¿Qué debo hacer para ser salvo?


















N° 104


Por Jack Fleming

Translate this page Nº 104.- "What must I do to be saved?"



Cuando el hombre comprende que camina diariamente por un frágil puente quebradizo sobre el abismo del infierno, y que no necesita nada más que su propio peso para caer a ese lugar de condenación eterna, se pregunta tembloroso ¿Qué debo hacer para ser salvo?

Muchos son los que transitan por esa plataforma pútrida que se estremece bajo el peso de la muchedumbre que camina con indiferencia sobre ella, cegados por el jolgorio y los afanes de la vida, siguen alucinados la multitud que no percibe la fragilidad de su piso, de lo infinitamente aterrador que es el fondo de ese abismo que está bajo sus pies.

No comprenden que su diario caminar se desarrolla sobre una zona minada y que cada paso puede tener trágicas consecuencias en su vida, y lo que es peor aún, para toda una eternidad.

Desconocen que ellos arderían bajo el fuego de la Santidad y Justicia divina, si no fuera precisamente porque la gracia del Señor les permite seguir viviendo sin consumirse aún en el infierno, donde la llama nunca se apaga; para otorgarles el tiempo necesario para el arrepentimiento.

Cada día de nuestras vidas es un milagro, cada paso que damos es un portento. Cuantas veces nos maravillamos de conocer situaciones de otros semejantes que nos dejan perplejos, caminaban por la vida muy seguros y sin nada que hiciera presagiar un cambio turbador, pero en un instante sus vidas fueron alteradas radicalmente, y muchos otros son los que partieron a la eternidad sin poder aún despedirse de sus seres amados.

Así de inestable es nuestro paso por este mundo. Lo más estremecedor es que nadie puede conocer cuando llegará a su fin, porque el minuto siguiente no nos pertenece, sólo está en la mano de Dios.

¿Qué es lo que detiene el justo juicio divino sobre el pecador, como cayó en Sodoma y Gomorra? Solamente la Paciencia y Misericordia del Dios de Amor, pero hemos de saber con certeza plena, que la Justicia y Santidad del Creador no permitirán que esta condición se extienda eternamente, porque sus atributos no cambian y de igual manera que en los días de Lot dijeron ¡Basta! así también lo hará con nuestra generación.

Si el Señor te ha concedido un tiempo de reflexión y la luz divina te ha iluminado el camino por el cual transitas y cual será tu destino eterno, no desaproveches esta intervención de Dios en tu vida, porque podría ser la última oportunidad que te otorga.

El Señor nos dice que la humanidad ha entrado por la puerta ancha y transita por ese camino ancho que lleva al despeñadero, pero te hace llegar quizás la última llamada:

Mat 7:13 "Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella;
Mat 7:14 porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan".

En este punto de la revelación el inconverso dice: ¿Qué debo hacer para ser salvo? Todavía piensa que debe hacer algo, es incapaz de entender que no debe, ni puede hacer nada, porque ya todo está hecho.

Tal es la impotencia humana para hacer algo y rescatarse así mismo, que Dios define ese estado de limitación, como muerto. Nada más incapaz que un muerto para realizar esfuerzos y obras que puedan otorgarle vida, porque solamente la vida puede engendrar vida.

Ef. 2:1 "Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados".

La obra de la salvación de nuestras almas la realizó íntegramente el Señor Jesucristo, sin que nada le falte o se pueda añadir. Por este motivo cuando en la cruz del Calvario finalizó la obra de la redención, clamó a gran voz: "Consumado es". Y la tierra tembló, las rocas se partieron, hasta el sol escondió su rostro ante la magnificencia de esa obra que el Señor de la gloria había concluido en este mundo.

Pero el obcecado insiste en su testarudez: "Si un muerto viniere desde el más allá y me explicara lo que hay en esa eternidad, entonces creería". Lo más asombroso es que muchos autodenominándose "cristianos", ignoran voluntariamente que el Señor Jesucristo no solamente estuvo muerto, resucitó y regresó, sino que además es quien ha existido siempre.

Él, con su conocimiento divino, nos descorrió el velo de esa eternidad y nos describió lo que aguarda al ser humano después de la muerte. Nos enseñó con grandes detalles en Lc.16 que cuando morimos, en el instante mismo que nuestro cuerpo deja de funcionar, nuestra alma parte en plena consciencia a uno de esos dos lugares que se encuentran en la eternidad, el cielo o el lugar de tormento.

El Señor relata que ese rico que vivió en opulencia y las fiestas que su fortuna le permitía, cuando murió su cuerpo fue sepultado, pero inmediatamente cuando falleció, su alma partió en pleno estado de consciencia a ese lugar de tormento que su indiferencia y desenfreno lo arrojó. Allí también se le dijo que era imposible pasar de ese estado de condenación, al lugar donde llegó Lázaro y estaba Abraham.

Algunos piensan que este relato podría ser una parábola, pero lo cierto es que el Señor entregó sus enseñanzas a través de parábolas para revelarnos cosas celestiales, por lo tanto en nada quita la fuerza y solemnidad de esta indicación divina de lo que nos espera después de la muerte, porque este fue el propósito por el cual Cristo nos relató este episodio celestial.

Entonces el pecador que llega a reconocer su condición y el lugar que le aguarda después de su muerte, clama con angustia ahora, que todavía tiene la oportunidad para cambiar su destino eterno ¿Qué debo hacer para ser salvo?

Y la respuesta que Dios nos entrega por medio de Su Palabra es una sola: Hch. 16:31 "Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo". Hch. 4:12 "Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos".

Jn. 3:18 "El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.
Jn. 3:36 El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él".

El Señor Jesucristo nos enseña que no se debe esperar un tribunal para ser juzgado después de la muerte. Dice solemnemente que el pecador que rechaza o es indiferente para aceptar el regalo de la salvación: "Ya ha sido condenado".

Es acá en este mundo, durante nuestra vida terrenal, donde se decide eso tan trascendental que tiene consecuencias para toda la eternidad. Después de la muerte, cuando estén ante el Gran Trono Blanco que nos describe Dios en Apocalipsis 20:11-15, será solamente para mostrarles por qué fueron condenados y llegaron a ese lugar.

Allí no se escuchará ninguna voz de protesta o justificación que algunos necios levantan hoy, porque entonces todos caerán rendidos ante el peso de las evidencias cuando los libros, donde el Señor ha registrado las obras de cada uno, sean abiertos para probarles que la condenación que recibieron acá en la tierra, cuando además despreciaron la oferta divina de salvación, fue justa.

Dios les mostrará también el libro de la vida del Cordero, donde el nombre de ninguno de ellos se encuentra registrado, lo que significa que no merecen la salvación por sus propias obras, ni por la obra del Señor Jesucristo.

Hoy podrán cuestionar la Justicia divina considerando que no es justo un castigo eterno, pero hemos de recordar que no somos juzgados conforme a nuestra pobre justicia humana, sino por aquella que jamás cometerá injusticia, la de Dios.

Si Dios cometiera injusticia, dejaría de ser Dios, lo que equivaldría a negar la existencia de Dios. Si el estado de condenación no fuera eterno, tampoco podría existir tranquilidad y gozo pleno en el cielo, al considerar que esa condición también pudiera ser transitoria.

El pecador que no se arrepiente recibirá Justicia, y el que se arrepiente recibe Misericordia, nadie recibe injusticia, porque eso no existe en el carácter de Dios.

La Justicia divina es tan sublime y perfecta, que para poder perdonar al pecador envió a Su propio Hijo Unigénito para pagar lo que Dios había sentenciado: Rom 6:23 "Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro".

¿Por qué Cristo tuvo que morir para salvarnos? Porque ese era el juicio que pendía sobre nosotros por nuestros pecados, y para satisfacer las demandas de la Justicia divina, Cristo murió en el lugar que nosotros merecíamos.

¿Existe amor más sublime y glorioso que quién entrega a su propio Hijo para rescatar a los que se han declarado enemigos Suyos?

Col 1:21 "Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado
Col 1:22 en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él".

Alguien tenía que pagar, y fue Cristo quien se presentó en substituto nuestro para cancelar la deuda que nosotros habíamos contraído ante la Justicia del Dios infinitamente Santo.

¿Qué debo hacer para ser salvo? Creer y aceptar ese substituto divino que vino a este mundo en un cuerpo humano para morir en nuestro lugar. Pero ¿Qué significa creer? Porque la Biblia dice que hasta los demonios también creen, y tiemblan.

Stgo. 2:19 "Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan".

Creer en la existencia de Dios es algo que hasta los demonios hacen, pero muy diferente es "creer" para confiar en el Señor Jesucristo y aceptarlo como único y suficiente Salvador personal.

Aquel que cree de esa manera, que se deja conducir en los brazos del Señor, no solamente obtiene el beneficio de la redención, sino que además la seguridad de su salvación.

1Jn 5:10 "El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo; el que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo.
1Jn 5:11 Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo.
1Jn 5:12 El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida".

Y este testimonio que Dios nos entrega en Su Palabra, también es confirmado por medio del Espíritu Santo que viene a morar en cada hijo Suyo.

Rom 8:16 "El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios".

Si Ud. no tiene la seguridad de su salvación, le invito con mucho amor a repasar ahora el fundamento de su fe, antes que la puerta de la salvación se cierre y no tenga otra oportunidad para arreglar cuentas con el Dios Santo, que habrá de juzgar a los vivos y a los muertos.

¿Qué debo hacer para ser salvo? Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo eternamente, porque Dios ofrece gratuitamente para el pecador, vida eterna en Cristo Jesús. Amén, que así sea.

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