Dónde estás tú














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N° 23


Por Jack Fleming

Translate this page Nº 23.- "Where are you?"


Gn. 3:8-13 "Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día, y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto. Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí. Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses? Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí. Entonces Jehová dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer: La serpiente me engañó, y comí".

La palabra Génesis significa "Principio", y en este libro de la infalible Palabra del Señor, donde nos revela el principio de todas las cosas, vemos que Dios "creó" un hombre y una mujer; que es lo mismo que enseñó el Señor Jesucristo. Si nos identificamos como cristianos, será también porque aceptamos y creemos las enseñanzas de Cristo. Y no como algunos que enseñan que descendemos del mono.

La verdad que estos que se han dado a las fábulas, y que hoy, habiendo perdido tanta credibilidad y adeptos, desesperadamente tratan de aferrarse a la ciencia. Los mismos que la condenaron durante siglos, los que han mostrado un desprecio absoluto por la Palabra de Dios quemándola y también mandando a la hoguera a quienes osaran leerla, son los que fomentan estas creencias contrarias a la Biblia, diciendo que descendemos del mono y que todo comenzó desde una gran explosión.

El Señor nos advierte en Su Palabra (Tito 1: 12-16) "siempre mentirosos, malas bestias, glotones ociosos. Este testimonio es verdadero; por tanto, repréndelos duramente, para que sean sanos en la fe, no atendiendo a fábulas ni mandamientos de hombres que se apartan de la verdad. Todas las cosas son puras para los puros, mas para los corrompidos e incrédulos nada les es puro; pues hasta su mente y su conciencia están corrompidas. Profesan conocer a Dios, pero con los hechos lo niegan, siendo abominables y rebeldes, reprobados en cuanto a toda buena obra".

Desechemos las fábulas, filosofías y mandamientos de hombres que "profesan" conocer a Dios, pero con los hechos lo niegan. Volvamos a lo que realmente importa, que es la revelación que Dios nos ha dejado en su infalible Palabra, la Biblia.

En el libro de Génesis, Dios nos revela el comienzo de todas las cosas, aún el origen del pecado aquí en la tierra, y sobre esto fijaremos nuestra atención. En el capítulo 3: 6 Dios nos describe los pasos que siempre da el pecado. Dice: y vio la mujer, lo codició, y tomó, y comió y dio también a su marido".

El pecado comenzó a gestarse en el mismo instante que ella dejó la Palabra de Dios y prestó oídos a la voz de Satanás, estableciendo un diálogo con el enemigo. Éste le hizo notar las cosas del mundo, "entonces" vio, luego lo codició, posteriormente tomó, participó de ello, y no satisfecha con eso, hizo pecar también a su marido.

El vr.7 es muy gráfico para describirnos la condición del corazón de aquel que ha pecado, dice: "Entonces ellos cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales". El hombre en su estado natural de pecado, sabe que no está en condición para presentarse ante la Santidad de Dios, así que realiza algo que es muy propio de su naturaleza humana.

Primero pretende cubrir su pecado con obras. Así como Adán y Eva se hicieron delantales para cubrirse, del mismo modo a través de toda la historia del hombre, éste ha pretendido vanamente salvarse, cubriendo su pecado con obras que realiza.

Algunos han elaborado toda una larga y compleja lista de ordenanzas, sacramentos y penitencias. Pero aún añadiendo toda su sinceridad y esmero por cumplir aquello, de nada les ha servido, porque por medio de sus obras nadie ha sido salvo.

Ese sentimiento de culpabilidad le lleva a cometer la misma insensatez de Adán. Después de realizar las mejores obras que él pudo hacer, pretendió esconderse de la presencia del Señor. Ellos sabían que habían hecho el mejor vestido que sus manos pudieron preparar, pero aún así se sentían indignos para estar en la presencia de Dios, y se escondieron.

De igual forma el hombre de hoy, podrá ser muy sincero, haber cumplido con todas las ordenanzas que le impone su iglesia. Y aún así, él sabe que no está preparado para enfrentar a Dios; pretende esconderse de su presencia dilatando lo más posible su encuentro con su Creador, se afierra desesperadamente a este mundo y a las cosas que hay en él.

Siente un miedo aterrador a la eternidad, hará todo lo humanamente posible para conservar su vida terrenal, acudirá a cuanto médico le sea posible visitar. Y muchos hombres muy racionales, cuando la ciencia ha sido incapaz de sanarlos, acuden a los curanderos, milagreros y cualquier cosa que le brinde la más mínima esperanza de sanidad, dejando a un lado sus escrúpulos y convicciones personales. Todo esto en su angustia por aferrarse desesperadamente a este mundo y dilatar su partida a la eternidad.

Bien sabemos que Roma, en su incapacidad para ofrecer la eterna salvación que Cristo regala por medio de su único y perfecto sacrificio en la cruz, manda a los católicos al purgatorio, lugar que aunque no existe, al menos le ofrece una esperanza más para retardar ese encuentro ineludible con su Creador.

Adán pecó, y luego de hacer delantales de hojas para cubrirse, corrió a esconderse entre los arbustos del jardín. Hoy también el hombre está conciente de su pecado (aunque públicamente pretenda ignorarlo), hace obras para cubrirlo, pero su conciencia le acusa que no son suficientes para estar frente a Dios. Y muchos son los que esperan esconderse en el purgatorio u otras filosofías e invenciones de hombres, pero todo esto le resulta inútil, porque el miedo a la muerte es algo que no pueden superar.

En cambio el verdadero creyente, aquellos que han nacido de nuevo, los que han alcanzado la verdadera paz para con Dios y están seguros de su salvación eterna, pueden decir como el apóstol Pablo: "para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia".

Esta paz para con Dios y la confianza plena de saber que todos sus pecados han sido borrados ante la presencia del Señor, porque él así lo prometió: "y nunca más me acordaré de sus pecados". Esa seguridad es la que permite al verdadero cristiano enfrentar la muerte con hidalguía y seguridad.

La historia lo confirma, conque valentía y paz los cristianos que fueron víctimas de las atrocidades de Roma durante la llamada "Santa" Inquisición, enfrentaron las llamas de la hoguera de esos verdugos crueles y sádicos.

El creyente verdadero no teme a la muerte, porque sabe que eso es muchísimo mejor, porque es partir para estar con su Señor. En cambio, aquellos que no tienen esa seguridad, buscan esconderse para dilatar ese encuentro. Cuan dramático y doloroso resulta ver un funeral católico, la angustia y desesperación con la que se afierran del féretro para prolongar esa partida a la eternidad.

La Palabra de Dios nos dice en el Salmo 139 "¿A dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí estás. Aun las tinieblas no cubren de ti".

No existe lugar en que podamos escondernos de Su presencia. Hasta donde Adán se había ocultado, hasta allí llegó Dios y le preguntó: "¿Dónde estás tú?". Dios sabía perfectamente donde estaba, por eso le hacía la pregunta en su misma presencia; le decía esto para que recapacitara, para que reconociera su propia condición.

Así también vuelve hacerte la misma pregunta a ti: ¿Dónde estás tú? ¿Estás procurando construirte delantales de buenas obras y esconderte en los arbustos de la religión, de filosofías falsas, materialismo o en la reencarnación?. Cual sea el lugar que pretendas ocultarte, Dios sabe exactamente donde te encuentras y hasta allí llega para hacerte la misma pregunta: ¿Dónde estás tú?

Algunos cometen la misma necedad de Adán y Eva, que intentaron justificarse en Su presencia. Adán le dijo: "La mujer que me diste por compañera, me dio del árbol, y yo comí". Está culpando de su pecado a Dios, porque le dice que fue a causa de "la mujer que tú me diste". En otras palabras está diciendo: "si tú no me la hubieras dado, yo no habría pecado". ¡Qué insulto a Dios!

Y la mujer no actuó de una forma diferente, porque le dijo: "la serpiente me engañó y comí". Ninguno tuvo la dignidad de reconocer su propio pecado. Cuan necia resulta la justificación humana y las excusas, cuando nos encontramos frente a Dios que nos conoce exactamente como somos. El Señor ni tan siquiera respondió esos absurdos del hombre.

¿Sabía Dios cuál era su pecado? ¿Pudieron sus obras o los arbustos ocultarles de Su presencia? ¿Conocía Dios donde estaban? Obviamente todo esto lo conocía Dios, entonces ¿por qué les hace la pregunta: dónde estás tú? Simplemente porque les estaba dando una oportunidad para que se arrepintieran y confesaran su pecado.

Hoy, nuevamente el Señor te hace la misma pregunta y con el mismo propósito: ¿Dónde estás tú? Él sabe donde te encuentras y cuales son tus pecados, pero te está haciendo un llamado al arrepentimiento, porque quiere regalarte el perdón y la vida eterna que ofrece gratuitamente por medio del sacrifico de Cristo.

Escucha la voz del Señor: ¿Dónde estás tú? Está esperando tu confesión. En 1Jn.1: 8-10 dice: "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros".

El que dice que no tiene pecado, no engaña a nadie, menos a Dios. Simplemente se está engañando a sí mismo. Escucha el llamado amoroso que te hace el Señor: ¿Dónde estás tú? Y ¿cuál será tu respuesta?

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