Buscando Su Rostro










N°109

Por Jack Fleming

Translate this page Nº 109.-"Looking for His Face"


Te glorificaré, oh Señor, porque me has exaltado y no permitiste que mis enemigos se alegraran de mí. A ti clamé e hiciste subir mi alma desde la profundidad de mi soledad.

Cuán grande es tu bondad, que has guardado para los que te temen, que has mostrado a los que esperan en ti, en este mundo donde los impíos en su iniquidad, solo buscan tesoros que un día vomitarán.

Sean avergonzados y confundidos los que de mi mal se alegrarían, aquellos que solamente buscan la destrucción de tu Santa Palabra, y sembrar nuevamente la oscuridad, para poder cosechar las riquezas que anhelan en su corazón.

Las rojas rosas palidecen, el silencio sin estrellas se estremece, las nubes yertas en la lejanía quiebran el corazón. Y yo en mi lírico afán de búsqueda de ese rostro amado, deshojo mis pétalos de nieve de mi corazón y caigo rendido ante tu presencia, doblegado por ese aroma célico y angelical.

Es entonces que los cálidos rayos del sol, rasgan las blondas de ese velo de tinieblas que había cubierto mi corazón, y que ahora descienden por la fúlgida región divinal.

Los volcanes que estremecían mi ser, desde lo más alto de los cirrus, son transformados cual clámide plomiza astral, en quietas aguas con olas de plata y azul, aguas puras sin murmullo.

Rayo de luna sobre las olas de blanco nenúfar inunda mi ser, por el cual puedo escalar hasta este lugar angelical. Logro escuchar en esta radiante extensión, a sublimes criaturas entonar la más dulce y delicada melodía de adoración, a la cual me uno con bucólico ardor.

¡Oh Señor! Al igual como tú mostraste a Jacob aquella escalera que llegaba hasta acá, de igual manera hoy comprendo, que nos has provisto de un puente divinal, que nos conecta hasta este lugar esplendoroso de tu morada celestial.

Y no podría ser otro que la misma cruz de Cristo, donde tu Hijo unió la tierra con lo más santo de tu creación. Si esto es sublime y excelso ¿Qué será lo que nos espera cuando nos traslades eternamente, con esos cuerpos de gloria, semejantes al del Señor?

En forma tenue hoy puedo comprender cuando Pablo dijo que en ese tercer cielo, oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar, porque mi vocabulario es insuficiente para expresar, lo que hoy inunda mi corazón.

Señor, tu amor ha traspasado de tal forma mi ser, que estoy impregnado de ti, porque me sedujiste y fui seducido; más fuerte fuiste que yo, y me venciste. Espejo de mi alma, sustento de mis alas, te entrego toda mi vida, porque solo a ti puede pertenecer.

Tu incienso místico me envuelve y me transforma en una lámpara taciturna, porque sé que no merezco tanta gracia y bendición, por mi condición de pecador. Derramo lágrimas que son de fruición, porque son perfume de mi corazón, que vierto a tus santos pies cual cáliz de adoración.

Pienso en ese costado santo del Señor que fue abierto para formar Su esposa amada, cuya herida hoy exhibe en Su cuerpo divino y eternal, como la joya más preciosa que adorna su Ser; esa llaga escarlata inmaculada, cual medalla de rubí que pudiera exhibir orgulloso sobre su pecho, un victorioso y gran General.

Recuerdo tus lágrimas cuando descendían como perlas sobre ese rostro angelical, que hicieron estremecer a todas esas criaturas que por siempre te adoraron desde su creación. Porque todos ellos contemplaban atónitos y sin comprender, dado que allá, en esas moradas divinas no se conoce llanto ni dolor.

Y al verte a ti Señor, autor y consumador de la vida, sufrir y morir, por la más despreciable de todas tus criaturas, fue un misterio que ni sus mentes excelsas pudieron comprender.

Hasta el sol se negó mirar esa escena cruel y ocultó su faz, puso tinieblas por cortina alrededor de sí, mientras un manto de oscuridad cubría este mundo atroz. La tierra fue conmovía y tembló, se estremecieron los cimientos de los montes y las rocas se partieron ante esa ignominia feroz.

No existe para mí, rostro más amado que el de mi Señor, que fue coronado de espinas por mi amor, pero hoy es ensalzado y adornado, de la corona más hermosa de la creación.

Fue por culpa de ese amor, que su puro corazón exprimió el zumo acedo del más intenso dolor. Ese amor sagrado es el que me cautivó y me arrastró con cuerdas de amor, hasta este lugar apacible y celestial, donde hoy yo derramo mis lágrimas de gozo y amor.

Cuando me encuentro en estas alturas, comprendo perfectamente lo que hubo en el corazón de Pedro, allá en el monte de la transfiguración, porque su único anhelo era permanecer en esa dulce comunión.

Pero tú le indicaste que era necesario descender, transitar por un tiempo más, en el árido desierto de este mundo, junto a la serpiente y el escorpión, para añadir más diademas a esa corona celestial.

Señor, anhela profundamente mi corazón, el día que nos llames a tu presencia y vengas por los frutos de la cruz. Ensanchaste mis pasos debajo de mí, y mis pies no han resbalado; mis ojos solamente están fijos, en las puertas de esa ciudad amada, la Nueva Jerusalén. Tal es la bendición de los que te conocen, de los que buscan tu rostro, oh Señor.


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