Por sus frutos los conoceréis

















N° 20


Por Jack Fleming


Mt. 7: 15-16 “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis”.

Mucho se ha especulado sobre estas palabras del Señor: “Por sus frutos los conoceréis”, y lamentablemente como ocurre muy a menudo, sacadas de contexto. En primer lugar hemos de recordar que fueron dichas para que sepamos reconocer a los falsos profetas que vienen vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces.

Antiguamente Dios habló por medio de los profetas, y Satanás, el gran falsificador de Dios, también levantó sus ministros para confundir al pueblo de Dios para desviarlo del camino de la verdad. Existieron muchos falsos profetas, como Balaam, que se apartaron del camino recto y se extraviaron por lucro, siguiendo el camino de la maldad.

Incluso en la iglesia de los tiempos de los apóstoles, ya existían “falsos hermanos que se habían introducidos a escondidas” (Gál.2: 4). También el apóstol Pablo en el libro de los Hechos le advierte a la iglesia: (Hch.20: 29-30) “Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán el rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos”.

De éstos nos advierte Dios en Su Palabra (2Cor.11: 14-15) “Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz, así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia”. No es una posibilidad, sino un hecho real que existen ministros de Satanás infiltrados en las iglesias.

En aquellos tiempos, cuando aún no se disponía de TODA la revelación de Dios por medio de la Biblia, había que ser muy cuidadoso al escuchar a aquellos que aseguraban tener una revelación del Señor, porque también habían quienes se disfrazaban de ministros de Dios y con palabras fingidas llenas de engaño arrastraban a los incautos.

Pero para nuestro tiempo, cuando la revelación divina llegó a su plenitud y se escribió la última página de la Biblia, habiendo Dios sellado su revelación al hombre con una advertencia muy solemne para quienes pretendieran entregar una nueva revelación posterior, más allá de la Biblia (Ap.22: 18), no sería muy justo denominarlos “falsos profetas”, sino que más bien son “agoreros” y “adivinos”. Debido a que hoy resulta demasiado obvio su identificación, dado que ya no existen profetas, sino que únicamente “falsos profetas”.

Dios condena duramente estas prácticas dentro de Su pueblo (Dt.18: 10) “No sea hallado en ti...quien practique la adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero”. Adivinos y agoreros son los que están haciendo predicciones del futuro, anticipando bendiciones o males.

Estos personajes son muy comunes en las “iglesias espiritistas”. Siempre están “profetizando” por ejemplo, a las hermanas embarazadas les dicen que van a tener un varón o una niña. Allí tienen un 50% de probabilidades de adivinar, si acierta, su fama se extiende por toda la iglesia; si se equivoca, nadie se acuerda de ello. A los que están atrasados en sus diezmos, les predicen grandes tragedias.

Este tipo de personajes no son profetas, ni tan siquiera es justo llamarle “falso profeta”, porque lo que están haciendo es practicar la adivinación o hacer anuncios de “mal agüero”, son agoreros.

Debemos recordar cómo le fastidió al apóstol Pablo los anuncios que le hacía la muchacha que tenía espíritu de adivinación, aunque todo lo que le decía era verdad. (Hch.16: 16-18) “una muchacha que tenía espíritu de adivinación, la cual daba gran ganancia a sus amos, adivinando. Ésta, siguiendo a Pablo y a nosotros, daba voces, diciendo: Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, quienes os anuncian el camino de salvación. Y esto lo hacía por muchos días; mas desagradando a Pablo, éste se volvió y dijo al espíritu: Te mando en el nombre de Jesucristo, que salgas de ella”.

También es importante recordar lo que dice Dios en Heb.1: 1-2. Antes habló por medio de los profetas, pero en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo. Y tendría que venir uno mayor que él para hacer un nuevo anuncio, como por cierto no lo hay, tampoco puede existir nuevas revelaciones.

La enseñanza de la Biblia en el Nuevo Testamento para la iglesia, es cuando la revelación de Dios concluyera, es decir, se terminara de escribir la última página de las Sagradas Escrituras, “eso perfecto” que el Señor entregaba al hombre estuviera completo, entonces se acabarían las profecías. De lo contrario, si existiera una revelación más allá de la Biblia, tendríamos que escribirlas y añadirlas al libro que contiene la Palabra de Dios.

Las profecías fueron entregadas a la iglesia solamente durante su etapa inicial, que la llama “infancia” de la iglesia, cuando no tenían toda la Biblia. Pero le dijo que cuando alcanzaran la madurez, tendrían que dejar aquello que les fue otorgado para cuando eran niños.

En 1Cor.13: 8 dice textualmente: “las profecías se acabarán”. Y continúa diciendo en el contexto, el verso siguiente, “Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos”. Debido a que su conocimiento era parcial hasta ese momento, continuaban existiendo profetas en la iglesia en sus primeros años. Cuando la iglesia hubiera alcanzado la madurez, entonces, como es lógico, dejarían las profecías y las lenguas, las cuales fueron necesarias para su infancia espiritual. Por este motivo dice en el vr.11 “cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño”

Considero que es altamente insultante a nuestra inteligencia, cuando en el día de hoy alguien viene con el cuento de que: “Vi al Señor, y me dijo esto y aquello”, porque sabemos por la Palabra de Dios que es un engañador. Y siempre, supuestamente Dios se lo dice exclusivamente a él, a nadie más, y muchas veces el mensaje que trae es para beneficiarse a sí mismo o manipular a las personas. El Señor nos advirtió que en los últimos tiempos se levantarán muchos falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios (Mt.24: 24).

Nuestro texto dice: “Por sus frutos los conoceréis”. También es muy mal aplicado en las iglesias de hoy. Se considera a las personas más activas como las más espirituales. Se confunde como “fruto” de su salvación, el grado de compromiso que adquiera con la iglesia y con el pastor.

Si una señora llega a una iglesia y es una persona laboriosa, que siempre está afanada en diversas actividades, muy pronto todos la identifican como una hermana muy consagrada, aunque no tenga la menor idea lo que significa nacer de nuevo. Lo mismo sucede con una persona que tiene facilidad de palabra y una gran personalidad, pronto estará enseñando y predicando, mayormente si es de una condición socioeconómica alta.

¿Qué sucederá con muchos predicadores que hicieron grandes sanidades y milagros? Cuando venga el Señor les dirá a todos estos milagreros y curanderos: (Mt.7: 23) “Nunca os conocí, apartaos de mi, hacedores de maldad”.

¿No dieron muchos frutos, y el Señor dice que por sus frutos los conoceréis? ¿Cómo puede ser posible que nunca hayan sido de él? Lo que sucede es que la gran mayoría está mirando los frutos equivocados, por esta razón algunos piensan hasta que es posible perder la salvación.

Algunos citan ejemplos de “hermanos” (dicen ellos), que hasta predicaban, se fueron al mundo y nunca más volvieron. Eso no prueba que perdieron la salvación, sino simplemente que nunca fueron del Señor. Ese fue el mismo caso de Judas, el Señor lo envió a predicar junto a los demás apóstoles (Mr.6: 7), pero eso no significa que fuera salvo, porque cuando murió, dice la Palabra de Dios (Hch.1: 25) “se fue a su propio lugar”.

Tampoco la perseverancia de estar presente en las reuniones o el hecho de llevar una Biblia en sus manos, nos garantiza que se trata de una persona salvada. Esto lo vemos en Mt.25 con el relato de la parábola de las diez vírgenes, allí nos dice que estaban reunidas entre los creyentes, cinco que aunque vestían iguales, tenían Biblias en sus manos; pero que jamás habían sido parte del pueblo de Dios, y cuando vino el esposo, fueron rechazadas.

A la luz de estos pasajes podemos ver que “los frutos” a los que hace referencia el Señor no era la actividad, ni el hablar de Cristo o hacer señales en Su nombre, porque todo eso puede ser imitado por los enemigos de las almas.

Cuando aplicamos las palabras del Señor: “Por sus frutos los conoceréis” para intentar reconocer a un verdadero creyente, no debemos fijar nuestra atención en la actividad que desarrolla, sino que en el fruto del Espíritu Santo que todo verdadero hijo de Dios debe tener. Porque “si alguno no tiene el Espíritu, no es de él” (Rm.8: 9).

¿Cuál es el fruto del Espíritu Santo que menciona la Biblia? Gál.5: 22 lo especifica: “el fruto del Espíritu es: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza”.

Dios ha conservado en Su Palabra un episodio muy interesante para nuestra enseñanza. Lc.10: 38-42 “Marta le recibió en su casa. Esta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra. Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y acercándose dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude. Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas, pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada”.

No se trata que la actividad y afán en que se encontraba Marta la identificaran como inconversa, ¡No! Sino que este relato está para enseñarnos lo que verdaderamente vale y agrada al Señor.

La cristiandad de hoy, que está siguiendo incondicionalmente a hombres y se encuentra muy afanada en diversas tareas que le han impuesto; muchas veces incluso labores muy poco éticas, como vender números de una rifa para un sorteo que realizan en la iglesia, la elaboración de productos comestibles que luego venden allí e ignoran voluntariamente lo que Jesús hizo a los mercaderes que estaban en el templo. Estos menosprecian los valores y preferencias del Señor.

La buena parte está a los pies del Señor, bebiendo de Su Palabra, como lo hizo María, y no el camino de Marta que ha escogido la mayoría. Dios busca en primera instancia, “adoradores que le adoren en espíritu y en verdad” (Jn.4:24).

Mucho me agrada la forma en que Dios se refiere al fruto del Espíritu Santo (Gál.5: 22) “El fruto del Espíritu”, lo dice en singular, porque lo presenta como una unidad indivisible. Es como un solo gran racimo: amor, gozo, paz, paciencia, bondad, fe, mansedumbre, templanza”.

Estos son los que han crucificado la carne con sus pasiones y deseos, porque ahora son de Cristo. El verdadero creyente dice: “el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gál.6: 14). “ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gál.2: 20). Porque habiendo realmente nacido de nuevo “ahora nueva criatura es” en Cristo (2Cor.5: 17).

El verdadero fruto del Espíritu es el que ha producido una transformación real y permanente. Un gusano que se transforma en mariposa, no puede revertir ese proceso de la metamorfosis que Dios realizó en él y volver a ser gusano. Ahora adora a Dios y el celo por su Señor lo consume.

Satanás puede imitar todas las otras cualidades del creyente a fin de dañar la iglesia e infiltrar sus discípulos, pero lo que no puede falsificar es un adorador. Adorar al Señor no significa cerrar los ojos y levantar los brazos para cantar muy emocionado y conmoverse en su sensibilidad humana, porque eso lo vemos a diario en las actividades de los inconversos en los conciertos musicales, en los eventos deportivos y hasta en las concentraciones políticas, también en los actos religiosos paganos de muchas tribus africanas.

Nunca esa emoción humana ha podido cambiar las vidas de nadie. Seguramente por este motivo somos testigos de muchos que visitan las iglesias, se emocionan hasta las lágrimas en una reunión, pero regresan a sus casas y vuelven a ser las misma personas iracundas, groseras, faltas de sensibilidad y de amor con sus propias familias, porque nunca han nacido de nuevo y no pueden dar los frutos del Espíritu, porque no lo poseen.

Dios se comunica con sus hijos a través de nuestro espíritu, no del alma. El alma es donde se encuentran nuestras emociones, y el inconverso muy a menudo puede, especialmente si se utilizan los ingredientes necesarios, caer en un estado emocional de anormalidad y enajenación. Pero el espíritu del hombre es el “transmisor” (por decirlo de algún modo) por medio del cual Dios se comunica con nosotros empleando su Santo Espíritu. Sólo a modo de referencia menciono que la enseñanza de la Biblia es que el hombre es un ser trino (1Ts.5: 23) “todo vuestro ser: espíritu, alma y cuerpo”.

La buena parte que escogió María no fue la de saltar, levantar los brazos, aplaudir o contornearse al ritmo de una melodía contagiosa, ni nada de aquello que caracteriza a los que participan de esas orgías emocionales. Ella simplemente estuvo recostada a los pies del Señor mientras su espíritu se impregnaba de la palabra de Cristo. Entonces exhaló ese olor gratísimo de la verdadera adoración que agrada al Señor, fruto del espíritu que está embelesado por su Amado, y no algo dirigido y controlado por elementos externos que el hombre ha añadido en el ambiente para estimular las emociones del alma.

Lo mismo podríamos citar del caso del apóstol Juan, cuando a la cena estuvo recostado sobre el pecho del Señor, o de Tomás, cuando cayó a los pies del Señor en adoración, al ver las heridas en Sus manos y Sus pies. Eso fue un fruto del espíritu que les llevó a adorar a su Señor y los inconversos no pueden imitar, porque no lo pueden ni entender.

Por sus frutos los conoceréis, simplemente se refiere a los frutos del Espíritu y no a las labores y esfuerzos humanos que el hombre pueda realizar. Dios es Espíritu, y solamente los que poseen realmente Su Santo Espíritu, pueden adorarle y dar frutos dignos de arrepentimiento.

Que el Señor nos dé más claridad para reconocer si nosotros tenemos esos frutos, para ser verdaderamente considerados como hijos de Dios, y que no nos suceda lo que le ocurrió a las vírgenes insensatas, que solamente se enteraron de su propia condición, cuando vino el esposo. Repase el fundamento de su fe ahora, cuando aún la puerta de la salvación permanece abierta. Amén, que así sea.

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