Cantar de los Cantares



MENSAJE N ° 4

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Cant.2: 10 - 3: 5 "Mi amado habló, y me dijo: Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven. Porque he aquí ha pasado el invierno, se ha mudado, la lluvia se fue; se han mostrado las flores en la tierra, el tiempo de la canción ha venido, y en nuestro país se ha oído la voz de la tórtola.
La higuera ha echado sus higos, y las vides en cierne dieron olor, levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven.
Paloma mía, que estás en los agujeros de la peña, en lo escondido de escarpados parajes, muéstrame tu rostro, hazme oír tu voz, porque dulce es la voz tuya, y hermoso tu aspecto. Cazadnos las zorras, las zorras pequeñas, que echan a perder las viñas, porque nuestras viñas están en cierne.
Mi amado es mío, y yo suya, el apacienta entre lirios.
Hasta que apunte el día, y huyan las sombras, vuélvete, amado mío, sé semejante al corzo, o como el cervatillo sobre los montes de Beter.
Por las noches busqué en mi lecho al que ama mi alma, lo busqué, y no lo hallé. Y dije: Me levantaré ahora, y rodearé por la ciudad, por las calles y por las plazas, buscaré al que ama mi alma, lo busqué, y no lo hallé.
Me hallaron los guardas que rondan la ciudad, y les dije: ¿Habéis visto al que ama mi alma?
Apenas hube pasado de ellos un poco, hallé luego al que ama mi alma, lo así, y no lo dejé, hasta que lo metí en casa de mi madre, y en la cámara de la que me dio a luz.
Yo os conjuro, oh doncellas de Jerusalén, por los corzos y por las ciervas del campo, que no despertéis ni hagáis velar al amor, hasta que quiera".


Anteriormente me referí a la particularidad de este libro tan especial de la Biblia, que para el inconverso o el cristiano carnal, será un libro cuya vulgaridad le sorprenderá; en cambio para el creyente espiritual que conoce del gozo de la presencia de su Amado, Cantar de los Cantares es un libro muy preciado.

En los mensajes anteriores consideramos la descripción que hace el Espíritu Santo a través de este libro, respecto al primer amor del creyente por su Señor. Cómo ella se regocijó con su amado en la delicia de su intimidad, a la mesa del rey, y también en ese lecho de flores por las verdes praderas que él la llevó.

Vimos la hermosa analogía del Sl. 23 con ese trozo de Cantares: "Jehová es mi pastor, nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar, junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma".

Pero cuando dejamos que ese primer amor se enfríe, es que comenzamos a alejarnos de él. Nuestro enfriamiento espiritual se inicia el mismo día en que descuidamos el gozo de su comunión a través de la oración y la lectura de su Palabra.

Esto no es un acto intencional, sino que se produce debido a que casi sin darnos cuenta, él ya no ocupa el primer lugar en nuestras preferencias ni es quien lo llena todo en nuestro corazón. Muy por el contrario, vamos dejando el tiempo que nos sobra para el Señor, otras cosas van ocupando nuestro corazón.

Así sucedió con la sulamita, ya no la encontramos disfrutando de la abundancia a la mesa de su señor, ni de los delicados pastos ni de las refrescantes aguas junto a su amado.

Ahora dice el versículo 9 "Nuestra pared". Ella se ha recluido en su propio hogar y es él quién la insta a regresar al gozo de su primer amor.

"Mi amado habló, y me dijo: Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven". Ven, sal de tu encierro y soledad, ven a disfrutar nuevamente de mi amor. Hasta aquí has gozado de mi presencia solamente en un lugar determinado y en horas definidas.

Ven ahora a gozar y confiar en mí sin depender del lugar o tiempo, deja esas limitantes y ven a disfrutar de mi compañía libremente, despréndete de los formulismos y moldes religiosos que te han encerrado entre las paredes levantadas por hombres.

Salid de tu encierro espiritual, el invierno ha pasado, permite que llegue nuevamente la primavera a tu vida. Las flores con toda su hermosura y fragancia crecen donde Yo estoy. Ven, deja esa depresión o indiferencia que te congela.

El invierno trae frialdad y oscuridad, pero eso ya ha pasado, se ha mudado, la lluvia se fue. La primavera con toda su hermosura y fragancia está donde Yo estoy, ven, levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven.

Paloma mía, que estas en los agujeros de la peña, en lo escondido de escarpados parajes, muéstrame tu rostro, hazme oír tu voz, porque dulce es la voz tuya, y hermoso tu aspecto".

La frialdad que te ha envuelto ha terminado, ven, el sol de la primavera una vez más asoma a tu ventana, mira las flores, seguramente ellas te recordaran de mi gloriosa resurrección, de mi triunfo sobre la muerte.

Sí, yo también pasé por las tribulaciones y angustias de este mundo, pero "mira", he resucitado, yo mismo soy, pon tu dedo en mis heridas y tu mano en mi costado, y seguramente ellas tendrán el mismo efecto que tuvo sobre Tomás, que cayó rendido a mis pies con un corazón rebosante de gozo, que te hará prorrumpir en adoración: "Señor mío, y Dios mío".

"Paloma mía, que estás en los agujeros de la peña". Los agujeros de la peña nos hablan de la cruz de Cristo y sus sufrimientos que culminaron en el monte Calvario.

Cristo es la Roca que fue partida por la lanza del soldado romano, él fue herido por nuestros pecados, el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.

La paloma atemorizada se refugia en las grietas de la peña, y mientras más temor le inunda, más se interna en ella.

Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro; porque Cristo nos recuerda que él pasó por la muerte, pero ahora ha resucitado, ha triunfado y nos invita a que nos acerquemos confiadamente hasta su trono.

"Paloma mía, ven", remóntate hasta las alturas, para eso te he dado alas, ya no eres un gusano que se arrastra, ahora eres una hermosa mariposa de atractivos colores. Ven hasta donde yo estoy, porque he triunfado y he traspasado los cielos.

No te quedes llorando tu angustia y soledad, ven, tú puedes levantarte desde tus tribulaciones, yo las conozco, es más, yo también sufrí esas y muchas más; pero mira donde estoy ahora, no coronado de espinas sino de gloria. Esto es lo que te aguarda, levanta la vista, no mires las olas ni el viento, mírame sólo a mí y podrás caminar sobre el mar.

Cuando mi siervo Pablo estuvo en el calabozo de más adentro, con sus pies en el cepo y sus espaldas heridas, puso su vista en la meta gloriosa que le aguardaba, y eso le dio fuerzas para cantar alabanzas aún en ese lúgubre lugar.

Tú también puedes levantarte, si sólo elevas los ojos hasta mi presencia. Ven, levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven. Paloma mía, que estás en los agujeros de la peña, en lo escondido de escarpados parajes. Muéstrame tu rostro, hazme oír tu voz, porque dulce es la voz tuya, y hermoso tu aspecto.

El invierno queda atrás, con toda su frialdad y sus largas noches de oscuridad. Mira las flores que se asoman anunciando no solamente mi resurrección, sino además mi pronto regreso por ti.

Porque ya te advertí en la parábola de la higuera, te dije que el día y la hora de mi regreso nadie sabe, pero mira la higuera, cuando ya su rama está tierna y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca.

Así también, cuando veáis todas estas señales que te indiqué que habrían de cumplirse, conoced que aquel día está cerca, a las puertas.

Y ¿qué crees que significa cuando ahora te estoy invitando no solamente a contemplar las ramas de la higuera, sino que a comer de su fruto?

"La higuera ha echado sus higos, y las vides en cierne dieron olor, levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven. Muéstrame tu rostro, hazme oír tu voz".

Él desea saber si nuestro rostro y voz han sido moldeados y perfeccionados por la obra de la cruz. Si verdaderamente estamos tomando Su cruz cada día, para seguirle y llegar a ser semejantes a él en su muerte, como lo expresa el apóstol Pablo en Fil.3: 7-10

"Pero cuantas cosas eran para mi ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo, y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe, a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte".

Él desea ver nuestro progreso espiritual, si ha habido un cambio, una metamorfosis en nosotros, si realmente estamos estimando todas las vanidades y glorias de este mundo, como pérdida por amor a él.

Si efectivamente nos estamos revistiendo de Cristo cada día, aún en la participación de sus padecimientos, para llegar a ser semejantes a él en su muerte, es decir, en una entrega total sin limitaciones, ni considerando nuestras propias vidas como algo nuestro, sino como de él y para él.

Por eso ahora es para él, dulce nuestra voz y hermoso nuestro aspecto, porque estamos revestidos de la hermosura suya.
Que el Señor nos dé mayor gracia por medio de su Santo Espíritu, para que cada día podamos seguir impregnándonos más y más de su fragancia, de su amor y de su hermosura. Amén.



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