Espíritu, alma y cuerpo
















N° 21


Por Jack Fleming


1Ts.5: 23 “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser: espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo”.

La petición del apóstol comienza con un ruego, que todo nuestro ser, es decir, no solamente nuestra parte externa, o la emotiva, sino que incluyendo la más interna, la del espíritu, sea plenamente santificada. Aquí es necesario establecer cuales son estas tres partes que constituyen todo nuestro ser: espíritu, alma y cuerpo.

En el Antiguo Testamento Dios nos habló por medio de figuras, símbolos de las cosas que representan verdades muy profundas, que posteriormente en el Nuevo Testamento reveló como la realidad misma de las cosas que antes señaló por medio de “sombras” (Heb.9: 23, 10: 1).

Hoy, teniendo la declaración completa de Dios, nos resulta muy fácil comprender muchos símbolos del Antiguo Testamento. Por ejemplo, empleando la figura del tabernáculo, podemos comprender estas tres partes que constituyen todo nuestro ser.

El tabernáculo tenía tres secciones bien definidas: a) El atrio o patio, era la parte de más afuera, estaría representando nuestro cuerpo biológico. b) El lugar santo, correspondería a nuestra alma, y c) El lugar santísimo, el de más adentro, donde Dios se comunicaba con el hombre, estaría simbolizando nuestro espíritu.

Toda la creación de Dios lleva su sello trinitario. Existen tres cosas básicas: Espacio - Materia y Tiempo. Y cada una de ellas es a su vez trina.

¿Qué es el espacio? Simplemente: Largo - Ancho y Alto.

¿Qué es la materia? Únicamente: Energía - Movimiento y Fenómeno.

¿Qué es el tiempo? Siendo uno solo, lo componen tres: Pasado - Presente y Futuro.

Dios es trino, y todo lo que él ha creado, lleva ese sello indeleble. El hombre que fue creado a su imagen y semejanza, no podría ser una excepción. Por este motivo nos dice la Palabra de Dios que el hombre es un ser tripartito, compuesto de espíritu, alma y cuerpo.

Antes de entrar en detalle sobre cada una de estas tres partes, es necesario recordar que la Biblia es un libro escrito para el hombre, y como tal, está escrito en un lenguaje común y de fácil comprensión para nosotros. Por ejemplo, en ciertas ocasiones decimos: “No se ve ni un alma en la calle”. Con esto queremos decir que no hay ninguna “persona”.

En la Biblia también en ciertos pasajes se emplea el vocablo alma, como sinónimo de persona. Esto sucede en Ez. 18: 20, donde se está refiriendo a personas: padres e hijos. Allí, en ese vr.20 no cabe la menor duda que la palabra alma se utiliza en su equivalencia de persona.

Tampoco hemos de confundir el “espíritu” como parte integrante del ser humano y que es de exclusividad de él, (porque es el único ser vivo aquí en la tierra que puede comunicarse con su Creador), con el “espíritu de vida” que existe en todos los seres vivos. Esa es la fuente de vida que proviene de Dios, y la poseen hombres y animales. Esto se aprecia en el Sl. 104 cuando se refiere a los animales que tienen ese hálito de vida, o espíritu de vida.

También en Gn. 7: 21 dice que a consecuencia del diluvio: “murió toda carne que se mueve sobre la tierra, así de aves como de ganado y de bestias, y de todo reptil que se arrastra sobre la tierra, y todo hombre. Todo lo que tenía aliento de espíritu de vida en sus narices”.

Después de esta aclaración, quiero indicar que de aquí en adelante, cuando me refiera a espíritu o alma, lo haré con relación al hombre que fue creado a imagen y semejanza de Dios y que posee esa constitución eterna entregada por Dios.

El cuerpo es nuestra parte orgánica que nos pone en contacto con el mundo que nos rodea, por medio de los cinco sentidos que nos ha dotado el Creador. Ellos son los conductos con que alimentamos el alma.

El alma del hombre es donde están asentados nuestros sentimientos, sede de la conciencia. Es con lo que amamos y odiamos. Lo que nos permite reír y llorar, características exclusivas del hombre de entre todos los seres vivos.

En Mt. 22: 37 dice: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma”. En el capítulo 26: 38 agrega: “Mi alma está muy triste”. El alma, dentro de esta formación tripartita del hombre, corresponde a nuestra personalidad, a nuestro “YO”. Allí se radica toda nuestra conciencia.

Cuando el Señor nos descorre el velo de la eternidad y nos permite saber qué hay más allá de la muerte, nos dice en Lc. 16 que cuando murió el rico fue sepultado, pero su alma fue trasladada a ese lugar de tormento donde continúo en plena conciencia de sus sufrimientos, incluso recordaba a sus cinco hermanos que vivían en la tierra. También cuando murió el mendigo, Lázaro, su alma fue llevada por los ángeles de Dios al lugar de consolación.

Aquí deja en evidencia que nuestro “YO”, nuestra conciencia y nuestras emociones no están en nuestro cuerpo mortal, ni en el corazón, tampoco en el cerebro, sino que en nuestra alma inmortal.

Todos los seres humanos, sean creyentes o inconversos, tienen la capacidad de ser estimulados por emociones que lo pueden hacer reír o llorar, amar u odiar. Inclusive ser arrastrados hasta un estado de histeria, mayormente si esta motivación se hace en forma colectiva.

Esto es lo que vemos a diario a través de la pantalla del televisor, donde nos muestran imágenes de personas cuyas almas son estimuladas hasta la histeria, algunas con convulsiones, agitaciones y completamente enajenadas, hasta caer al suelo en estado de inconciencia.

Esta clase de histeria colectiva se observa en las ceremonias pagana-religiosas en África y otros lugares del mundo, en eventos deportivos, conciertos Rock, y en muchas reuniones de los carismáticos. Estas orgías emocionales afectan a todos aquellos que asisten a esos eventos masivos, con los cuales se encuentran fuertemente comprometidos por un fanatismo ideológico que los une.

Los organizadores de esta clase de actividades masivas, se esfuerzan por lograr la mayor exacerbación emocional en su concurrencia, para ello recurren a toda clase de elementos y recursos disponibles para obtener sus propósitos, dentro de los cuales siempre estará la música con su estridencia al mayor número de decibeles que sus sofisticados equipos estéreos se lo permitan. También habrá conductores encargados de hacerles saltar, gritar y aplaudir como parte del show que irá en ebullición hasta lograr ese frenesí colectivo que planificaron.

En este punto, su público estará a merced de ellos y podrán manipularlos hasta hacerles perder la conciencia, provocando ataques de risas o llantos según lo deseen. Por este motivo vemos que todas esas reuniones públicas que he señalado, tienen un mismo común denominador, hasta el grado en que resulta muy difícil diferenciarlas con una sola mira rápida en el televisor.

Esta clase de personas que son controladas por las emociones que están radicadas en el alma, jamás podrá lograr un cambio en sus vidas. Incluso ocurre con los que asisten a las reuniones de una iglesia y participan de los mismos estímulos externos. Allí podrán recibir “un espíritu de carcajada”, como literalmente lo llaman; o un “espíritu de llanto” o “embriagarse en el espíritu”, hasta caer en un estado enajenador, pero eso nunca cambiará sus vidas.

Personalmente he conocido hombres y mujeres que me han dicho que: “el Domingo estuve en una reunión tan hermosa, que me emborraché en el espíritu”. Y que gozaron con las maravillas de Dios. Pero el Lunes ya estaban nuevamente con sus vidas de costumbre, inclusive hablando las mismas groserías de siempre. Por este motivo, cuando el próximo Domingo vuelven a hacer el llamado de quien quiere recibir al Señor, ellos vuelven a pasar adelante. Y así están siempre “salvándose” todos los Domingos.

Toda esta manipulación emocional que se hace, tiene influencia únicamente sobre los inconversos, debido a que sus vidas están controladas por el “YO”, que como decía, corresponde al estado del alma, donde están asentadas las emociones de todos los seres humanos.Copiado ilegalmente de EstudiosMaranatha.com

Entonces ¿qué es el espíritu? El espíritu es la parte más interior de nuestro ser, con la cual podemos comunicarnos con Dios y a la cual Él se dirige cuando desea relacionarse con nosotros. Corresponde en la figura del tabernáculo, al lugar santísimo.

El ser más Santo que pisó la tierra, el Señor Jesucristo, nunca se comunicó con el Padre por medio de la música, saltos, gritos, aplausos, lenguas ni ninguno de los elementos tan recurrentes en muchas iglesias de nuestros días. Él pasaba quietamente noches enteras en comunión con su Padre.

Aquellos que son movidos por la carne dicen: “Eso es aburrido, esas son iglesias muertas, allí no está el Espíritu”. Porque no saben reconocer la diferencia entre espíritu y alma. Nunca han gustado de una comunión a través del espíritu con el Señor, sin las influencias de las emociones.

También justifican su desorden y griterío (aunque Dios es Dios de orden) diciendo: “Hemos de danzar, porque David danzó”. A éstos debemos decirle lo mismo que les dijo el Señor: “Erráis porque desconocéis las Escrituras”.

En el Antiguo Testamento no estaba el Espíritu Santo sobre la tierra para guiarles y expresar su adoración, como sucede hoy en el tiempo de la iglesia. Ahora adoramos en espíritu y en verdad a través del Espíritu Santo, pero antes del descenso de Él, se expresaban físicamente por medio de ceremonias y manifestaciones corporales, porque esa era la única forma que tenían para expresarse.

Es imposible pedirle a una persona que se exprese por medio del Espíritu Santo, si es que no lo posee, como era el caso de las personas del Antiguo Testamento y de aquellos que en el día de hoy aún no son templos del Espíritu Santo y Éste no mora en ellos. Por lo tanto deben recurrir a las expresiones físicas.

Una persona que se mueve emocionalmente hasta perder el control de su voluntad, no es debido a que está dominada por el Espíritu, sino por el alma. Porque el fruto del Espíritu (Gál.5: 22) es justamente lo contrario a ese desorden frenético.

Dice Dios que el Espíritu se manifiesta por medio de la paz, el control, dominio propio, templanza. Lo cual es justamente lo contrario a lo que vemos en esas reuniones de embriagues emocional, las que se asemejan más a una reunión de los Baales.

Cuando los 450 profetas de Baal (1 Ry. 18) estuvieron toda la noche saltando y gritando frenéticamente, Elías se burlaba de ellos y les decía (vr.27) “gritad en alta voz, porque dios es...tal vez duerme, y hay que despertarle”.

También en Éxodo 32 la Biblia nos relata para nuestra enseñanza lo que sucedió cuando “el ungido del Señor”, Aarón, el sumo sacerdote del pueblo de Israel cedió ante las presiones del pueblo y les hizo un becerro de oro para que lo adoraran en una fiesta pagana, la cual seguía asegurando (vr. 5) que “mañana será fiesta para Jehová”.

Esto es lo terrible que muchos líderes religiosos continúan haciendo; corrompen al pueblo, pero aún sostienen que es “fiesta para el Señor”. Y ¿en qué consistía esa fiesta pagana? Trajeron toda clase de instrumentos musicales y comenzaron a danzar dando alaridos; tal es así, que Josué lo confundió con alaridos de pelea (vr.17).

Juzgue Ud., escudriñe la Palabra de Dios y obedezca al Señor. Deje de seguir a hombres y de gritar irracionalmente amén por cualquier cosa que los hombres le digan. Decídase por Cristo y dígale amén solamente al Señor y a lo que él dice en Su Palabra: “Salid de en medio de ellos, pueblo mío”.

Que esta pequeña meditación sobre lo que realmente significa que todo nuestro ser: espíritu, alma y cuerpo sea plenamente santificado, sirva de bendición para todos aquellos que son guiados por el Espíritu, porque esa es la promesa divina, que el Espíritu Santo nos guiará a toda verdad. Amén.

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