Somos sacerdotes
















N° 46


Por Jack Fleming

Translate this page Nº 46.- "We are ambassadors"


2Cor. 5: 20 "Así que, somos embajadores en nombre de Cristo".
Filp. 3: 20 "Nuestra ciudadanía está en los cielos".

Quisiera referirme al alcance de esta bendición, privilegio y responsabilidad que como hijos de Dios hemos recibido: Nuestra ciudadanía es la celestial y que ahora somos embajadores de Cristo.

El Señor dice que estamos en el mundo, pero no somos del mundo. El día que nacimos de nuevo, Dios nos hizo nuevas criaturas, con intereses diferentes. Por eso dice en 1Jn.3: 13 "Hermanos míos, no os extrañéis si el mundo os aborrece".

El Señor nos advirtió en Jn.15: 18 "Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo, por eso el mundo os aborrece".

En la oración intercesora ante el Padre dice en Jn.17: 14 "Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo".

Este rechazo que el mundo siente por los hijos de Dios, quienes ahora somos también hijos de luz (1Ts.5:5), se debe a lo que dice en Jn.3: 20 "todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas".

De acuerdo a este anuncio del Señor, no podemos esperar que el mundo nos ame, ni aún nos entienda. Es lo que confirma en Rm. 8: 5 "los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu". 1Cor.2: 14 "el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente".

Son muchos los pasajes de la Biblia que nos dicen que no podemos agradar a Dios y al mundo, porque nuestros intereses son diferentes:

Stgo. 4: 4 "¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios".

Nadie puede servir a dos señores, es más, en 2Cor. 6: 14-15 lo prohíbe: "No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo?

Cuan fácil resulta reconocer la voluntad de Dios cuando recurrimos a la revelación que Él nos ha dejado en su Santa Palabra. No debe existir ninguna alianza, compañerismo, sociedad ni compromisos entre los creyentes y los incrédulos; entre los hijos de Dios y los hijos de este mundo, porque no tienen nada en común.

Hermanos muy sinceros se preguntan, y con mucha honestidad: ¿Cuál debe ser la participación y responsabilidad del creyente ante la sociedad? ¿Qué grado de participación social es permisible para el cristiano?

Y para eso consultan con su pastor o inclusive se hacen encuestas para conocer la opinión de las mayorías. ¿Es ese el camino correcto para saber que debemos hacer o cómo hemos de actuar?

La opinión de un hombre jamás va a reemplazar al pensamiento de Dios. Ni el parecer de las mayorías nunca ha expresado la voluntad de Dios, muy por el contrario.

Dios ha dicho: Jer.17: 5 "Maldito el hombre que confía en el hombre". Mal podríamos conformarnos con la respuesta de un hombre, porque quizás podríamos encontrarnos entre los ciegos que son guiados por otro ciego; y Dios nos advierte que ambos caerán al hoyo.

La responsabilidad es que cada uno en particular escudriñe las Escrituras por sí mismo. Dios nuestro creador, conoce mejor que nadie nuestra capacidad de comprensión, por lo tanto lo ha hecho a través de la Biblia en un lenguaje que está al alcance de todos los hombres.

¿Qué pasaría si siguiéramos la opinión de las mayorías? ¿Podría eso garantizarnos que estamos haciendo los correcto? En primer lugar, ese no es el camino escogido por Dios para expresar Su voluntad.

¿Se imaginan lo que le hubiera sucedido a Lot, si hubiera seguido la opinión de la mayoría de los ciudadanos de Sodoma? Y los tiempos modernos difieren solamente en su tecnología, pero en lo moral, no dista mucho de ellos.

Un hombre sabio dijo: "Dios y yo, somos mayoría". Al verdadero creyente debe importarle únicamente la opinión de Dios; y esa la vamos a encontrar en la Biblia, no en los consejos de las mayorías ni en la de aquellos hombres que se consideran "representantes" del Dios Altísimo.

El único representante Suyo que Dios ha dejado en la tierra, es el Espíritu Santo. Y él se comunica con nosotros a través de Su Palabra. ¿Quiere alguien conocer Su voluntad? Escudriñe las Escrituras, ese es el mandato divino.

La opinión de las mayorías nunca va a ser igual a la de Dios, ni aún dentro del mundo llamado "cristiano". Porque Dios dijo: "mis pensamientos no son vuestros pensamientos. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos" (Is.55: 9).

En nuestros días son muchos los hermanos honestos, que con mucha sinceridad se preguntan: ¿No sería bueno que la iglesia evangélica tuviera sus propios representantes en la cámara de diputados y de senadores, para defender nuestros intereses?

Aunque la idea nos pueda resultar atrayente, e hiciéramos encuestas que arrojaran un 100% a favor de esa propuesta ¿Cuál debería ser la posición del creyente que verdaderamente desea cumplir primeramente con la voluntad de Dios antes que la de los hombres?

Debe escudriñar las Escrituras y buscar solamente allí la voluntad de Dios, no en la voluntad de los hombres. Aunque todos opinen lo contrario, si es que ha leído y entendido cual fue el ejemplo que Dios registró en la Biblia para nuestra enseñanza, debe también decir: Dios y yo, somos mayoría.

Nunca hemos de pensar como Elías, que "solo yo he quedado". Porque Dios en todos las épocas se ha guardado fieles que no han doblado sus rodillas ante Baal.

El cristiano no debe enredarse en los asuntos de este mundo, porque no puede, si quiere agradar a su Señor, asociarse con los incrédulos. No podemos unirnos en yugo desigual ni establecer amistad con el mundo, sin declararnos enemigos de Dios; nadie puede servir a dos señores.

¿Puede alguien pensar que el mundo esta fuera del control de Dios? ¿Necesitará del congreso de los hombres para defender Su iglesia?

Los hechos narrados en las Sagradas Escrituras están para nuestra enseñanza. Y el ejemplo de la iglesia del Nuevo Testamento es contundente. Bien sabemos que las injusticias y atropellos que sufrió, no pueden compararse con las del presente siglo.

Sin embargo, jamás leemos que los primeros cristianos se unieran para obtener un representante en el senado romano, porque ellos no se habían olvidado que tenían un par de rodillas. Satanás se reirá de los esfuerzos humanos, pero temblará cuando nos vea orando.

El solo hecho de imaginar a los apóstoles con estandartes y consignas de protestas, resulta una herejía. Lo que se registra de ellos es que se juntaban para orar, y el lugar donde se congregaban, temblaba.

El mundo siempre ha estado y estará en pleno control del Señor. Dios continua haciendo Su voluntad en el cielo y en la tierra.

Hoy en día, mirando retrospectivamente lo que sucedió con ellos, podemos entender que fue de acuerdo a los planes divinos que pasaran por esa persecución. Porque Dios les había ordenado ir por todo el mundo y predicar el evangelio, pero ellos no habían cumplido con esa orden y se habían quedado en Jerusalén.

¿Qué hubiera sucedido si los cristianos hubieran empleado métodos humanos para oponerse a la persecución? ¿No se habrían encontrado luchando contra la voluntad misma de Dios?

Hermanos, si algo nos inquieta, no llevemos nuestras peticiones a un nivel tan bajo como el congreso de los hombres inconversos, sino a la corte Suprema de Dios. Él es el Rey de reyes y Señor de señores.

Él pone y saca los gobernantes como le place. Dios tiene pleno control de todo lo que sucede en este mundo. Aún lo malo que el hombre ha sembrado, está dentro de Sus planes Soberanos.

En nuestro texto inicial citábamos que nuestra ciudadanía es la celestial, y que somos embajadores de Cristo aquí en la tierra. ¿Qué le sucedería a un diplomático que interfiriera en la política contingente del país en que sirve como embajador? Sería declarado inmediatamente como persona no grata y lo expulsarían de esa nación.

Hermanos, ¿No tenemos temor de ser declarados persona no grata por Dios? No olvidemos que somos embajadores de Cristo, representantes del reino de los cielos. No podemos inmiscuirnos en la política contingente de ningún país, porque nuestra ciudadanía es la celestial.

Estoy conciente que algunos citan, y creo que lo hacen de buena fe, el ejemplo de Daniel que participó en el gobierno de Nabucodonosor. También el caso de José en Egipto.

Pero no hemos de confundirnos ni intentar forzar las Escrituras para justificar nuestras preferencias. Ambos, Daniel y José eran esclavos, y fueron puestos allí no por decisión del pueblo ni de ellos mismos.

Si en forma sinceramente deseamos conocer cual debe ser la conducta de un cristiano, necesitamos acudir donde Dios ha dejado registrado ese ejemplo bíblico de la iglesia apostólica, en el Nuevo Testamento. Porque en el Antiguo Testamento, la iglesia era un misterio escondido (Ef.3: 9).

Además, no podemos comparar la conducta de Israel, que era y es una nacióndentro del consorcio de las naciones del mundo; a diferencia de la iglesia que es un pueblo espiritual con ciudadanía celestial. Nosotros somos embajadores de Cristo, representantes del reino de los cielos, no de un reino terrenal.

No podemos dejar de mencionar la fidelidad y valentía con la cual la iglesia primitiva enfrentó las persecuciones, sin enredarse ni comprometerse con los gobernantes de este mundo.

Ellos tenían en sus filas a un personaje muy importante, a Saulo de Tarso. Apóstol de la iglesia, contaría con todo el apoyo de los cristianos. Soldado del ejercito romano, podría haber buscado el respaldo del ejército más poderoso de su época. Fariseo de fariseos, poder religioso muy importante. Pero ninguna de esas ventajas fue tan siquiera considerada por él ni la iglesia, para llevarlo al congreso romano.

La historia nos enseña que fue precisamente el principio de la decadencia y corrupción de la cristiandad, cuando la iglesia se casó con el Estado en el siglo IV con Constantino, quien obligó a todos sus súbditos aceptar el cristianismo como religión del Estado, donde el emperador se proclamó la cabeza de esa "iglesia". Naciendo de ese modo el Césaro-papismo, como lo denomina oficialmente la iglesia católica romana.

Dando origen a la época de mayor oscurantismo, que se extendió hasta el siglo XVI, cuando la corrupción se hizo intolerable incluso para los propios pensadores de esa iglesia del estado y comenzó la Reforma, con líderes como Lutero, Zuinglio, Calvino y otros.

Cuanto sacrificio y sangre de mártires ha costado separar a la iglesia del Estado. ¿Queremos ser nosotros responsables de volver a unirlos? ¿Pisotearemos la sangre de aquellos que ardieron e iluminaron como antorchas nuestro camino?

Aún en nuestros días, podemos volver los ojos a aquellos países donde este mal ha proliferado, ¿y qué es lo que vemos? Solamente un triste espectáculo que se extiende desde las mismas campañas electorales, en las cuales se enfrentan los grupos con sus insultos y consignas, apoyando a uno y otro candidato.

Y cuando los legisladores comienzan a ejercer y dictar sus leyes, lógicamente dejan a un lado las iglesias que les sirvieron como plataforma electoral, para atender y complacer a las mayorías, que solo buscan formar una sociedad aún más licenciosa y permisiva. Donde ignoran por completo a Dios, porque su anhelo utópico es formar un cielo aquí en la tierra, pero sin Dios.

El resultado de esta desobediencia de los cristianos, es que las iglesias han perdido con esas luchas inapropiadas, dañando considerablemente su testimonio y ha sido un desgaste de energías y recursos, que no les ha permitido cumplir con el mandato del Señor de: "Id y predicad el evangelio a toda criatura".

Han perdido su "Norte" y se han transformado en una iglesia carnal. Es verdad que hoy poseen muchas riquezas y grandes edificios, pero el Señor la ve como una iglesia tibia, miserable, pobre y ciega (Ap.3: 14-19).

Hermanos, somos embajadores de Cristo, no podemos enredarnos en los negocios de este mundo. Estoy seguro que ninguno desea ser declarado persona no grata por el Señor, sino que por el contrario, todos anhelamos escuchar de los labios benditos del Señor: "Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor". Que así sea, Amén.

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