Cantar de los Cantares



MENSAJE N ° 6

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Cant. 4: 1 - 6 "He aquí tú eres hermosa, amiga mía, he aquí que tú eres hermosa; tus ojos entre tus guedejas como de paloma, tus cabellos como manada de cabras que se recuestan en las laderas de Galaad.
Tus dientes como manadas de ovejas trasquiladas, que suben del lavadero, todas con crías gemelas, y ninguna entre ellas estéril.
Tus labios como hilo de grana, y tu habla hermosa.
Tus mejillas, como cachos de granada detrás de tu velo.
Tu cuello, como la torre de David, edificada para armería, mil escudos están colgados en ella, todos escudos de valientes.
Tus dos pechos, como gemelos de gacela, que se apacientan entre lirios.

Ella contesta: "Hasta que apunte el día y huyan las sombras, me iré al monte de la mirra y al collado del incienso".


Considerábamos en el pasaje anterior que ella se prendió fuertemente de él y lo llevó hasta la casa de su madre, porque su amor todavía no había madurado.

Parece ser éste el motivo por el cual él exterioriza su amor con tanta vehemencia. Le expresa su profundo amor y gran admiración por ella. "Tú eres hermosa".

Hoy en día, la iglesia, el conjunto de salvados en la sangre preciosa de Cristo, es de gran belleza para él, como una perla de gran precio.

Pero no hemos de olvidar que para llegar a ser una hermosa y preciada perla, originalmente fue un minúsculo grano de arena sin valor ni belleza que se incrustó en un ser vivo.

Y ese molusco para protegerse del cuerpo extraño que hería sus delicadas membranas, comenzó a segregar una sustancia que lo envolvió gradualmente hasta desaparecer esas aristas punzantes que la dañaban, para dar forma y valor a una hermosa perla de gran precio.

La iglesia es hermosa y muy preciada para el Señor, pero jamás hemos de olvidar que no éramos más que un grano de arena sin valor y que heríamos la Santidad de Dios. Todo el valor que tenemos, fue añadido por él.

Cuan literal resulta ver, que no fueron los latigazos que abrieron las carnes del cuerpo santo del Señor, ni la corona de espinas, ni la lanza del soldado que abrió su costado, sino nuestros pecados.

En ese proceso célico nos fue envolviendo en su amor, santidad y perdón divino, que nos revistió de su gracia divina hasta transformarnos en algo de gran belleza y valor para Dios.

"Tus ojos entre tus guedejas como de paloma". La paloma tiene una visión que le permite ver una sola cosa, y en ese sentido es figura del Espíritu Santo. El que tiene esa visión espiritual, puede ver solamente a Jesús, pero estos ojos están entre guedejas, escondidos tras su exuberante cabellera.

El mundo no puede ver lo que ella ve, ni cómo ve, porque esos hermosos ojos están reservados solamente para el deleite de su amado. También la alusión a su cabello, nos habla de su obediencia y sumisión a la voluntad divina, como nos indica 1 Cor.11 : 15.

"Tus dientes como manadas de ovejas trasquiladas, que suben del lavadero". El cumplido hace referencia a la perfección y blancura de ellos.

Dios nos ha provisto en Su Palabra de abundante alimento para nuestro desarrollo espiritual, pero éste es para los que han alcanzado madurez, no para los bebés en Cristo.

Ellos también disponen de la leche espiritual en sus biberones, pero para los que ya disponen de dentadura de adulto como a él le agrada ver en su esposa, ha dispuesto alimento sólido y nutritivo.

"Tus labios como hilo de grana, y tu habla hermosa". Resalta la hermosura de su boca y de su hablar. Esto nos recuerda lo que dice en Rm.10: 9 "que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo".

La boca que confiesa y alaba al Señor, es muy hermosa para Dios. En Ef.5: 19 añade: "hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor con vuestros corazones".

De la abundancia del corazón habla la boca, y el corazón que está rebosante de Cristo, hablará de él, entonará himnos y cánticos espirituales que le agradan a él. No los que nos agradaban a nosotros cuando pertenecíamos al mundo.

"Tus mejillas". Por rosadas, las compara a dos mitades de grada; una expresión muy común en la poesía oriental. Las mejillas despliegan la belleza del rostro, y son las que primeramente revelan las emociones.

Con cuanta propiedad se ha dicho que el rostro es el espejo del alma, un alma reseca carente de amor y sensibilidad, es fácilmente detectada en el rostro de esa persona. Pero al resaltar la hermosura de su rostro, lo hace porque Dios conoce nuestra alma, lo profundo de nuestro ser.

"Tu cuello, como la torre de David". Un cuello alto y erguido, nos habla de alguien distinguido. Su esposa no es encorvada, destaca su dignidad real, sugiere la rectitud en su mirada, la hidalguía que confiere saberse hija de Dios y templo del Espíritu Santo.

Al mencionar: "como la torre de David, edificada para armería, mil escudos están colgados de ella, todos escudos de valientes". Resalta que aunque se ha visto presionada en muchas batallas contra el mundo, ella sigue enhiesta, porque es "más que vencedora".

Pero al mismo tiempo le recuerda por los escudos de los valientes, que su triunfo y victoria no se debe a ella, sino a aquel por cuya victoria quedó vencido nuestro enemigo.

"Tus dos pechos". El pecho es el asiento de nuestras emociones, allí descansa nuestra fe y amor, que constituyen el único medio por el cual somos unidos al Señor. Dios considera que para que haya belleza, la fe y amor han de ser gemelos, es decir, deben crecer juntos a igual proporción.

En Gál.5: 6 nos resalta "la fe que obra por el amor". Y en 1 Tm. 1: 5 dice: "el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida". En el vr. 14 agrega: "La gracia de nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús".

Muy hermosa es para el Señor, la fe y el amor cuando ambos han crecido juntos a un mismo nivel en el creyente. No puede haber belleza espiritual en el cristiano, si ambos no se han desarrollado como "gemelos de gacela". Deben florecer en pureza y santidad, juntos entre los lirios donde el Señor apacienta su rebaño.

"Hasta que apunte el día y huyan las sombras, me iré al monte de la mirra, y al collado del incienso". Ella hace una breve interrupción, para decir que cuando sople la brisa y huyan las sombras a la puesta del sol, desea retirarse por unas horas para impregnarse de la fragancia del perfume campestre, al monte de la mirra.

Indudablemente que ha habido un pequeño progreso espiritual en ella. Ahora habla menos de sí misma, y está más dispuesta a escuchar a su amado.

El creyente que es niño en Cristo, siempre está hablando de sus propias emociones y experiencias, en cambio el que ha alcanzado madurez, su enfoque no está en sí mismo, sino en su Señor.

Otra muestra de su desarrollo espiritual, está en que ahora ella reconoce sus propias limitaciones, sabe que hasta que huyan las sombras, el único refugio está en el monte de la mirra.

Estamos en un cuerpo que es templo del Espíritu Santo, pero bien sabemos que el pecado sigue morando en nosotros.

Pablo lo expresó magistralmente en Rm.7: 18 "Yo sé que en mi, esto es, en mi carne, no mora el bien, porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo, y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Miserable de mí ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios por Jesucristo Señor nuestro".

Gracias doy al Señor que puedo acudir al monte de la mirra. Estas sombras que nos envuelven se irán disipando hasta que por fin, cuando alumbre el día glorioso de nuestro encuentro con Cristo en la Gloria, nosotros recibamos un cuerpo de gloria semejante al del Señor; entonces lograremos nuestra plenitud. Pero hoy, podemos disfrutar de este gratísimo lugar del monte de la mirra.

También en Col. 3: 10 dice: "habiéndonos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestidos del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó, se va renovando hasta el conocimiento pleno".

Esta renovación durará hasta que alumbre el día glorioso de la venida del Señor, mientras tanto, nuestro único refugio es el monte de la mirra junto a la cruz de Cristo.

En 2 Cor.3: 18 dice: "Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor".

La doncella estaba consciente de esa necesidad, y que el día perfecto aún no amanecía. Pero se confortaba en el monte de la mirra y el collado del incienso.

El monte Calvario fue desde donde subió el perfume de más grato olor para Dios, y ella desea embriagarse de esa fragancia.

En la contemplación más profunda de los sufrimientos y muerte del Señor, es que logramos liberarnos de nuestra carne que nos ata a este mundo, para elevarnos a las alturas de Su presencia divina, y conseguir una unión más plena y perfecta con Cristo.

No nos conformemos con unas débiles gotas de ese perfume, acudamos a disfrutar del torrente que emana desde el monte de la mirra. Y esos dulces aromas transformarán nuestras vidas, nos revestirán de su hermosura y nos impregnarán de su fragancia.

Acudamos con mayor frecuencia a esas alturas, contemplemos al Señor en su muerte. Miremos al sol esconder su rostro, la tierra temblar y las rocas partirse. Observemos sus heridas, y tan solo entonces arderán nuestros corazones y caeremos a sus pies exclamando: "Señor mío, y Dios mío".




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