunta con justa razón ¿por qué hay que confesar los pecados cada vez que los cometemos, cuando Dios nos ha perdonado eternamente todas nuestras faltas y promete nunca más volver a acordarse de ellos?

Cada versículo de la Biblia, no solamente debe ajustarse perfectamente con el resto de la Palabra de Dios, sino que debe tener la fluidez para que toda la revelación se mueva libremente y en exquisita armonía.

La recomendación básica para una correcta interpretación bíblica, es leer con reverencia y mucha atención el contexto en que cada cosa se dice; y siempre apoyarnos en aquella revelación que es clara y confirmada con el resto de la Biblia. Sin dejar de establecer el principio elemental, que en la Palabra de Dios no existen contradicciones, solo entonces buscar entender desde otra perspectiva el versículo que aisladamente nos parece contradictorio, o que nos pareciera en conflicto con el resto de la revelación divina.

Col. 2:13 está refiriéndose al perdón divino. Cuando pasamos de muerte a vida, Dios nos perdonó todos nuestros pecados: Pasados, Presentes y Futuros. Si tan solo uno de ellos hubiera quedado sin ser perdonado, nunca habríamos podido ser salvos ni llegar a las moradas celestiales que Cristo nos fue a preparar. El perdón divino es eterno y no cambia como Dios promete: NUNCA MÁS se va acordar de ellos. Lo maravilloso es que si leemos con atención la Palabra de Dios, este perdón se efectuó en el corazón de Dios, el mismo día en que nos escogió para salvación, y eso fue como lo asegura la Biblia: "antes de la fundación del mundo".

Ef. 1:4 "nos escogió en él antes de la fundación del mundo".
2Ts. 2:13 "que Dios os haya escogido desde el principio para salvación".

Obviamente en ese punto todos nuestros pecados eran futuros. Él, en su Omnisciencia nos vio cuando nacimos y hasta nuestra muerte, toda nuestra vida estuvo ante él como un gran libro abierto. Para Dios nunca han existido pecados nuestros que puedan ser considerados pasados, presentes o futuros, porque él vive en un eterno presente donde no transcurre el tiempo.

Lo que no puede dejar de asombrarnos, es que conociendo todos los pecados que habríamos de cometer, aún así nos perdonara y decidiera escogernos para salvación; que nosotros fuéramos el objeto de su amor, hasta el punto de enviar a su propio Hijo para que por su muerte en cruz, pudiera perdonar en nosotros todos los pecados que habríamos de cometer durante toda nuestra vida terrenal.

Ese perdón es tan amplio y perfecto, que promete nunca más volver acordarse de ninguno de ellos, porque también el precio que se pagó por cada uno de nuestros pecados fue de infinito valor, nada menos que la sangre preciosa del eterno Hijo de Dios.

Pero si conocemos esta tremenda y consoladora verdad, entonces ¿por qué muchas veces sufrimos por pecados que nos hemos arrepentido y pedido perdón? Esto es por un lado, debido a la falta de conocimiento de la abundancia del perdón divino, o a la aceptación plena de esta gloriosa verdad en nuestros corazones. Pero creo que el dolor que permanece en nosotros por pecados que ya pedimos perdón, se debe a la falta de capacidad de perdonarnos a nosotros mismos.

Dios ya no se acuerda más de ellos, pero lamentablemente nosotros continuamos atormentándonos con el recuerdo y muchas veces sufrimos y nos torturamos hasta hacer decaer nuestro ánimo, e incluso afectar nuestro servicio para el Señor porque nos consideramos inmundos o inmerecedores de trabajar para él. Una actitud tal, está en absoluta discrepancia con la enseñanza de la Biblia, los sacerdotes del Antiguo Testamento cuando eran declarados inmundos ceremonialmente, después de la purificación que se realizaban por medio de la sangre de animales, quedaban capacitados para continuar con sus labores sacerdotales. Cuanto más nosotros que hemos sido lavados, no con la sangre de machos cabríos, sino con la sangre misma del Hijo de Dios.

Todos nuestros pecados han sido perdonados en la presencia de Dios, pero debido a que nosotros aún estamos afectos al tiempo y al pecado, cuando pecamos, nuestra conciencia es afectada, al igual que nuestra comunión con Dios. Hemos de confesar nuestras faltas a Dios para quitar ese pecado de nuestra conciencia y restablecer nuestra comunión con él. Este es el tema que desarrolla en 1Jn. 1: 9/10 , porque sin lugar a dudas se está refiriendo al creyente que ha nacido de nuevo y que ya es hijo de Dios, salvado eternamente por la sangre preciosa de Cristo.

Por tanto, en Col. 2:13 se refiere a la relación de Dios con nosotros, en cambio en 1Jn. 1: 9 el enfoque es desde el punto de vista nuestro con relación a Dios. Dios nos ve justos y santos, porque estamos recubiertos con el manto de justicia del Señor, él nos ve a través del Señor en la santidad de Jesucristo. Estamos recubiertos con la sangre preciosa de Cristo, lo que significa que estamos perdonados eternamente por todos nuestros pecados, pero en el concepto humano y terrenal, continuamos dentro del escenario del tiempo, y lo que es peor, del pecado. El apóstol Pablo lo confirma cuando asegura que inclusive el pecado sigue morando en él.

Ya hemos recibido de parte de Dios el perdón eterno de todos nuestros pecados, los que comprenden a toda nuestra vida terrenal, desde nuestro nacimiento y hasta nuestra muerte. Pero nosotros seguimos sumergidos en el tiempo y el pecado continúa morando en cada uno de nosotros.

Cada vez que pecamos, el Espíritu Santo nos redarguye para que enderecemos nuestras vidas. Al igual que el hijo pródigo, en mayor o menor medida, somos nosotros los que con nuestro pecado nos alejamos de Dios y requerimos de la intervención del Espíritu Santo para que nos haga volver en sí, y cuando eso ocurre, nos damos cuenta lo lejos que estamos de Dios a consecuencia de nuestro pecado. Debemos regresar y confesar nuestra falta, y siempre él está gozoso de recibirnos con los brazos abiertos.

Pero ¿qué hubiera sucedido si el hijo pródigo hubiera regresado, recibido el abrazo del padre y todas las muestras de cariño que afectuosamente él le entregó, pero continuara llorando que no es digno de ese amor paternal? ¿Qué diríamos nosotros de una persona así? ¿No pensaríamos que es un necio y un llorón mal agradecido, que está renegando de la sinceridad del perdón y el cariño que le está mostrando el padre? Y ¿no es esa la condición nuestra cuando no somos capaces de perdonarnos a nosotros mismos, cuando el Padre lo ha hecho y nos ha recibido en sus brazos amorosos?

La parábola del hijo pródigo fue dicha para que nosotros conociéramos la verdadera dimensión y profundidad del amor de nuestro Padre celestial hacia nosotros, no para destacar la conducta del hijo pecador, porque esa cada uno de nosotros la conoce muy bien.

Para llegar a obtener la paz para con Dios, y también la paz para con nosotros mismos, debemos conocer, y lo más importante, aceptar en nuestros corazones esta tremenda y gloriosa verdad. Dios nos recibe no en nuestra dignidad, sino en la dignidad del Señor; no en nuestra santidad, sino en la del Señor. Cuando confesamos nuestro pecado, él siempre nos perdona, nos abraza y nos restaura a su dulce comunión.

Realmente no podría ser de otra manera conociendo la naturaleza de su eterna divinidad, porque ninguno de los pecados que tenemos le ha tomado por sorpresa; él conoció cada uno de los que habríamos de cometer durante toda nuestra vida terrenal y aún así decidió crearnos, transformarnos en el objeto de su amor, hasta el punto de enviar a su propio Hijo unigénito para que pagara el precio de nuestro perdón, porque su justicia y santidad habían determinado que "la paga del pecado es la muerte". Y como la vida está en la sangre, fue necesario que el Santo derramara su propia sangre para obtener nuestro perdón.

Si después de haberse cancelado el precio de nuestro perdón a tan infinito valor, aún continuáramos llorando por la carga que nos infringe el pecado, estaríamos haciendo vana la cruz de Cristo y limitando el amor y perdón que nos ofrece el Padre. Seamos capaces de perdonarnos a nosotros mismos, porque el Santo de los santos ya lo hizo. No nos creamos más santos que él, ni más exigentes que la justicia divina. Que los frutos de la cruz de Cristo nos dé no solamente la paz para con Dios, sino que también la paz con nosotros mismos. Que así sea, Maranatha.

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