Preguntas Frecuentes

por Jack Fleming

N° 201

Un testimonio extraordinario.

Me encontraba cumpliendo con mis deberes militares del ejército de mi país (1), cuando Dios impactó mi corazón de una forma estremecedora. Estaba al mando de un grupo de soldados, cuando enceguecido por mi fanatismo y abusando del poder que mi rango me otorgaba, ordené que ejecutaran a un joven cuya fe era contraria a mis principios.

Fue la forma como esa persona enfrentó la muerte, y luego cuando mis camaradas de armas y la turba enfurecida que lo había linchado pusieron a mis pies sus despojos, que sentí el peso de la gravedad de lo que yo había ordenado y permitido (2).

Creo que eso marcó mi vida, luego cuando iba en una misión al extranjero sucedió lo que definitivamente cambió todo mi ser. Fue durante ese viaje cuando el Señor habló directamente a mi corazón y no pude resistir su mirada de amor.

En un instante el Señor me hizo comprender mi condición de pecador perdido, pero al mismo tiempo me ofreció el regalo de la salvación eterna. Todo eso llenó mi alma de un gozo muy difícil de explicar, que necesité de tres días para reponerme del efecto de ese encuentro y aclarar mis ideas para decidir qué iba hacer con mi vida (3).

Fue entonces que decidí abandonar mi carrera de armas y dedicarme a predicar el evangelio de Jesucristo (4), permanecí en ese país durante 3 años testificando de mi fe y hablando de la gracia divina (5). Fue un tiempo muy difícil, porque incluso mis hermanos en la fe desconfiaban de mí debido a mi conducta anterior cuando servía en el ejército (6).

Debido a que me enteré de un plan de parte de los líderes religiosos más influyentes de esa nación, que habían decidido asesinarme (7), es que finalmente emigré a otro país.

A partir de ese momento mi vida se transformó en un eterno peregrinar. Tuve que enfrentar muchos sinsabores, incluyendo la incomprensión de mis hermanos en la fe. Pero nunca me sentí abandonado por Dios, muy por el contrario, siempre gocé de Su presencia que me fortalecía en mis angustias.

Recuerdo como el Señor en Su gracia infinita me utilizó para que una mujer muy próspera y comerciante exitosa en su ciudad, conociera y aceptara a Cristo como a su Salvador personal, ella y su familia (8).

Prontamente comenzaron a realizarse reuniones en su casa, porque toda la familia estaba llena del gozo del Señor y disponían de una enorme vivienda que acomodaron para realizar reuniones en su hogar ((9). Ese lugar llegó a transformarse en un verdadero oasis para mí en medio del desierto y necesidades que me tocó vivir (10).

Muchas veces cuando mis fuerzas y recursos estaban agotados, Dios utilizó esa iglesia que funcionaba en esa casa para traer alivio a mi vida (11). Porque nunca quise ser gravoso a ninguna iglesia, muchas veces trabajé con mis propias manos (12) para cumplir con mis principios de no depender económicamente del trabajo de otros, ni aceptar ofrendas de iglesias que andan desordenadamente y lejos de las enseñanzas de Cristo (13).

Dios me honró grandemente con el don de lenguas, porque sin esa bendición divina, jamás habría podido llevar el evangelio a tantos países con culturas e idiomas diferentes, me hubiera sido imposible aprender con sabiduría humana tantas lenguas diferentes. Doy gracias al Señor que hablo muchos idiomas más que el común de los hermanos (14).

Recuerdo por ejemplo cuando iba en una embarcación en alta mar y nos sorprendió una tormenta, naufragamos y llegamos a una isla donde pude comunicarme inmediatamente con los nativos del lugar, sin haber escuchado anteriormente esa lengua, todo esto para sorpresa de mis acompañantes y para la gloria de Dios (15).

Pero en mi vida de servicio pude comprobar que mientras más fidelidad y consagración tenía para con mi Señor, mayores eran las pruebas. Era como si Dios quisiera templar a mayores temperaturas el acero más fuerte para realizar las labores especiales. Como dijo nuestro amado apóstol Pedro:

1Pe 4:12 "Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese
1Pe 1:7 para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo".

Muchas pruebas, injusticias y tribulaciones tuve que enfrentar en mi vida de servicio para mi Señor, porque todo ese engaño de aquel "otro evangelio", el de la prosperidad, es un engaño de Satanás y de los pastores que por lucro están al servicio del enemigo de las almas (16).

1Ti 6:5 "hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que toman la piedad como fuente de ganancia; apártate de los tales".

Porque he sufrido las humillaciones más terribles, torturas e injusticias en prisiones por amor a mi Señor. Y no he llegado a las cárceles por cometer algún delito penado por la ley, como algunos que se vanaglorian de haber estado en esos lugares inmundos y omiten decir que estuvieron allí porque sus actos lo ameritaban.

1Pe 4:15 "Así que, ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhechor, o por entremeterse en lo ajeno;
1Pe 4:16 pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello".

Muchas veces he estado en peligros de muerte, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez; y además de otras cosas, lo que sobre mí se agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias. ¿Quién enferma, y yo no enfermo? (17)

Sí, también he padecido enfermedades, y no ha sido por falta de fe como aseguran los curanderos, sino que las he aceptado como pruebas de Dios conforme a sus planes eternos.

Gal 4:13 "Pues vosotros sabéis que a causa de una enfermedad del cuerpo os anuncié el evangelio al principio;
Gal 4:14 y no me despreciasteis ni desechasteis por la prueba que tenía en mi cuerpo, antes bien me recibisteis como a un ángel de Dios, como a Cristo Jesús".

Todo lo he sufrido por amor a mi Señor, y no me quejo, sino que con gozo espero la corona que Dios ha preparado para todos los que con temor y fidelidad hemos servido al Señor. Porque sé que mi recompensa está en los cielos y no en esta vida terrenal, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan (18).

Saulo de Tarso.




(1) Hch. 22: 27-28
(2) Hch. 7: 58
(3) Hch.9: 9-17
(4) Hch.9:20
(5) Gál. 1: 17-18
(6) Hch. 9: 21
(7) Hch. 9:23
(8) Hch. 16: 14-15
(9) Filp. 1: 1
(10) Fil.4: 12
(11) 2Cor.11: 9
(12) Hch.18: 3
(13) 2Ts.3: 6-8
(14) 1Cor.14: 18
(15) Hch.28: 7
(16) Jud.1: 11
(17) 2Cor.11: 26-29
(18) Mt.6: 19



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