Sostened a los débiles










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Nº 16

Por Jack Fleming

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1 Ts.5: 14 “También os rogamos, hermanos, que amonestéis a los ociosos, que alentéis a los de poco ánimo, que sostengáis a los débiles, que seáis pacientes para con todos”.

Mucho se ha dicho, y hasta cantamos que somos soldados de Jesucristo, pero muchas veces pienso que somos el único ejército que mata a nuestros propios heridos.

Cuánto se ha escrito, hasta Hollywood se ha encargado de publicitar extensamente los actos heroicos de soldados que poniendo en peligro sus propias vidas, han cargado sobre sus hombros a compañeros heridos en el campo de batalla.

Estos hechos nos emocionan y nos conmueven intensamente. Pero lo que no deja de asombrarme, es que en el ejército del Señor, que supuestamente es movido por la fuerza del amor y la compasión, no se vean estos actos memorables de hazañas de hombres y mujeres osados y valientes que carguen a sus heridos.

La guerra es el acto de mayor brutalidad que la humanidad puede contemplar. Es cuando los hombres descienden a un nivel moral inferior al de las criaturas salvajes, pero lo asombroso es que precisamente allí, en ese pantano de putrefacción humana, que el compañerismo y el cuidado de la vida de sus camaradas alcanza su mayor plenitud, ¿por qué?

Seguramente que el hecho de encontrarse cara a acara con la muerte a cada instante, y saber que su propia vida depende del resto del batallón, le hace valorizar enormemente la vida de sus compañeros. Hoy cae uno y hay que cargarlo a cualquier precio, porque mañana puedo ser yo.

Probablemente eso es lo que nos falta a los soldados de Jesucristo, la conciencia plena de nuestra propia debilidad, que mañana podemos caer nosotros. Nos creemos tan santos que nos parece imposible que “nosotros” podamos caer. Y ese sentimiento de autosuficiencia es el que nos hace despreciar a los heridos en la batalla contra las fuerzas del mal.

Es un desprecio por los más débiles que se puede comparar al sentimiento Nazi que Hittler sentía por los menos válidos. Él ordenó matar a todos los enfermos mentales y aquellos que tuvieran una deformidad congénita.

Eso nos parece brutal y despiadado, pero cuantas veces los cristianos actúan con la misma monstruosidad y severidad, porque también se consideran parte de “la raza superior”.

El grado de hipocresía y ceguera espiritual que habían alcanzado los fariseos, se debió a ese mismo falso auto concepto de santidad que habían desarrollado. Eran religiosos, pero el Señor los calificó de sepulcros blanqueados, que por fuera a la verdad se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de inmundicia. La única forma para desarrollar la compasión por los más débiles, es conociendo nuestra propia debilidad.

El largo tiempo que el Señor me ha concedido aquí en la tierra, desde el día en que Su Gracia me alcanzó, me ha servido para reflexionar mucho sobre esta materia. El conocimiento que vamos adquiriendo de Dios, depende proporcionalmente a la forma que nosotros vamos disminuyendo en nuestros méritos personales.

No pretendo haber descubierto nada nuevo, porque ya Juan el Bautista lo dijo con mucho acierto: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe”. Pero quizás ahora he llegado a entender su verdadero significado. Mientras más conozco a Dios, comprendo mejor la infinita distancia que me separa de él.

Él, lleno de santidad y hermosura, yo, una vil criatura donde aún mora el pecado. Mientras más contemplo su hermosura, su luz me hace descubrir más profundamente mi humanidad. Cada día que busco su rostro, la distancia que me separa de él parece aumentar.

Antes esa sensación me llenaba de aflicción, pero ahora su Gracia me ha hecho comprender que lo único que puede unir esa distancia infinita, es la persona misma de Cristo, porque él es el único Camino, el único Puente que me une a su persona bendita. Por lo tanto ahora entiendo que cuando percibo que esa distancia crece, es porque Cristo está creciendo en mí.

Qué sensación más infinitamente gloriosa se descubre en Su presencia, pero esa misma luz radiante de Su Gloria y Santidad, es la que deja al desnudo el pecado que aún mora en mí. Y no solamente eso, sino que toda mi condición de mortal.

Antes me consideraba débil, ahora he comprendido que soy fuerte; pero toda mi fortaleza es empleada por mí para resistir Su voluntad. Lo bueno, si es que algo he realizado, es únicamente porque él puso el querer como el hacer, porque ¿quién ha resistido a Su voluntad?. Y todo lo malo que ejecuto, es debido a mis propias fuerzas.

Sí, soy fuerte, pero doy gracias a Dios porque él es infinitamente más fuerte que yo. Muchas veces me comparo al niño que camina tomado de la mano de su padre, el niño resiste por ir en otra dirección, pero es la fuerza superior del padre la que le hace continuar caminado junto a él.

Hermanos, que ninguno tenga más alto concepto de sí que el que debe tener. Si alguno cree tener un grado de santidad superior, eso es porque nunca ha estado cerca del Señor, y Su luz divina no ha puesto al descubierto su verdadera condición de pecador perdonado.

En la parábola de los dos deudores el Señor establece este principio, dice en Mt. 18: 33 “¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti?"

Cuán fuerte se escucha la voz del Señor cuando dice: “Misericordia quiero, y no sacrificio”. Él no quiere hombres y mujeres religiosos que se creen más santos que los demás. Él quiere “Misericordia”.

No se trata de ser tolerantes con el pecado, sino de amar al pecador. Amar, en el sentido bíblico, no es ser consentidor o indulgente, porque el verdadero amor disciplina. Inclusive el Señor siendo manso y humilde de corazón, condenó duramente a los religiosos de su tiempo hasta el grado que lo odiaron y planificaron su muerte en cruz. Pero el Señor quiere que si alguno de nosotros cae, los que estén más fuertes lo levanten y le ayuden a continuar hasta llegar a la gran ciudad celestial. No dejemos los heridos en el camino.

En Gal.6: 1 dice: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado”. El Señor no quiere que apliquemos sal ni limón sobre las heridas de un hermano, sino del aceite de Su Gracia balsámica que suaviza y cura.

No divulguemos las faltas de otros, porque el verdadero amor no actúa de esa forma. Si conoce algo de un hermano, llévelo hasta el trono de la gracia en sus oraciones para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.

¿Ha notado que un hermano ha dejado de venir a las reuniones? visítelo o a lo menos llámelo por teléfono para hacerle ver que realmente le echamos de menos. No sea curioso ni indague por qué no ha venido, si él quiere hacerlo lo hará, pero no llame para saber por qué no vino, sino para que sepa que lo extrañamos y le queremos.

Hemos de ser muy cuidados para no caer en lo que Pablo exhorta en 1 Tm.5: 13 “de andar de casa en casa, no solamente ociosas, sino que también chismosas y entremetidas, hablando lo que no debieran”. Palabras fuertes, pero no me avergüenzo de decirlas, porque son de la Palabra de Dios, quien conoce nuestros corazones.

“Restauradle” aquí equivale a que tomemos los heridos y no los abandonemos a su propia suerte. Los más fuertes deben llevar a los más débiles.

Nuestro versículo de 1 Ts.5: 14 comienza diciendo que amonestéis a los ociosos. Esta parte la dejaremos para otra ocasión, pero si alguno se encuentra sin saber qué hacer para servir al Señor, aquí ya he mencionado una labor muy importante que puede hacer: Orar por los más débiles, llamarle y mostrarle su afecto. Pero siempre recomiendo que sean las hermanas quienes llamen a las hermanas, y los hermanos a los varones.

Que el Señor nos dé gracia y fortaleza para cargar con los más débiles, para que ninguno quede tirado en el camino. Y tú, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo, Amén.

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