Dios con nosotros














N° 34

Por Jack Fleming

Ecl. 3: 1-11 "Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz. ¿Qué provecho tiene el que trabaja, de aquello en que se afana? Yo he visto el trabajo que Dios ha dado a los hijos de los hombres para que se ocupen en él. Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin".

La frase clave para una correcta interpretación de este hermoso libro de Eclesiastés, es : "Debajo del sol". Esta frase y sus variantes se repite a lo largo de todo el libro. Porque es un libro que nos entrega la apreciación del hombre, de lo que él ve y observa aquí en la tierra.

El hombre no ve los acontecimientos que ocurren allá arriba, en el cielo, en la eternidad. Nuestro pasaje comienza en el vr.1 "Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora".

Vivimos en un mundo siempre cambiante. Los sucesos de cada día, así como las condiciones de la vida humana, difieren grandemente, y estamos constantemente pasando y volviendo a pasar de un estado a otro.

Esta es la rueda de la creación de la que nos habla Sgto. 3 "Todo tiene su tiempo". Aun las cosas y actividades que parecen ser más contradictorias, están en constante cambio, cada una de ellas suele hallar su conveniencia de tiempo y lugar.

Algunos de estos cambios se deben a la mano de Dios, otros dependen del hombre, porque entre todas las leyes que Dios ha dispuesto para su creación, encontramos también una que dice: "Todo lo que el hombre sembrare, eso también cosechará".

En el cielo hay movimientos sin cambios, pero debajo del sol, todo cambia. Todo ocurre para el hombre entre dos paréntesis, que son: nacer y morir, como ocurre en toda la naturaleza.

Porque toda la creación gime a una, esperando su liberación de la condenación del pecado a la que quedó sujeta a consecuencia de la caída del hombre. Dice en Rm.8: 22 "Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora".

Pero mientras aguardamos que se den a luz los cielos nuevos y la tierra nueva, que esperamos conforme a la promesa del Señor; todo sigue sujeto al tiempo y a la maldición del pecado. Todo es cambiante y efímero debajo del sol.

Hay tiempo de plantar, y tiempo para recoger lo plantado. Y esta ley no tiene su cumplimientos únicamente en el orden de la naturaleza establecida por Dios, sino que también con nuestros propios actos. Pero no tiene ninguna relación con el dicho popular que dice que "todo se paga aquí en la tierra".

Lo que vemos aquí, todavía no son los juicios de Dios, sino la cosecha de lo que nosotros hemos sembrado. Por ejemplo, si una persona ha sido irresponsable en su trabajo, continuamente llega atrasado y falta sin causa justificada, finalmente lo despiden. No podría decirse que eso ha sido un juicio de Dios, sino la cosecha de lo que él mismo sembró.

Todo tiene su tiempo debajo del sol, tiempo de llorar, y tiempo de reír. Aún los estados de ánimo son cambiantes, porque las circunstancias también lo son. Tiempo de duelo, y tiempo de dejar el duelo. Tiempo de callar, y tiempo de hablar. Tiempo de guerra, y tiempo de paz. La rueda de la creación sigue su curso, porque todo está sujeto al tiempo aquí, debajo del sol.

En el verso 9 concluye con una pregunta: ¿Qué provecho tiene el que trabaja, de aquello en que se afana?. La respuesta es: Ninguno. No en vano el Señor nos manda a no estar afanosos por nada.

Algunos han hecho del trabajo su dios, su único motivo de vida es trabajar y poder comprar cosas. Cosas que esta sociedad de consumo, por medio de su propaganda idiotízate nos ha convencido que son indispensables para nuestra vida.

Creemos que lo más importante en nuestra vida es nuestra familia, y para darles lo mejor, se trabaja con mucho afán. Y finalmente aquellos que tanto amamos, no tenemos tiempo para compartir juntos, porque estamos demasiado ocupados trabajando, para poder pagar la última novedad que esta sociedad consumista nos ha ordenado comprar.

Es un verdadero monstruo que nos está devorando y envolviendo con sus poderosos tentáculos, que emergen del televisor y de todos los medios publicitarios que esta sociedad dispone.

Cuan ciegos están sus víctimas, que no pueden ver que aquellos a quienes amamos, lo más que les interesa y desean, no son las cosas que les compramos, sino nuestro tiempo que disponemos para ellos.

A nuestros cónyuges e hijos, el mejor regalo que podemos ofrecerles, es nuestra compañía, preocupándonos sinceramente en conocerles mejor y cuales son sus intereses en sus vidas.

Cuanto me duele ver que los únicos paseos donde se está juntando la familia, es para ir a esos grandes centros comerciales, los malls. Personalmente los aborrezco, porque en cada uno de ellos me parece ver a la entrada un gran titular que Satanás ha puesto: "Todo esto te daré, si postrado me adorares".

Muchos son los que entran, quizás con la sola intención de soñar un poco, pero como las ofertas son comprar hoy y pagar en tres o cuatro meses después, la gran mayoría queda endeudada con compromisos difíciles de cumplir, para lo cual deben transformarse en verdaderos esclavos de sus empleadores.

Cuanta necesidad existe de volver a disfrutar de la simplicidad de la vida, alejarnos del ruido del torbellino de la vida moderna, para que juntos con quien amamos, poder deleitarnos con la hermosura de lo que Dios ha creado.

Cuando entramos en contacto con el Eterno, podemos apreciar lo transitorio y cambiante que es la vida aquí, debajo del sol. Si elevamos nuestros ojos a los cielos, podemos apreciar algo de lo eterno.

Las estrellas que hoy vemos en el firmamento, son las mismas que Dios invitó mirar a Abraham cuando hizo pacto con él. Le hizo fijar sus ojos en lo indeleble y inmutables que son las cosas allá, arriba del sol. Porque así de perdurables y eternas son las promesas de Dios. Es precisamente esa belleza del universo creado, tan vasto en su extensión y misterioso en su profundidad, lo que nos pone en contacto con la eternidad.

En el libro del Apocalipsis, el último de la Biblia, nos dice que llegará un momento en el cual el tiempo no será más. Porque todos entraremos irremisiblemente, quiéranlo o no, al estado eterno de todas las cosas

Cuando hablamos de eternidad, resulta muy simple explicarlo que es cuando el tiempo no será más. Pero ¿qué es el tiempo? Muchos filósofos a través de los siglos han intentado describirlo, pero ninguno de ellos ha sido convincente, lo mismo podríamos decir de los hombres de ciencia que lo han procurado.

Pero a la luz del contexto general de las Sagradas Escrituras, entendemos que el tiempo no es otra cosa que el deterioro que el pecado produce sobre la materia. Porque Dios afirma que cuando el pecado sea completamente extinguido de la creación (que hoy gime a consecuencia del pecado), entonces el tiempo no será más.

En el vr.11 de nuestro pasaje de Eclesiastés, dice: "Todo lo hizo hermoso en su tiempo, y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin".

Todo lo que el Señor creó, desde el principio lo hizo hermoso y perfecto. Fue el pecado lo que trastocó Su obra y la dejó bajo maldición. Desde entonces la creación gime a una, esperando su liberación del pecado.

Cuando el germen del pecado que ha corroído Su creación sea exterminado definitivamente, entonces Dios creará cielos nuevos y tierra nueva. Allí entraremos al estado eterno de todas las cosas.

Y ¿dónde estarás tú, por toda esa eternidad? Muchos son los que desean saber que hay después de la muerte, para ello escuchan con mucha atención a cualquier charlatán, astrólogo o adivino que se refiera a ese tema, porque siempre ha sido una curiosidad natural de todo ser humano querer conocer algo de la eternidad.

Pero voluntariamente ignoran lo que el Eterno Hijo de Dios nos ha revelado. Uno de los pasajes más solemnes de las Sagradas Escrituras, es Lucas 16, donde el Dios manifestado en carne descorre el velo de la eternidad, para revelarnos que hay más allá.

Establece que existen dos lugares, el cielo y el infierno. Y que es en esta vida donde se decide donde estaremos por toda la eternidad. Los que se han arrepentido, ahora, de sus pecados y se han apropiado de esa obra expiatoria que el Señor realizó en la cruz del Calvario por el pecador, irán a ese lugar que él fue a prepararnos en las moradas celestiales.

Los que le rechazaron o fueron indiferentes, o pretenden salvarse en su propia justicia humana despreciando la salvación que a tan alto precio el Señor les ofrece hoy, irán a ese lugar preparado para Satanás y sus demonios.

Diferentes son los caminos que el hombre ha escogido, desconociendo voluntariamente que el Señor ha dicho: "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí". En Pr. 14: 12 nos advierte: "Hay camino que al hombre le parece derecho, pero su fin es camino de muerte".

El Señor Jesucristo descendió desde esa Eternidad, donde no mora el pecado, para pagar el precio de nuestra redención, y para que tú y yo podamos estar junto a él en esas mansiones celestiales.

Quisiera concluir con las palabras de un hermoso himno que dice: Eternidad, que grande eres, Eternidad, que nunca mueres. ¡OH dime! ¿dónde yo iré? ¿Qué suerte allí yo encontraré? Feliz o triste ¿cuál será? La eternidad se acerca ya.

¿Dónde estarás tú en esa eternidad que se acerca ya? Que el Espíritu Santo te haga reflexionar sobre el destino eterno que te aguarda, y vuelvas los ojos a Jesús, ahora, mientras la puerta de la salvación permanece abierta. Que así sea, Amén.

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