Preguntas Frecuentes

por Jack Fleming

N° 319

¿Cómo puedo saber que soy salvo y que me iré con el Señor cuando Él venga a buscar a los hijos de Dios? Porque muchas veces peco, aunque luego me duele y con lágrimas pido perdón al Señor.


RESPUESTA


Si decimos creer en Dios, obviamente que creemos en lo que Él ha dicho en Su Palabra, porque el mismo Señor ha dicho que Su Palabra es verdad, no la de los hombres. Y Dios nos revela en Su Infalible y eterna Palabra que nosotros podemos saber nuestra condición de creyentes, debido a que hemos nacido de nuevo, porque "creer en Dios" es algo que hasta los demonios hacen: (Stgo.2:19) "También los demonios creen, y tiemblan".

Los demonios no solamente creen en Dios, sino que además tiemblan. La Biblia dice que debemos "creer" en Dios, no como ellos lo hacen, creyendo solamente en la existencia de Dios, sino que nos exhorta a creer, es decir, confiar en el Dios Santo y Todopoderoso.

Los hijos de Dios somos todos los que hemos creído en el Salvador y hemos nacido de nuevo, porque el Señor ha sido muy claro en esta definición: Jn 3:3 "Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios".

Y los que hemos nacido de nuevo lo hemos hecho por el poder y el llamado directo del Dios de la gloria, que nos hizo nacer de nuevo por medio del Espíritu Santo que vino a morar en nuestros corazones el mismo día de nuestra conversión.

Porque pasamos a ser hijos de Dios por la obra poderosa e irrevocable del Espíritu Santo que nos dio vida cuando estábamos muertos espiritualmente, imposibilitados de poder hacer algo por nosotros mismos o tomar una iniciativa nuestra para obtener la salvación.

Ef 2:1 "Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados
Ef 2:5 aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos),
Ef 2:6 y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús"

La obra de nuestra conversión es íntegramente obra de Dios en los pecadores muertos y condenados por la Justicia divina. Él nos hizo nacer de nuevo, es decir, cambió toda nuestra vida y nos dio nuevos valores, pasamos a ser una nueva criatura. 2Co 5:17 "nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas".

Dios operó un cambio tan radical y profundo en nuestras vidas, que hasta los que pertenecen al mundo lo percibieron. Naturalmente que los más cercanos a nosotros fueron los primeros en notar ese cambio; nuestros familiares, amigos, compañeros, vecinos, etc. No tuvimos que preocuparnos de dejar a nuestras antiguas amistades, porque ellos nos dejaron a nosotros.

En este momento de nuestra conversión, Dios nos revela a través de Su Palabra y del Espíritu Santo que hizo esa obra poderosa en nuestros corazones, que ahora somos de Él, que pasamos de muerte a vida, del reino de las tinieblas al reino de la luz.

1Jn 5:13 "Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios".

Rom 8:16 "El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios".

¿Cómo un hijo de Dios puede estar seguro de su salvación? Primero, porque la Infalible Palabra de Dios así lo afirma, porque estas cosas fueron escritas en la Palabra de Dios: "para que sepáis que tenéis vida eterna (vida para siempre, para toda la eternidad)". Y porque el mismo Espíritu Santo lo confirma en nuestro propio espíritu: "El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios".

Luego de esta doble confirmación de parte de Dios, el Señor nos asegura que esa salvación que nos ha regalado, Él mismo se encargará de preservarla hasta el día que nos llame a Su presencia:

Filp 1:6 "estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo"

Es más, nos garantiza que estamos en Su mano poderosa desde donde nada ni nadie nos podrá arrebatar:

Jn 10:28 "y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.
Jn 10:29 Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre".Copiado ilegalmente de EstudiosMaranatha.com

Dios nos conoce mejor que nadie, porque Él nos conoció desde antes de crear los cielos y la tierra. El Eterno y Soberano Dios observó en Su Omnisciencia toda nuestra vida, desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte, incluyendo TODOS nuestros pecados, porque en ese punto cuando Dios soberanamente decidió nuestra salvación, TODOS nuestros pecados eran futuros, inclusive cuando Cristo murió en la cruz, todos nuestros pecados seguían siendo futuros.

Ef 1:4 "según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él,
Ef 1:5 en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad,
Ef 1:6 para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado"

2Ti 1:9 "quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos"

2Ts 2:13 "Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación"

Lo más asombroso es que Dios, conociendo toda nuestra vida y todos nuestros pecados que habríamos de cometer desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte, aun así nos amó y perdonó todos nuestros pecados, prometiendo nunca más volver acordarse de ellos.

Col 2:13 "Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados.

Heb 10:17 "añade: Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones.
Heb 10:18 Pues donde hay remisión de éstos, no hay más ofrenda por el pecado.
Heb 9:12 habiendo obtenido eterna redención"

Dios nos entrega un perdón amplio y eterno, eterna redención, para siempre. Y por si alguno dudare de ese perdón divino y de sus repercusiones eternas, el Señor escribe en Su Infalible Palabra, la cual no puede mentir, asegurando:

2Ti 2:13 "Si fuéremos infieles, él permanece fiel; Él no puede negarse a sí mismo".

En este punto es que los más obstinados que buscan interpretar y comprender con su propia mente carnal este precioso plan de la salvación diseñado por Dios desde antes de la fundación del mundo, razonan en su limitada inteligencia y conocimiento humano argumentando con la misma carnalidad de Nicodemo: "entonces pequemos y hagamos todo lo que se nos venga en gana, total, igualmente seremos salvos".

Estos desconocen voluntariamente que Dios nos ha dicho que nos ha transformado en una nueva criatura, donde todas las cosas viejas pasaron. Equivale al cambio maravilloso de la metamorfosis que Dios hace en el gusano, que luego deja de arrastrarse sobre el polvo, y en un milagro maravilloso lo transforma en una nueva criatura con atractivos colores y alas para que se remonte a las alturas y se alimente de una forma completamente diferente de las hermosas flores que ha provisto el Creador.

Si una mariposa pudiera volver a ser gusano, arrastrarse nuevamente sobre el polvo y alimentarse como antes, quizás podríamos pensar que el proceso de la conversión pudiera ser reversible, porque Dios dice que también nos habla por medio de su creación. Rm. 1:20 "Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa".

En la creación de Dios existen múltiples ejemplos que podría citar, incluyendo la materia inerte, como es el caso del negro y quebradizo carbón, casi sin valor comercial, pero después que el Creador lo depositó en las entrañas de la tierra y lo sometió a presiones y temperaturas especiales, el hombre extrae un mineral completamente diferente, de mucho valor y dureza como es el diamante. También es un proceso irreversible que no se puede reconvertir el diamante en carbón, como es el caso del creyente que recibió vida nueva y ahora tiene infinito valor para nuestro Padre celestial.

El Señor consigna en Su Palabra que el Omnisciente Dios conocía inclusive que aún después de nuestra conversión, volveríamos a pecar; porque la salvación que poseemos nos transforma en pecadores perdonados, no en personas que jamás volveríamos a pecar. Y si alguno dijera que ahora como creyente jamás peca, ya estaría pecando, porque estaría haciendo a Dios mentiroso, porque Juan escribiendo a los creyentes dice:

1Jn 1:10 "Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros.
1Jn 2:1 Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo".

El creyente verdadero es capaz de reconocer que el pecado continúa morando en él. Por lo tanto jamás se rodeará de esa falsa "santidad" que anhelan revestirse aquellos que creen que perderán su salvación el día que pecaren. Y pretenden (aunque sea públicamente) que ellos no pecan.

Lamentablemente mientras continuemos en este cuerpo de humillación donde aún mora el pecado, jamás dejaremos de pecar, únicamente lograremos ese grado de santidad cuando venga el Señor y nos entregue ese cuerpo de gloria semejante al Suyo que nos ha prometido.

Aún el gran apóstol Pablo debía decir para nuestra exhortación:

Rom 7:18 "yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo.
Rom 7:19 Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.
Rom 7:20 Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí".

Efectivamente, ahora somos hijos de Dios, hemos nacido de nuevo, pero el pecado continúa morando en nosotros. Por este motivo el Señor nos habla de la doble naturaleza que hoy poseemos, la espiritual y la carnal, la que alimentemos más será la que prevalecerá en nosotros.

Es nuestra responsabilidad cumplir con aquello que el Señor nos ha ordenado para nuestro bien:

Mar 14:38 "Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil".

Jn 5:39 "Escudriñad las Escrituras"

Y el resultado de esta perseverancia en la oración y estudio de la Palabra del Señor, será: Jn 7:38 "El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva".

Será una vida abundante de gozo y comunión con nuestro bendito Salvador. Pero como continuamos en nuestro cuerpo de humillación donde aún mora el pecado, muchas veces hemos de reconocer que lamentablemente el pecado todavía se manifiesta en nuestras vidas.

En esos tristes episodios de nuestras vidas es cuando el enemigo de las almas pretenderá ganar terreno en nosotros y atacará con todas sus fuerzas. Procurará introducir la duda en nuestra mente diciéndonos: "¿Cómo dices que eres hijo de Dios? Y mira cómo has pecado".

Nos revolcará en nuestra mente cada pecado que cometamos para hacernos dudar de lo que Dios nos ha dicho, que hemos sido redimido eternamente (Heb 9:12 "habiendo obtenido eterna redención"), que Dios nos ha asegurado que tenemos ahora, no mañana en tiempo futuro, o en modo condicional como si la salvación dependiera de nosotros diciendo "tendría". La bendita promesa de Dios es que: (Jn 6:47) "De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene (ahora) vida eterna", vida para siempre, para toda una eternidad.

Esto es lo que Dios nos asegura y no debemos dar cabida al diablo cuando al igual que a Eva, nos puede decir: "¿Con que Dios os ha dicho?". No escuchemos sus argumentos, porque en el momento mismo que dialoguemos con el enemigo o con sus agentes acá en la tierra, estaremos contaminando nuestro corazón con la duda que nos inyectará.

La verdad doblemente confirmada por los mismos labios del Señor es: "De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, TIENE (ahora) vida eterna", para toda la eternidad, para siempre. Pero estos tristes incidentes de nuestra vida cuando pecamos, lejos de escuchar la voz del enemigo para hacernos dudar de nuestra salvación eterna, debemos considerar que sí, efectivamente pecamos, pero el dolor que ahora nos produce una vez que hemos caído, es una confirmación más que verdaderamente somos hijos de Dios, porque antes de nacer de nuevo pudimos cometer el mismo pecado, pero continuábamos indiferentes con nuestra vida de pecado, hoy el pecado nos produce aflicción y pesar, angustia y arrepentimiento en nuestro corazón.

Este dolor que sentimos cada vez que pecamos, es obra del Espíritu Santo que mora en nosotros. Él nos constriñe para llevarnos al arrepentimiento a los pies del Señor y hacernos confesar nuestro pecado.

Ef 4:30 "no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención".

Rom 2:4 "¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?"

En consecuencia, nunca hemos de dar oportunidad a Satanás para que manipule nuestros pensamientos y nos haga dudar de nuestra salvación y condición eterna de ser un hijo de Dios, que hemos sido sellados con el Espíritu Santo como una marca indeleble, que nada ni nadie jamás podrá borrar.

Le puedo asegurar por medio de la Infalible Palabra de Dios, que en el infierno no se encontrará nunca un hijo de Dios que ha sido sellado con el Sello del Espíritu Santo, porque ese sello divino que no se puede borrar, nos garantiza por toda una eternidad que nuestra condición de hijo de Dios y nuestra salvación, es eterna, y que cuando Él venga a buscar los frutos de la cruz, nos iremos con nuestro bendito Salvador a las moradas que nos fue a preparar.



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