Por Jack Fleming










Capítulo 6

"Los israelitas tenían restricciones para llegar a la presencia de Dios. La iglesia tiene libertad".

Desde la creación del hombre Dios ha deseado mantener una relación directa con nosotros. Pero vemos que desde el día que el hombre pecó, se interpuso una barrera insoslayable entre él, el Santo, y nosotros los pecadores.

La reacción natural y espontánea del hombre, el día que pecó fue Gn.3:8 "se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto". Introduciéndose de este modo la muerte espiritual, que trajo como consecuencia lógica la muerte física.

Pero Dios no dejó al hombre indefinidamente en esta condición de pecado, que lo alejaba de Su presencia. El Ser Supremo proveyó para su criatura caída, túnicas que lo capacitaron para comparecer ante Dios (Gn.3:21).

Luego que concluyó la dispensación de la inocencia, el Señor en Su deseo de mantener un contacto directo con el hombre, introduce la dispensación de la Conciencia y de la Promesa.

En ambas, no solamente se destaca el gobierno humano; sino la característica de que el padre de familia pasa a ejercer funciones sacerdotales. Dios en Su Santidad, no podía mantener una comunión directa con todos los hombres, debido al pecado de éste.

El mundo siguió poblándose, y no solamente el número de habitantes se multiplicó, sino que también el pecado. Fue así como el pacto Edénico fue reemplazado por el pacto con Noé, que culminó con un juicio universal.

Al fracaso de éste, Dios en su infinita paciencia y misericordia, establece un nuevo pacto, ahora con Abraham, Gn.15:18 "En aquel día hizo Jehová un pacto con Abraham, diciendo: A tu descendencia daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el río Éufrates".

Una vez más, debido al fracaso del hombre, éste se pierde la bendición de Dios. Pero también ante cada fallo humano, vuelve a resaltar con mayor esplendor y nitidez la misericordia y paciencia del Señor, Rm.5:20 "cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia". Y fue así como estableció otro pacto, ahora con Moisés da inicio a una nueva dispensación, la de la ley.

Fue precisamente durante la entrega de esa ley, que el hombre se aterró ante la presencia de su creador y buscó un intermediario, Ex.20:18 "Todo el pueblo observaba el estruendo y los relámpagos, y el sonido de la bocina, y el monte que humeaba; y viéndolo el pueblo, temblaron, y se pusieron lejos. Y dijeron a Moisés: Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos, pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos".

El deseo de Dios era que todo el pueblo de la nación de Israel fueran sacerdotes, pero una vez más a consecuencia del pecado, ese privilegio recayó únicamente sobre la tribu de Leví.

Las demandas de la Santidad de Dios eran tan rigurosas, que si esos sacerdotes faltaban o cambiaban algunas de las ordenanzas divinas, eran castigados severamente; como se manifiesta en Lv.10 donde se relata el caso de los sacerdotes Nadab y Abiú, que pagaron con sus vidas su insensatez de cumplir con todas las demandas de sus ofrendas, pero fallaron en una, al ofrecerla con fuego extraño que Dios no había mandado.

El acceso al lugar más santo, o lugar santísimo, estaba limitado al sumo sacerdote; éste podía hacerlo únicamente una vez al año y no sin antes cumplir con una serie de ordenanzas, llevando toda su indumentaria.

Cuando comparamos estas restricciones que tenían los israelitas con la tremenda libertad que posee el cristiano, quedamos maravillados. Ese velo que separaba el lugar Santo del Santísimo y que impedía el libre acceso de los sacerdotes, Dios mismo lo rasgó de arriba abajo cuando el Señor Jesucristo murió en la cruz, dejando literalmente libre el paso para todos los sacerdotes a Su presencia.

Tan amplia y perfecta fue la ofrenda que Cristo presentó por nuestros pecados, que ahora no existe nada que se interponga entre Dios y los sacerdotes de la iglesia del Señor.

Rm.8:1 "ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús".
Heb.10:17-18 "y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones. Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado".
Col.2:13 "perdonándoos todos los pecados".

Habiendo Dios eliminado el juicio de todos nuestros pecados, debido a que Cristo pagó por ellos; ya no existe esa barrera que nos separaba de Su presencia.

Heb.10:19-20 "Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne". Añade en Heb.4:16 "acerquémonos, pues, confiadamente".

Cuando Cristo, con voz de triunfo, como literalmente dice la Biblia: "a gran voz, entregó Su espíritu", murió. Y para autenticar su muerte ante el mundo, vino el soldado romano con su lanza y traspasó el costado del Señor. Desde ese momento quedaba abierto el camino a la presencia de Dios.

Se cumplió lo que dice en Is.61:10 "En gran manera me gozaré en Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia".

Cada cristiano perdonado y salvado en la sangre del Señor, sabe perfectamente lo que dice Pablo en Rm.7:17 que aunque ahora somos hijos de Dios, reyes y sacerdotes; lamentablemente el pecado sigue morando en nosotros, porque hemos sido liberados del juicio del pecado y de la esclavitud de éste.

Pero el Señor nos ha revestido de Su manto de justicia y nos ve recubiertos de la santidad del Señor por medio de Su sangre bendita.

No es en nuestros méritos, que nada son, o como lo dice mejor el apóstol Pablo, nuestros méritos personales son como trapos de inmundicia. Dios nos acepta en la obra del Señor Jesucristo.


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