Sólo yo he quedado














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N° 59

Por Jack Fleming

1Ry. 19: 10 “Sólo yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida”.

Uno de los sentimientos que más puede desestabilizar el corazón de una persona, es la percepción de soledad. Y esta sensación puede traer efectos muy nefastos en aquellos que la padecen, incluso pueden llegar a hundirse en el pantano de la depresión, donde sus sentidos, emociones, y aún la percepción de la realidad pasa a ser reemplazada por un mundo de oscuridad y ficción, en el cual su raciocinio y lógica funcionan de acuerdo a su propia visión del entorno que la rodea, muchas veces en forma antagónica con la verdad misma.

Sin lugar a dudas el hombre fue creado en este mundo para que viva insertado en la sociedad. Todos en alguna medida, cual más cual menos, dependemos de quienes nos rodean, esto parece ser requisito indispensable para una salud mental estable y equilibrada. Pero el hecho de no estar solos, no nos exime del dolor y la aflicción.

Aún aquellos momentos de sinsabores y aflicciones que nos presenta la vida, son útiles parta templar nuestro carácter. Dios nos exhorta tener nuestra mira en el autor y consumador de la fe, en las glorias que nos aguardan en las moradas celestiales, cosas en las cuales nos alegramos, (1Pd.1: 6-7) “aunque ahora, por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo”.

Stgo.1: 3-4 “sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna”. Existe un propósito divino en la existencia de la prueba, y es quitar toda la escoria e impurezas que pueda contener nuestra fe, para que llegue a ser algo puro y glorioso. Y este proceso dice que se extenderá en los creyentes, hasta cuando Cristo vuelva a buscar Su iglesia.

Aquellos que son débiles de espíritu, tienen la tendencia a considerar que sus aflicciones son las más grandes del mundo, que nadie padece más que ellos. Sin embargo Dios nos recuerda que: (1Pd.4: 12) “No os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese”. (1Pd.5: 9) “resistid firmes en la fe, sabiendo que los mismos padecimientos se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo”.

Sin lugar a dudas que también los falsos maestros de ese “otro evangelio” que predican; donde enseñan que estamos llamados a la prosperidad y todo lo malo (incluyendo las enfermedades) son motivo de algún pecado nuestro. Estos han causado mucho daño con sus mentiras y el comercio que hacen con las almas de los incautos que no escudriñan la Biblia.

Ellos exhiben como “bendición de Dios” todas las multitudes que les siguen y admiran, las riquezas que poseen. Pero el Señor presenta precisamente eso como prueba que son falsos maestros. Lc. 6:26 ¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros! porque así hacían sus padres con los falsos profetas”.

La vida gira como una gran rueda, donde todo tiene su tiempo, “tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de callar, y tiempo de hablar” (Ec.3: 2-7). Si no existiera la tormenta, ¿cómo podríamos ser capaces de apreciar un esplendoroso día de sol? Si no existiera la enfermedad ¿cómo conseguiríamos valorizar la salud?

Dios nos enseña en Su Palabra, que aún los hombres más fieles y consagrados han pasado por ese valle de sombra de muerte. El apóstol Pablo dice: (Filp. 4: 12-13) “Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.

El éxito de Pablo frente a todas las vicisitudes de la vida que tuvo que enfrentar, no estuvo en su propia fuerza, sino en la del Señor. Siempre se sostuvo en Él, “todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.

No existe otro hombre que fuera probado más profundamente que Job. Tuvo todo en la vida, una hermosa familia, salud, riquezas, y todo eso lo perdió en un día. Lo más valioso de Job, no radicaba en lo que poseía, sino en lo que él mismo era. Sin su carácter y fe en Dios era nada, pero sin su familia, sus riquezas y su salud, seguía siendo todo; poseyó muchos bienes, sin embargo nunca fue poseído por ellos. La verdadera grandeza no está en lo que tenemos, sino en lo que somos.

La Biblia nos exhibe una larga lista de héroes de la fe, en la cual sin duda alguna Elías ocupa un lugar muy especial, pero al mismo tiempo nos recuerda que (Stgo. 5:17) “era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras”. Esto es para que nadie busque la excusa que nosotros “no somos como Elías” u otro fiel hijo de Dios que nos relata la Biblia, porque todos esos ejemplos que mencionan las Escrituras, están registrados para que nos sirvan de modelo.

Pero ¿cómo fue que este gran siervo de Dios, valiente, osado y de una gran fe, pudiera llegar a esta condición de soledad y quebranto? Existen varias causales que pueden hundir en una profunda depresión al ser humano. La pérdida de un familiar, cuyo duelo puede extenderse 3 a 6 meses, cuando se prolonga más allá de eso, pasa a ser una patología que requiere la atención de un especialista. Una separación, una enfermedad y otras condiciones de profundo dolor que afectan al ser humano. Pero cuando ninguno de estos factores externos nos afecta, también estamos expuestos a caer en un estado depresivo.

Todos estamos en este mundo para cumplir una labor determinada (Ef.2:10) “las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”. Pero aquellos instrumentos que serán ocupados en tareas más especiales, Dios los templa de una forma más compleja. El mejor acero, el más resistente, es aquel que ha sido sometido a un tratamiento de templado más eficiente y prolongado.

También es resultado de una ecuación espiritual que se aprecia en todos los creyentes, que mientras mayor es su fidelidad y consagración, mayor será el tiempo que pasará en el horno de la prueba, y más palpable su soledad. Mientras más nos remontemos a las alturas de la santidad de Dios, mucho menor será el número de quienes nos rodeen, porque esas alturas producen vértigos a las mayorías.

Otro motivo de la soledad que afecta a los creyentes más fieles, es el peligro que los rodea, el cual nadie desea compartir. Fue el caso en la vida de Pablo, un hombre que se entregó plenamente a la obra del Señor, pero ¿cómo terminó sus días? 2Tm.4: 16 “En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon”. Y tuvo que pagar con la cárcel su dedicación a Dios.

Cuando nos remontamos en la historia de la iglesia, también vemos que los instrumentos más consagrados que el Señor utilizó, fueron aquellos que vivieron en la soledad de Su presencia, en prisión, y muchos de ellos ofrendaron sus vidas por la causa de Cristo.

Ese fue también el caso de Elías: “sólo yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida”. Satanás no se preocupa mayormente de aquellos que son cristianos únicamente dentro del local de una iglesia, aunque se levanten, salten, griten y aplaudan frenéticamente, porque esos no afectan sus intereses. El enemigo de las almas desea aniquilar y hacer callar las voces de aquellos que pueden rescatar personas de su reino de tinieblas, y llevarlos al reino de la luz.

El Señor dijo que el siervo no es mayor que su Señor, nos advirtió que si a él lo persiguieron, lo mismo harían con sus discípulos. Con justa razón nos dijo: (Lc. 9: 23) “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame”.

No dice “el día Domingo”, sino que claramente indica: “cada día”, los siete días de la semana. No se puede ser cristiano solamente en la iglesia, debemos con mayor razón brillar en medio de las tinieblas; porque de lo contrario no mereceríamos llamarnos cristianos, sino que hipócritas sería el calificativo que mejor nos describiría.

Pero en un mundo en el cual abunda la “farándula” cristiana, donde las iglesias han sido invadidas por el mundo y no toman su cruz para seguir al Señor, también el verdadero cristiano siente el mismo sentimiento de soledad que invadió a Elías: “sólo yo he quedado”.

El hijo de Dios que se encuentra en medio de esas iglesias, donde todos están muy cómodos y contentos con el sistema imperante, aunque el más neófito en las Escrituras presiente que eso no está bien, porque el Espíritu Santo lo guía a toda verdad. Ese que se inquieta porque ve que han añadido “fuego extraño” en ese lugar, comienza a preguntar, y muy prontamente es puesto en “la lista negra” para ser dejado a un lado, es aislado como un elemento “peligroso”, porque al igual que un virus contagioso, puede dar inicio a una epidemia que no conviene a la organización.

Los verdaderos creyentes que se encuentran en esa situación, me hacen recordar la historia del cuento infantil: “El patito feo”, que se sentía diferente y también los demás lo notaban distinto, sufría con esa condición, hasta que creció y pudo ver que no era un pato, sino un cisne.

El hijo de Dios que se encuentra en esa situación, puede llegar hasta pensar que está loco, porque no logra entender cómo es posible que todos los demás puedan estar equivocados y solamente él ver las cosas de un modo diferente.

Pero cuando obtiene el crecimiento necesario que le otorga un discernimiento claro, entonces comprende lo que el Señor siempre ha ordenando a los suyos: (2Cor.6: 17) “Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor”.

Y cuando da ese paso de obediencia, le inunda un sentimiento de soledad que le puede hacer clamar con la misma desesperación que Elías: “sólo yo he quedado”.

Si no tuviéramos el relato con el cual termina el capítulo 19 de 1Ry. sería una historia muy triste y un clamor sin respuesta. Pero allí leemos el trato amoroso que Dios entrega a todos los hijos fieles. Primero lo dejó descansar, luego lo despierta y lo alimenta (1Ry.19: 7) “lo tocó, diciendo: Levántate y come, porque largo camino te resta”.

Después que hubo comido ese alimento celestial, el Señor se manifestó en su presencia y le dijo: ¿Qué haces aquí, Elías? y lo dejó desahogar su aflicción de espíritu. Fue entonces que Elías pronunció ese grito de angustia: “sólo yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida”.

Cuanta paciencia tiene nuestro Padre celestial, cuan tierno es el trato amoroso que nos otorga. El Señor no solamente se manifestó en su vida, sino que le mostró el trabajo que tenía para él, pero también le hizo saber que no estaba sólo, que había siete mil que no habían doblado sus rodillas.

Por medio de esta labor que realizo a través de la página web, he conocido cientos de personas que desde distintos países del mundo me dicen lo mismo: “sólo yo he quedado”. Pero, debido a que el Señor me ha permitido conocerlos, les puedo garantizar que no están solos, han quedado miles que no han doblado sus rodillas.

Por el momento lo más importante que puede hacer, es alimentarse de la Palabra de Dios y brillar en su hogar, en su lugar de trabajo y donde el Señor le permita irradiar esa luz del evangelio. Cuando llegue el tiempo señalado por Él, Dios le indicará exactamente lo que debe hacer.

Pero recuerde, no está solo, el Señor siempre se ha guardado un remanente fiel a través de todos los tiempos. Cristo viene pronto, el amanecer de un nuevo día está a las puertas, que Su venida nos encuentre velando. Amén, que así sea.

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