Cantar de los Cantares



MENSAJE N ° 8

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Cant. 5: 6 - 16

"Abrí yo a mi amado, pero mi amado se había ido, había ya pasado, y tras su hablar salió mi alma.
Lo busqué, y no lo hallé, lo llamé, y no me respondió. Me hallaron los guardas que rondan la ciudad, me golpearon, me hirieron, me quitaron mi manto de encima los guardas de los muros.
Yo os conjuro, oh doncellas de Jerusalén, si halláis a mi amado, que le hagáis saber que estoy enferma de amor".

Las amigas le dicen: "¿Qué es tu amado más que otro amado, oh la más hermosa de todas las mujeres? ¿Qué es tu amado más que otro amado, que así nos conjuras?"
La esposa responde: "Mi amado es blanco y rubio, señalado entre diez mil. Su cabeza como oro finísimo, sus cabellos crespos, negros como el cuervo. Sus ojos, como palomas junto a los arroyos de las aguas, que se lavan con leche, y a la perfección colocados. Sus mejillas, como una era de especias aromáticas, como fragantes flores, sus labios, como lirios que destilan mirra fragante. Sus manos, como anillos de oro engastados de jacintos, su cuerpo, como claro marfil cubierto de zafiros, sus piernas, como columnas de mármol fundadas sobre basas de oro fino, su aspecto como Líbano, escogido como los cedros. Su paladar, dulcísimo, y todo él codiciable.
Tal es mi amado, tal es mi amigo, oh doncellas de Jerusalén".

En el verso dos, ella se ha referido a un sueño inquietante: "Yo dormía, pero mi corazón velaba". Y es posible que en el verso 5 donde iniciamos nuestra lectura, ella escuchara en sueños la voz de su amado: "Mi alma salió en su hablar... Al escucharlo se me escapa el alma".

Se ha producido nuevamente una separación con su amado, ella se inquieta y alarma. Anteriormente ella había perdido su presencia palpable, pero ahora su angustia era de una naturaleza espiritual intensa, es el esposo quien ocupa su corazón, y no las dádivas que él le había proporcionado.

Por alguna razón, ella siente un agravio consigo misma, porque la fuerza de su espíritu no es más fuerte que su fuerza exterior. Siente que es su responsabilidad que no pueda ver el rostro de su amado.

En su desconsuelo salió en busca de él: "Lo llamó, y él no respondió". Parecía que sus oraciones eran inútiles. A ese grito de angustia, acudieron los guardas que rondan la ciudad, pero ellos no solamente no supieron cómo ayudarla, sino que peor aún, la hirieron.

Decíamos que estos guardas representan a los líderes religiosos. Ellos no supieron indicarle el camino correcto, y es más, seguramente la reprocharon con palabras hirientes que le causaron gran dolor.

Con justa razón nos advierte Dios en Col.4: 6 "Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno".

Estos hombres que se suponía que estaban para ayudarla, no solo la golpearon hiriéndola, sino que le quitaron su manto con el que se cubría, dejándola expuesta a la humillación y al escarnio público.

Que triste es cuando sabemos de un fracaso de un hermano, y nos encargamos de publicarlo con un placer morboso que se refleja en la sonrisa de nuestro rostro, en vez de llevarlo secretamente en oración a la presencia del Señor.

Estos guardas la trataron con impiedad y brutalidad, quitándole su manto y exponiéndola a la vergüenza pública. Cuando no encontró la ayuda que necesitaba entre los líderes religiosos, se vuelve hacia aquellos que eran de un nivel espiritual más bajo que ella.

En su angustia pensó que las hijas de Jerusalén podrían al menos simpatizar con ella, aunque estaba consciente de la falta de madurez que tenían, porque con un tono de duda les dice: "si halláis a mi amado", ella abrigaba la esperanza que al menos estas doncellas oraran por ella.

Su grito de angustia fue: "estoy enferma de amor". Esta enfermedad se debía a su profunda hambre y sed por el amor de su esposo.

"¿Qué es tu amado más que otro amado, oh la más hermosa de todas las mujeres? ¿Qué es tu amado más que otro amado, que así nos conjuras?".

Ellas eran de un nivel espiritual muy pobre, pero tenían la capacidad para reconocer que ella era "la más hermosa de todas las mujeres". Aun dentro de su mediocridad, podían ver la belleza espiritual de ella; su belleza no podía desaparecer, porque ella poseía una belleza que no se marchita.

Pero estas doncellas no conocían a Cristo, ellas no tenían la espiritualidad ni el amor de la esposa, por esta razón lo comparan con otros. Para los que somos de él, Cristo no se puede comparar con ningún otro.

Ellas, sorprendidas por la angustia que afligía a la doncella, le preguntan ¿Qué has visto de extraordinario en él, para que nos supliques con tanto dolor para que te ayudemos a encontrarle?

Esto le da a la sulamita una magnífica oportunidad para describir en detalle las características de su amado: "Mi amado es blanco y rubio, señalado entre diez mil".

Habla de su hermosa santidad. Sl. 110: 3 "En la hermosura de la santidad". Este atributo divino es el que envuelve a todos los demás, y es el que le otorga la belleza sin igual que es única de él.

"Blanco", pero no un pálido de muerte, es blanco rubio. Su cutis es blanco y sonrosado, como el de los que llevan una vida al aire libre.

"Su cabeza como oro finísimo". Esto nos habla de su divinidad, porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad. Él fue establecido por Dios como Cabeza sobre todas las cosas.

"Sus cabellos crespos, negros como el cuervo". En él no se ve ni un solo cabello blanco, porque Jesús es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.

"Sus ojos, como palomas junto a los arroyos de las aguas, que se lavan con leche, y a la perfección colocados". La expresión de los ojos es para aquellos que han estado muy cerca de él, aquí vemos la cercanía que ella había disfrutado junto a su amado.

Se había deleitado contemplando su rostro y cada expresión de él. Ahora puede detallar con mucha precisión sus ojos, los cuales los compara como a palomas junto a los arroyos.

No podemos dejar de relacionarlo con el descenso del Espíritu Santo sobre el Señor Jesucristo cuando estaba en las aguas del Jordán.

"Junto a los arroyos de las aguas". Nos indica la refulgencia de sus ojos que se iluminaban con tierno afecto. Seguramente recordamos esa mirada del Señor que hizo estremecer y llorar amargamente a Pedro, cuando éste se hallaba en el patio del sumo sacerdote y negó al Señor.

"Sus mejillas, como una era de especias aromáticas como fragantes flores". Para su amada, sus mejillas eran muy delicadas y de gran estima.

En cambio para el pecador ciego y miserable, fueron motivo de escarnio. Dice en Is.50: 6 "Di mi cuerpo a los heridores, y mis mejillas a los que mesaban la barba, y no escondí mi rostro de injurias y de esputos".

El Señor sabía exactamente a los sufrimientos y humillaciones que sería expuesto, pero nada le detuvo en su firme determinación de venir a este mundo para culminar la obra de nuestra redención.

Confirma el evangelio de Mateo el cumplimiento de esa profecía: "Y escupiéndole, tomaban la caña y le golpeaban en la cabeza", porque le habían colocado una corona de espinas, y con esos golpes la enterraban en su cabeza para aumentar el tormento.

Pero los que le amamos, sus mejillas son como "era de especias aromáticas, como fragantes flores".

"Sus labios, como lirios que destilan mirra fragante". En cierto modo los lirios nos hablan de su realeza. En el evangelio de Mateo nos dice: "Considerad los lirios del campo... ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos".

Sus labios, como lirios que destilan mirra fragante. Cuan dulces fueron las palabras que destilaron de los labios de Jesús, que hasta sus enemigos tenían que reconocer: Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre.

Como dijo el salmista: "La gracia se derramó en tus labios". La mirra no solo indica la fragancia de su gracia, sino también su identificación con la muerte.

"Sus manos, como anillos de oro engastados de jacintos". Nos habla de su realeza y poder. Él murió, no porque hombres impíos así lo dispusieron, sino porque él mismo lo determinó, Jn.10: 18 "Nadie me la quita, sino que yo de mi mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar".

"Su cuerpo, como claro marfil cubierto de zafiros". Entre todas las joyas preciosas, solo el marfil es vivo y producto del dolor. Nos recuerda que su amor es algo vivo, y fruto del sufrimiento que lo llevó hasta el Calvario.

"Sus piernas, como columnas de mármol fundadas sobre basas de oro fino". Habla de su estabilidad, él es la Roca de los siglos. El mármol, por su blancura, nos habla de su pureza y santidad.

Apoyada sobre basas de oro fino, nos recuerda su divinidad. Que segura está la iglesia que descansa sobre tal solidez y poder.

"Su aspecto como el Líbano, escogido como los cedros". El cedro es imponente y se remonta por sobre todos los árboles. Así es nuestro Señor, señalado entre diez mil; sólo él se remonta hasta las alturas de la santidad divina, porque únicamente él es Dios.

Añade: "Su paladar, dulcísimo, y todo él codiciable". Al compararlo con un árbol y asociarlo con su dulzura, nos recuerda las aguas amargas de Mara, donde Dios probó a su pueblo Israel y le ordenó introducir en esas aguas amargas un árbol que Dios señaló, y al instante las aguas se endulzaron.

Esa ha sido la experiencia de los hijos de Dios, cuando nos hallamos en pruebas y amarguras, introducimos en ellas la cruz de Cristo, y al instante son endulzadas, porque él es dulcísimo.

Con profunda admiración concluye esta alabanza llena de amor y fascinación por su amado: "Tal es mi amado, tal es mi amigo, oh doncellas de Jerusalén".

Me preguntasteis que tiene de especial mi amado, y les he dado solo algunas reseñas, por qué él es tan especial para mí.

Cuan diferente es la alabanza aquí descrita, con la practicada tan recurrentemente en nuestros días por los así llamados "cristianos modernos", cargados de emocionalismo y avivados artificialmente con música de ritmos del mundo, aplausos, saltos y gritos.

Creen que alabar es caer en estados de histeria donde se drogan con adrenalina. Esas orgías emocionales están muy lejos de la auténtica alabanza espiritual, que nos describe la Palabra del Señor de un verdadero hijo de Dios.

Aquí vemos que alabar es abrir nuestros corazones, para que la fragancia del espíritu nos remonte plácidamente a las alturas de su santidad, hasta donde habita Dios mismo.

Los carnales desprenden olor a sudor, pero los que son guiados por el Espíritu Santo para alabar al Dios de orden y santidad, exhalan quietamente, embelesados en su presencia, ese aroma del espíritu que agrada al Señor, semejante al de esta sulamita, o a María cuando estuvo a los pies de Jesús.

Que el Señor quebrante nuestros corazones, para que el Espíritu pueda salir del encierro que le hemos sometido, y así nuestras vidas y nuestro hogar puedan llenarse de ese incienso aromático. "Y la casa se llenó del olor del perfume".
Que así sea.



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